Finalmente el sistema político encontró la salida. Casi todos los bolivianos sabían que la proclamación del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Eduardo Rodríguez Veltzé, era la salida de consenso. Aparentemente, los únicos que no lo tenían claro eran los integrantes del sistema político representado en el Congreso Nacional. Y al final lo resolvieron en poco menos de cinco minutos.
Lo menos que ahora se puede esperar es que cesen de inmediato todas las brutales medidas de presión desplegadas en La Paz, El Alto y las principales carreteras del país.
El nuevo Presidente toma las riendas de la nación por mandato constitucional con la misión de conformar un gobierno de transición, que tras encontrar el encauce constitucional correcto, convocará a elecciones generales para Presidente, Vicepresidente y nuevo Parlamento en el menor plazo posible.
En su mensaje, el Presidente sólo utilizó expresiones de esperanza, de reconciliación, de renovación, y en lo personal, de sencillez, la misma que le acompañó en sus funciones de magistrado de la Corte Suprema. Convocó a un reencuentro solidario entre bolivianos. Razón por demás poderosa para retornar a la calma. Reafirmó, en ese mensaje su mandato para convocar a un proceso electoral que renovará el sistema político.
Y ese voto decidirá, seguro, mucho más que sólo la elección de un Presidente y un nuevo Congreso. Para ello será imprescindible que todas las fuerzas políticas, regionales y sociales se comprometan a respetar la voluntad de ese voto. Entender, en definitiva, la vieja lógica de que el que gana, gana; y el que pierde, pierde. Que se acaben ya las prácticas antidemocráticas de conseguir tal o cual demanda por la vía de la fuerza.
Rodríguez es un hombre de leyes, intachable como funcionario público y ejemplar ciudadano, por lo que Bolivia puede confiar en él. Hereda el poder en el peor momento para ejercerlo, por los funestos precedentes que le deja su antecesor al haber renunciado a gobernar y a asumir responsabilidades, prácticamente desde que asumió, el 17 de octubre de 2003.
Por eso mismo, los movimientos que eligieron el bloqueo y la asfixia de ciudades como La Paz y El Alto como el camino para hacer política, particularmente el señor Evo Morales y su partido, deben hacer un compromiso para dejar gobernar en paz y tranquilidad al nuevo Presidente. Ya le hicieron demasiado daño al país al generar tanta convulsión, en algunos casos en una extraña complicidad —por acción o por omisión— con el propio Poder Ejecutivo saliente, como ayer lo denunciaron los presidentes de las cámaras de Senadores y Diputados.
Muchas lecciones deja este triste episodio de la democracia boliviana, y seguramente se hablará bastante de esto en los próximos días. Quizá una de las más importantes es que Bolivia estuvo una vez más al borde del total desmoronamiento, y que habrá que reconstituir con mucha decisión el Estado de derecho, muy venido a menos en el último tiempo.
Como nunca antes, afloraron esas falsas divisiones entre bolivianos de oriente y occidente que únicamente existieron en la intención de ciertas dirigencias, ciertas autoridades, ciertos políticos, ciertos periodistas. Es que se jugó con mucho fuego. Por fortuna, y no por otra razón, el país no acabó quemado.