“En el actual período de transición , el mantenimiento del orden público y la preservación de los derechos ciudadanos es tarea inexcusable del gobierno".
Dentro de las idealizaciones a que dan lugar apasionamientos ideológicos desfasados, los sucesos de Octubre negro fueron vistos por algunos como “gesta popular y revolucionaria”. Se equivocaron. Lo único que tuvimos en ambos frentes fue poco menos que el infierno.
A tal y no otra cosa equivale este “junio funesto” que pulverizó la imagen de Bolivia en el exterior, dañó gravemente la economía nacional y le abrió a Bolivia una fase que puede ser tan explosiva y laberíntica como la anterior.
Ahora corremos el riesgo de que todos arremetan contra todos. Temas como la nacionalización del gas, el alcance de las próximas elecciones (si sólo presidenciales o generales), la cuestión de la Constituyente, el asunto de las autonomías y la elección de prefectos, pueden reavivar las llamas que apenas fueron apagadas por la sucesión presidencial. Para colmo, diputados “dietistas” dispuestos a impedir toda convocatoria a elecciones generales. Quieren seguir cobrando sus jugosos emolumentos hasta agosto del 2007.
Vaya uno a saber lo que puede pasar con tales parlamentarios si temporalmente se salen con la suya. Volverán nuevamente a convertirse en blanco de multitudes enfurecidas por la resistencia que oponen al clamor popular de que en las urnas, a través del voto del pueblo, el Ejecutivo y el Legislativo alcancen plena e irreprochable legitimidad.
Menos mal que después de tantos extravíos, Evo Morales le pide a sus parlamentarios renunciar a sus curules.
Aún es prematuro juzgar o calificar al gobierno que preside Eduardo Rodríguez.
Por cierto, la circunstancia de que cediera a la presión de los hitlercitos alteños para que sea él quien vaya a El Alto y no ellos al Palacio de Gobierno, como correspondía al respeto que se merece su alta investidura, no gustó para nada a la mayoría silenciosa del país. No fue un buen debut.
Pero, estando como está Rodríguez en el tramo inicial de la transición, le sobra tiempo y oportunidades para hacerse de la confianza y credibilidad que un Presidente debe inspirar en el pueblo.
Lo primero de lo primero para el nuevo Presidente es superar los síndromes de autismo e indolencia total frente a los gestores del caos social que dejó Octubre negro en el poder político. Esos que tanto inmovilizaron al Gobierno que le antecede.
En el actual período de transición, el mantenimiento del orden público y la preservación de los derechos ciudadanos es tarea inexcusable del Gobierno encabezado por el ex presidente de la Suprema. La gente quiere vivir en paz y seguridad sin el acoso recurrente de minorías manifiestas, sujetas a liderazgos autoritarios y corruptos.
Tal, esencialmente, lo que debe tomar en cuenta el presidente Eduardo Rodríguez.
*Mario Rueda Peña es abogado y periodista.
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