Dicen, no sin razón, que las medias verdades son la peor de las mentiras. Esto ocurre con los discursos de los políticos y de los dirigentes de los movimientos sociales, incluyendo al de los cívicos cruceños. El movimiento de enero que culminó con el multitudinario cabildo tuvo como antecedente bloqueos, movilizaciones, golpizas, toma de edificios públicos, etc. Todo con el telón de fondo de los intereses de los agroindustriales que quieren que el resto de los bolivianos sigamos subvencionando el diesel que les sirve para producir la poco competitiva soya.
¿De dónde sale ahora el discurso de que el pedido autonomista es pacífico? Que es democrático no me cabe la menor duda porque está sustentado en las firmas de poco menos de 300 mil ciudadanos y ciudadanas, pero de ahí a que los afiliados al Comité Cívico no hayan arrojado nunca la primera piedra dista mucho de la verdad.
Baste recordar cómo dejaron las oficinas de la Federación del Transporte Urbano o la ocupación del aeropuerto, de la prefectura y de la oficina de impuestos por parte de ese grupo neonazi (por lo racistas y por lo de fachos) de la Unión Juvenil Cruceñista. Así que poco se puede mirar la paja en ojo ajeno de la violencia desatada en La Paz y en general en occidente.
A los cruceños más inteligentes y moderados (que son buena parte de la población) les consuela la impresión de que estos son sólo hechos aislados. Pero ¡cuidado! que pueden convertirse en generales si es que con firmeza no repudian y alejan a los violentos del movimiento autonomista, porque sino, amplificados por la cámaras de ciertos medios de comunicación, los sectores fundamentalistas pueden terminar distorsionando el sentir de un pueblo trabajador y pacífico como el cruceño.
Por el otro lado, occidente no se libra de los violentos. Si bien la violencia de los manifestantes y los policías no llegó al nivel de que se ensangrentaran las calles paceñas (lo que ya de por sí es ponderable) no se pueden justificar a los que cortan corbatas, ni a los que destruyen vidrieras, ni a los que terminan con años de trabajo a través de bloqueos. Uno puede entender siglos de postergación, pero el camino de poner piedras en las carreteras y las calles al final termina castigando a los más pobres.
La testarudez y la angurria de Hormando dejó mejor parados a los dirigentes de los movimientos sociales de lo que merecían. Al final hubo la sensación de que por lo menos se había derrotado por segunda vez a la mega-pega, pero esto no debe hacernos olvidar el enorme costo pagado como país.
La reflexión también debe extenderse a la capacidad que tenemos los bolivianos para responder a las provocaciones. Un dirigente alteño para empañar el diálogo convocado por la Iglesia Católica dijo que enviará jóvenes alteños a la capital oriental e inmediatamente un grupo de gorditos de la “vieja guardia” de la Unión Juvenil (es decir los que apoyaron a la dictadura de Banzer) aparecieron haciendo vigilia contra sus “enemigos” que se encontraban a mil kilómetros.
El presidente del Senado dictamina que debe haber receso parlamentario para dar tiempo a que los ánimos se caldeen y se dé la impresión de que el por entonces gobierno no gobernaba. Al final, me queda la triste sensación de que en gran parte del conflicto nos dejamos llevar de las narices por intereses inconfesables pero adivinables. Y digo esto para no sólo ver la paja en ojo ajeno.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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