El gas boliviano, el anillo y Brasil Brasil tiene interés en continuar comprando el gas nacional; pero no está de acuerdo con que afecten sus inversiones en Bolivia. Y eso tiene que ver, irremediablemente, con los vientos de nacionalización de los hidrocarburos que soplan en Bolivia.
Brasil tiene interés en continuar comprando el gas nacional; pero no está de acuerdo con que afecten sus inversiones en Bolivia. Y eso tiene que ver, irremediablemente, con los vientos de nacionalización de los hidrocarburos que soplan en Bolivia.
Todos los bolivianos se han enterado por las últimas noticias llegadas de la reciente reunión del Mercosur realizada en Asunción, que se está conformando un “anillo energético” para que Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, con el aporte del gas peruano de Camisea, puedan constituir una fuente alternativa de abastecimiento de gas natural. ¿Alternativa de qué? Por supuesto que alternativa del gas boliviano, que se ha convertido en un hidrocarburo inseguro, sin rumbo, que está en manos poco competentes y en mentes más complejas todavía.
Se sabe que la idea de este “anillo” ha nacido en la mente del presidente chileno Ricardo Lagos y era natural que así fuera. Precisamente, Chile debe ser la nación de Sudamérica que más necesidades tiene actualmente de gas. Pero para Bolivia lo importante, lo que debe cumplir, son sus compromisos con Brasil en primer lugar y luego los que existen con Argentina, que no son importantes hoy, pero que podrían serlo si se construye el Gasoducto del Noroeste Argentino (GNA).
Brasil, a través de su embajador en La Paz, Antonino Mena Gonçalves, ha sido muy claro, como se debe actuar en temas que son importantes. Ha admitido, por cierto, que las naciones del Mercosur están buscando diferentes alternativas para el abastecimiento de gas, lo que no significa que se pretenda marginar a Bolivia de ningún modo. “El anillo energético nace de una iniciativa de Chile y Argentina, a las cuales Brasil se agregó”, ha dicho el diplomático. Y ha establecido que Sudamérica tiene varias fuentes de gas para aprovisionarse, empezando por Bolivia, y siguiendo con Perú, Venezuela y las propias reservas brasileñas.
Pero el embajador Mena Gonçalves ha sido muy claro en señalar que Bolivia debe respetar los contratos que firmó con la estatal Petrobras y que “espera que los contratos vigentes y firmados en acuerdo con las leyes bolivianas sean integralmente respetados”.
En suma, para los buenos entendedores: Brasil tiene todo el interés de continuar comprando el gas nacional en los volúmenes que se han establecido; estará encantado de que Bolivia sea parte del anillo energético; pero no está de acuerdo con que afecten sus inversiones en Bolivia. Y eso tiene que ver, irremediablemente —hay que reconocerlo— con los vientos de nacionalización de los hidrocarburos que soplan en Bolivia.
A propósito, en Bolivia las consignas nacen, se reproducen y se difunden con tanta facilidad que a menudo se olvida lo que en el terreno de los hechos significaría la puesta en escena de tales arremetidas discursivas. ¿Se ha puesto alguien a pensar que una eventual nacionalización de los hidrocarburos —como simplonamente se dice— tendría que afectar a una empresa como Petrobras que ya es estatal? ¿Y nada menos que de un coloso de América llamado Brasil?
Y que, llegado el caso, si los líderes de las consignas encontraran fórmulas milagrosas para nacionalizar sin consecuencias a la estatal Petrobras, ¿creerán acaso que Brasil continuará comprándole gas a Bolivia así nomás, como si nada hubiera pasado? ¿Qué haría, entonces, el nacionalizador país con abundante gas bajo la tierra, sin condiciones para explotarlo y menos para conservar sus mercados?