Hay una comprobación que tiene que tomarse en cuenta: quienes obtienen el favor mayoritario de los ciudadanos, frecuentemente pierden la confianza pública en el curso de su mandato, lo que resulta, al final, en una notoria distorsión de la auténtica representación popular. Se da, de esta manera, la contradicción de que los triunfadores de ayer, al término de su período, se convierten en seguros perdedores, aunque sigan detentando por un tiempo el poder o la mayoría congresal.
En el pasado hubo en nuestro país un mecanismo para corregir, por lo menos en parte, dicha distorsión con las elecciones congresales de medio término, como un examen para comprobar si los que fueron mayoría al ser electos siguen concitando el favor de los electores. Esto sucede en diversos países, y constituye una señal de alerta para corregir rumbos o para que la ciudadanía reitere confianzas.
Este sistema en Bolivia consistía en que cada dos años se renovaba en elecciones un tercio de los senadores y una mitad de los diputados. Sin embargo, en 1966, al haber sido electos todos los parlamentarios simultáneamente, en la primera renovación se habría tenido que sortear a un tercio de los senadores “el término normal era de seis años” recortándoles cuatro. Lo mismo hubiera sucedido con los diputados, a los que se les recortaba la mitad de la duración de su mandato. Sin embargo, una vez regularizado el procedimiento, todos los elegidos durarían el tiempo establecido, o sea seis y cuatro años para senadores y diputados, respectivamente. Se impuso sin embargo entre los congresales el criterio de que todos se eligen y todos se van al mismo tiempo.
Así las cosas, fue notorio que en el último tramo de un período constitucional el respaldo a una u otra fuerza política representada en el Parlamento había cambiado. En efecto, desde 1985, en todas las elecciones presidenciales realizadas, perdió el oficialismo, pues éste se había deteriorado y su representación parlamentaria, por tanto, dejó de ser auténtica.
Pero la mayor evidencia de deterioro del favor ciudadano hay que encontrarla en lo que se dio en los dos últimos años. Fue notorio que la representación parlamentaria no correspondía a las nuevas tendencias políticas que prevalecían en la ciudadanía. Esto, y la evidente agitación provocada por sectores radicales, mostró que una salida razonable en estas circunstancias era la convocatoria a elecciones generales adelantadas, lo que, al final, acaba de ser el camino escogido por todos, y que se muestra como una salida a la crisis generalizada que se provocó en el país.
Cuando hay aciertos “como en las victorias” aparecen muchos padres de la idea. Pero esto ahora carece de relevancia. Es cierto que la primera idea del adelanto de elecciones generales partió de una iniciativa del jefe político don Mauro Bertero, a raíz de una de las crisis provocadas por las curiosas renuncias a medias del anterior Presidente. Es que, en un eventual recuento de méritos, también tendrá parte positiva y relevante el Gobierno de transición que se empeñó en esta solución razonable.
Es cierto, aún no se ha adoptado la fórmula de las elecciones de medio tiempo; pero si es que habrá reformas, ésta tendrá que ser una de ellas, para salvar futuras distorsiones.
*Marcelo Ostria es abogado y diplomático.
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