La situación socioeconómica de las últimas décadas ha provocado reducciones en los niveles salariales, deterioro en la calidad de vida y por ende ha propiciado cambios en las dinámicas familiares que han reforzado la creciente presencia femenina en el mercado de trabajo.
Se puede afirmar que es completamente asumida —por mujeres y hombres— la necesidad o conveniencia de que ambos trabajen y se capaciten en pos de acceder a puestos mejores, incluso en los casos en que ello no sucede, se espera que en un futuro cercano se realice.
Partiendo de reconocer, que aunque culturalmente se ha arraigado como un ámbito preferentemente femenino a las labores que implican paciencia, ternura y conciliación, dándose por sentado que las actividades domésticas y el cuidado de los hijos/as son exclusivamente de dominio de la mujer; hoy en día estamos siendo testigos de una creciente flexibilización en la asignación de los roles.
En la actualidad se han empezado a modificar las concepciones y actitudes respecto a la paternidad, más por demanda de la organización familiar que por convicción. Hoy más varones se comprometen de manera más directa en la crianza de sus hijos/as y están cuestionando el modelo tradicional de ser padre.
Las conductas socioculturales entre el hombre y la mujer empiezan a cambiar y se manifiestan en una incipiente participación de los varones —más jóvenes— en las labores del hogar durante el fin de semana, especialmente en lo que se refiere a: realizar compras, preparar comidas (poner, servir y retirar la mesa), cuidar a los niños/as (levantar y acostarlos/as, ayudarles en las tareas escolares, jugar, conversar, mimarlos e incluso llevarlos al médico), reparar artículos del hogar y asear la vivienda: (ordenar, sacar la basura, planchar la ropa). Asimismo, también existen muchas actividades y ámbitos compartidos, como salir de compras, el educativo, los permisos, el transportar a los hijos/as y sobre todo realizar un trabajo remunerado. Es decir dentro del hogar el hombre ayuda a la mujer; y a su vez con un trabajo remunerado —ingreso económico— la mujer ayuda al hombre.
Me complace ser partícipe de un presente que empieza a cuestionar y transformar las fronteras entre lo público y lo privado, y que valora positivamente la participación de la mujer en el ámbito laboral y la del hombre en el hogar; transformaciones que a su vez lograrán también cambiar la vida en pareja.
Hoy es difícil encontrar un hombre que colabore en las labores de la casa, y las mujeres de mi generación nos hemos estado quejando siempre de esa poca participación del hombre en lo doméstico. Personalmente asumo que tanto mi padre como mi marido son fieles exponentes de una generación de varones que no se permiten —ni siquiera la idea— de incursionar o de coadyuvar en las labores domésticas. No obstante, yo estoy segura de que los varones jóvenes ya han empezado a verlo de otra forma, de que esta nueva generación de parejas parte de la convicción de que en todas las facetas de la vida necesitamos partir de relaciones de corresponsabilidad en todos los ámbitos.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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