Director funeral y embalsamador es el título del profesional que hoy es capaz de pintar un rostro sereno en el más terco cadáver.
Mauricio Belmonte y Mabel Franco periodistas
Al final, la moda impone sus exigencias, sentencia Adolfo Valdivia hijo, director funeral y embalsamador titulado en el San Francisco College of Mortuary Science (EEUU). “Es una carrera como cualquier otra, muy completa porque abarca materias que están estrechamente relacionadas con el cuerpo humano”, explica, aunque está consciente de que en Bolivia no es común —aún— contar con lo que se podría llamar “académicos de la muerte”.
Valdivia habla de su campo de acción y la mente vuela. Por ejemplo, se le ocurre a uno que no es del todo cierto eso de que en la muerte todos somos iguales, pues aún en ese instante sin retorno las diferencias culturales, sociales y económicas de los vivos se dejan sentir. Tanto como las modas, a las que alude el hijo de una familia dedicada al mundo de las funerarias.
En 1942, el escritor inglés Evelyn Waugh (1903-1966) publicó una novela, Los seres queridos, ambientada en el Hollywood de las vanidades. En ella se satirizaba a una sociedad que recurre al dinero para evitar enfrentarse a la conciencia de la muerte. Así, sofisticados servicios se ponían en oferta para que los deudos maquillen y disfracen a los muertos hasta convertirlos en “ridículas parodias de los vivos”.
No se llega a esos extremos (por ejemplo, en la novela existe la posibilidad de presentar a un ser querido —no se usa la palabra muerto— hablando por teléfono o portando el monóculo); pero la ciencia ofrece hoy la opción de tener un difunto con semblante sereno y hasta sonriente, o al menos presentable si la muerte desfiguró el rostro. Los profesionales están ahí con todo su conocimiento.
Valdivia describe: “La premisa del maquillador, cuando le asignan un nuevo cliente, está en cambiar la apariencia fría del rigor mortis por un rostro sereno y adormilado que invite a la contemplación calmada de los deudos”.
La obra del maquillista será evaluada por toda una comitiva de personas compungidas, que se aproximarán al ataúd a dar el adiós y llevarse una última impresión. Y ésta es hoy responsabilidad de gente como Valdivia que, entre los valores supremos, coloca la sobriedad y la discreción.
Método y ética se aprenden en el San Francisco College.
“Se llevan materias como química, la que permite analizar variedad de elementos químicos para proceder a embalsamar y conservar los cuerpos”. Se estudia patología para evitar que el profesional contraiga alguna enfermedad.
También figura la materia de psicología, a fin de “capacitar al alumno en el trato cordial y respetuoso a los familiares del finado”. La persuasión juega un papel decisivo para calmar ánimos desgarrados. “Se aprende a tener un trato diferenciado con los familiares, pues muchas veces tenemos que sufrir inconvenientes, ya que hay personas que tienden a agredir en esos momentos de dolor; uno debe tratarlas con mucho tacto y explicarles que estamos para ayudarlos en todo”.
La lista de materias sigue. Está el indispensable marketing o mercadeo. Un velorio es la oportunidad para lucir el estilo, así que hay que cuidar desde la elección del tipo de ataúd hasta la presentación del tarjetero de condolencias.
La historia es otra de las asignaturas fundamentales. Gracias a ella se aprende las costumbres mortuorias de las distintas culturas. “En clases, pudimos repasar la historia del embalsamamiento egipcio y sus técnicas fascinantes de conservación de momias”.
La carrera termina al cabo de dos rigurosos años de estudio. El requisito para graduarse es la práctica guiada. Los alumnos deben trabajar un mínimo de nueve cuerpos para ejercitar todas las lecciones aprendidas en torno al embalsamamiento. “Yo tuve la oportunidad de vivir en el mismo lugar donde estudiaba y trabajé cadáveres con diversas causas de muerte”, detalla orgulloso quien ocupa el cargo de director funeral de la empresa Valdivia.
Por ahora —explica el profesional— la práctica del embalsamamiento de cuerpos es desconocida en Bolivia, aunque algunos deudos del extranjero requirieron ya de sus servicios. Tampoco es muy común la cremación que cuenta, a nivel de países desarrollados, con el ataúd adecuado para facilitar esta tarea. Parece una sofisticación; “pero a la larga se deberá acudir a estas técnicas por la superpoblación de muertos en los distintos panteones de la ciudad”.
Por lo pronto, la moda de los cementerios jardines cunde en el país. Y, tal como lo describiera Waugh, los sectores que uno puede adquirir —“en previsión para evitar la emergencia”— se bautizan poéticamente con el nombre de flores.
Claro que en una ciudad mestiza como la boliviana, el eufemismo se topa a diario con las tiendas donde se expenden ataúdes como una mercancía más. En pequeños cuartos se amontonan los cajones de madera brillante o forrados con telas de color azul, guindo y morado. Para los niños, mejor el blanco. Por ahora, nada de modelos sobrios como el que exhibió el Vaticano durante el entierro de Juan Pablo II y que hoy los ricos de Europa y EEUU encargan por montones.
A nivel de entierros, las inmobiliarias ofertan desde un espacio privilegiado y caro por encontrarse en una especie de mirador de la ciudad, hasta los uniformados y fuertes servidores para llevar al difunto en hombros. Mientras, en el otro extremo —como la televisión sensacionalista se encarga de mostrarlo a diario—, en las morgues se amontonan los cuerpos de los que en vida fueron anónimos y así parten a la otra vida, despojados de todo maquillaje y dignidad.
Entrevista
Todo tiene hoy un valor de uso
Renzo Abruzzese Sociólogo “Es muy difícil pensar la muerte desde la vida. Esta última podemos repensarla; pero que yo sepa nadie ha vuelto de la muerte y esto engendra temor y el deseo de ignorarla, de esconderla. Hasta antes del advenimiento de la cultura judeo-cristiana —que va a crear un sentimiento fúnebre y de recogimiento en torno al difunto— y la posterior consolidación del sistema capitalista —que todo lo convierte en un negocio—, la muerte era un acto público, convocaba a la comunidad y motivaba inclusive actos sociales y festivos. Hoy, el duelo se circunscribe al ámbito privado. En el mundo contemporáneo, la muerte, cargada como cualquier mercancía de un valor de uso, es una fuente que genera riqueza. Por eso, enfermarse y morirse se ha vuelto demasiado caro y hasta privativo para muchos”.
La ciudad divide aun a los muertos
Carlos Ostermann Antropólogo
“La muerte define la humanidad y el tipo de cultura que tenemos. Cuanto más alta es una cultura, más importante es el sentido de la muerte y más cercana y natural la relación entre vivos y muertos. Entre los aymaras se considera oportuno tratar de mantener un lazo de unión con el que partió, tomándolo en cuenta en todas las festividades del pueblo. En las comunidades en las que los lazos son más bien afectivos, donde todos se conocen, nadie queda marginado del rito del entierro. Es en las ciudades, donde muchos viven en el anonimato, donde las diferencias en la vida se hacen notorias, que se presentan los extremos absolutos a la hora de la muerte: mientras unos rodean de lujo al difunto, otros no merecen ni la sepultura. Cabe preguntarse qué humanidad es la que se está construyendo”.