No se necesita oráculo alguno para anticipar lo que nos espera si llegamos a las elecciones presidenciales de diciembre en condiciones de dispersión extrema del voto ciudadano.
Los datos de las últimas encuestas equivalen a premonición en tal perspectiva. No sobrepasa el 23% de las preferencias político-electorales nadie de la cuadrilla de candidatos que ya aparece en la pista preelectoral. A veces, Jorge Quiroga se le adelanta a Samuel Doria Medina, y viceversa, pero la distancia entre uno y otro, en todos los casos, no va más allá de los cinco metros.
Evo Morales y el MAS se ubican en un tercer lugar, aunque podrían alcanzar y aún rebasar por algunos centímetros a Doria Medina. Siempre y cuando les vaya bien en sus políticas de alianzas con otros sectores, en la perspectiva de un bloque electoral más o menos firme, como alternativa neopopulista y neoestatista, ribeteada de ultraindigenismo y cocalerismo, a la social democrática de mercado de los que le llevan la delantera.
Pero tal como van las cosas, parece que ni los primeros ni los segundos, en las urnas de diciembre, lograrán la mayoría absoluta de sufragios válidos para un acceso directo al poder político. Tendrán necesariamente que decidir el pleito por la silla presidencial en votación oral y nominal en el Congreso. Conforme a la Carta Magna, sólo puede participar en esta segunda pulseta las “dos fórmulas que hubieran obtenido el mayor número de sufragios”.
Se repite la votación en caso de empate y si éste persiste, “se proclamará Presidente y Vicepresidente a los candidatos que hubieran logrado la mayoría simple de sufragios válidos en la elección general”.
Poco probable que el cielo congresal se nuble, descargando rayos y centellas, si los primeros lugares son alcanzados por Quiroga y Doria Medina. Antes de la votación, con toda seguridad, ambos se articularán en un frente gubernamental que devendrá en multicoalición tras las inevitables adhesiones del MNR, ADN, MIR y UCS.
Pero si Evo Morales y el MAS aparecen de primeros o segundos en los cómputos finales, arderá Troya en el Parlamento. Sobre todo, si Evo encabeza los guarismos, aun cuando fuera por cincuenta votos respecto a su inmediato seguidor, posibilidad que dependerá de la magnitud de las alianzas que haga.
Si no se obtiene el 51% de la votación global, la legitimidad del poder político renguea de las dos patas. De ahí que la Carta Magna, en tal caso, refiera la decisión final al voto parlamentario. La elección recae en cualquiera de los dos candidatos que obtenga el mayor número de sufragios. El primero y el segundo se ven forzados así a unir fuerzas para alcanzar la mayoría absoluta (51 por ciento de votos de diputados y senadores). De este modo se consigue la legitimidad que no se tiene con sólo una mayoría relativa. Peor todavía si esta es apenas de un 20 a un 30% del total de sufragios.
Pero el neopopulismo rechazará la referida salida constitucional. Si obtiene el primer lugar, con mayoría relativa, proclamará que la suya es una aplastante victoria popular que no se puede desconocer. Por tanto, exigirá de inmediato se le bandee el pecho con la tricolor y la medalla de Bolívar, para aposentarse en una silla presidencial con trasfondo de wiphalas y otras alegorías indigenistas. Con bloqueos de caminos y sitios de ciudades, amén de otras lindezas, en caso de que no se les haga caso.
¿Rayos y centellas en el horizonte? En diciembre lo sabremos...
*Mario Rueda Peña es abogado y periodista.
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