Los aspirantes al poder deben recordar que el país espera que se gobierne para todos y no sólo para El Alto ni sólo para Santa Cruz, para citar dos casos. En las propuestas compatibles y complementarias de intereses regionales y sociales residirá el éxito.
El proceso eleccionario en que el país se ha embarcado y los comicios del 4 de diciembre serán un nuevo y gran aprendizaje democrático en la historia boliviana, si los candidatos y organizaciones políticas tienen la habilidad y la sabiduría de leer correctamente las condiciones políticas y sociales del país y actúan, por tanto, en consecuencia con esa realidad que les demanda una renovada responsabilidad y actitud políticas.
Los conflictos sociales de los últimos años —los octubre, los febrero, los junio que sacudieron al país desde los cimientos— han bosquejado los trazos de una sociedad en gran medida enfrentada, con sectores capaces de llevar su descontento hasta las calles y llamar la atención ya no por las buenas, sino "por las malas". A la vez, esas jornadas han hecho evidente el irreparable desgaste de un sistema político que ya había comenzado a transitar por el costoso camino del declive histórico.
El país, pues, ha cambiado. Y mucho. Eso para nadie es ya un descubrimiento, pero sí es el factor determinante que hará del acto del 4 de diciembre la elección de los equilibrios.
El primer equilibrio necesario, y no necesariamente automático en su construcción ni formal en su objetivo, es el de las candidaturas. La conformación de los binomios para aspirar a la Presidencia y la Vicepresidencia deberán guardar –ya está ocurriendo— la precaución de representar fielmente a las regiones, por lo menos a oriente y occidente, si vale el arbitrario criterio para identificar las visiones de país de las regiones en tales dos grandes bloques.
Esa fórmula, en apariencia sencilla, es en realidad más compleja de lo que se cree. Porque no se trata de juntar un presidenciable paceño con un vicepresidenciable cruceño –o viceversa— y nada más.
Las duplas tendrán que responder también a una necesaria y correcta coherencia y complementariedad. La demagogia y el oportunismo harían bien en abstenerse en los comportamientos políticos, porque ya no será tan fácil poner el dedo en la boca del electorado, como se ha hecho tantas veces. No es tan simple como sólo juntar a un camba con un colla ni como probar una buena mezcla de colores de piel contrastados, como si esos factores garantizaran, por sí mismos, el equilibrio.
La exigencia aquí planteada también deberá ser asumida en el proyecto de país que las opciones políticas le presenten a los bolivianos. Y parece estar claro que los extremos estarán desaparecidos en el discurso electoral. No es posible ya armar inútiles planes de gobierno si con ellos se quiere responder a las expectativas de sólo una parte de la sociedad, como tampoco sería ético decirle a cada auditorio lo que quiere escuchar para después no poder responder con hechos.
Esa, que bien podría ser una lógica obvia de todo discurso electoral de cualquier tiempo, será, seguramente, el signo distintivo de la experiencia electoral que se viene. Los aspirantes al poder deben recordar –ya tienen que haberlo aprendido— que el país espera que se gobierne para todos y no sólo para El Alto o sólo para Santa Cruz, para citar dos casos.
En la inteligencia de encontrar fórmulas de propuestas compatibles y complementarias de los intereses de regiones y clases sociales, residirá el éxito de los planes de gobierno más sensatos y apegados a las demandas del país de hoy.