El periodista cubano Luis Sexto, maestro de maestros, llegó a La Paz para dictar un curso de Periodismo Literario. Lógicamente a los cinco minutos del primer abrazo en la recepción de su hotel ya estábamos en una librería, la Yachayhuasi para ser más exactos, dándonos una orgía visual en medio de esa casa del saber.
A mi carnal le brillaban los ojos por las maravillas que ahí estaban y yo ejercitaba el mayor placer para un bibliófilo: recorrer morosamente los estantes, sacar los textos, hojearlos, leer la contratapa, buscar el prólogo.
Los dos salimos con nuestro paquete de obras y mientras caminábamos las calles de esta ciudad de humo y metralla Lucho me contó que una vez atendió al gran Gregorio Selser, aquel hombre que hizo que los nicaragüenses descubrieran a César Augusto Sandino a través de sus libros El pequeño ejército de locos y El general de hombres libres.
Selser estaba en La Habana como jurado de un concurso y le pidió a mi amigo que lo llevara a una librería. Cuenta Sexto que era una imagen verlo botado en el piso eligiendo una montaña de libros como si fuera un hambriento que acaba de descubrir que puede tomar del buffet todo lo que le diera la gana.
Ni siquiera lo que uno pueda comer porque es bien sabido que uno compra libros para el futuro aunque se tenga conciencia de que los años venideros no serán suficientes para poder deglutirlos por completo.
Pude recrear en mi mente al escritor-lector que va sumando uno a uno los tesoros encontrados en las estanterías.
Algunos en los rincones más oscuros como si ellos mismos se protegieran de otras miradas a la espera de que la nuestra se posara en su tapa y que, finalmente, los llevemos hasta nuestra morada que será la de ellos también.
No transcurrieron ni diez minutos desde que me contaran esta historia cuando recibo una llamada de un amigo mío empresario ganadero de Santa Cruz a quien conozco desde hace algunos años pero que nunca se enteró de que yo era poseedor de una biblioteca bastante nutrida.
Me ofreció comprarla, a lo que tuve que responder que esperaba que mis hijos se hicieran cargo de ella y que ya les hice jurar que si no la querían la entregarían completita a la Universidad Mayor de San Andrés para que otros pudieran disfrutarla porque libro que no se lee es sólo un objeto muerto.
Bueno, en eso estaba cuando recibo la noticia de que la biblioteca privada más grande de Bolivia, la Pachamama de Sucre, está a punto de cerrar sus puertas por falta de apoyo del municipio capitalino. Sus dueños ofrecen vender las 125 toneladas de libros que tienen al mejor postor. Casi lloro.
No porque no me interesaría comprar un buen lote, finalmente llegado el caso soy capaz hasta de hipotecar la casa, sino por la comprobación de lo poco que valoran nuestras autoridades la lectura. La Pachamama es el Paraíso (sí, así, con mayúscula) donde se abren ventanas al conocimiento y al mundo.
Tiene un rincón para que los pequeños eduquen su gusto estético desde muy temprana edad y ahí hasta hay chiquillos que almuerzan. En fin, he llegado a la conclusión de que estamos como estamos porque nuestras autoridades jamás invirtieron sus tardes en una biblioteca.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
Democracia, internet, etc.
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