Los políticos nacionales —todos los políticos— tendrían que aceptar que el país está por encima de ellos y que el deber que tienen es hacer esfuerzos de concertación entre propuestas parecidas, a tal punto y en tal medida que todo sea en beneficio de Bolivia.
El país está ilusionado con la idea de que las elecciones de diciembre van a producir un cambio en la política, un cambio de tanta envergadura que todos los males del pasado habrán sido eliminados, y que así estaremos en las puertas de una nueva etapa, muy diferente de la anterior.
Para que toda esta expectativa no dé lugar a una gran decepción, los líderes políticos que en este tiempo preelectoral se están preparando tendrían que tomar conciencia de la situación actual y evitar, por todos los medios, reproducir situaciones que llevaron a la nación a la crisis de confianza interna y de imagen internacional en que se encuentra.
Sin embargo, ya hay motivos para temer que los líderes políticos de la nueva etapa puedan reproducir los errores de los líderes del pasado. Para comenzar, algunos de ellos han pedido ya el respeto a la primera mayoría y otros han respondido que no la respetarán, sino que acudirán a formar coaliciones para ser elegidos en el Congreso. Es decir que nada han aprendido de la etapa anterior. De nada sirvió que el país haya atravesado por una crisis tan difícil que lo ha dejado sin aliento, sin esperanzas y sin prestigio internacional.
Si los líderes de ahora han visto la crisis anterior tendrían que estar dispuestos a evitarle a la patria los problemas del pasado inmediato. Tendrían que comenzar a dialogar desde ahora, anticipándose al momento de tensión que sobrevendrá en diciembre, cuando se conozcan los resultados de las elecciones generales.
Tendrían, estos políticos, que evitarle a Bolivia los días de incertidumbre que generalmente suceden a las elecciones. Son días terribles en que los electores se preguntan, de qué sirve el voto que acaban de emitir si al final resulta que los parlamentarios terminan designando al Presidente mediante un trámite que da lugar a un oscuro proceso de toma y daca.
Los políticos —todos los políticos— tendrían que aceptar que la patria está por encima de ellos y que el deber que tienen es hacer esfuerzos de concertación entre propuestas parecidas, a tal punto y en tal medida que todo sea en beneficio de Bolivia.
Ninguno de ellos tiene la fórmula precisa para acabar con los males del país. Por lo tanto, tendrían que irse preparando para las necesarias alianzas que sobrevendrán a las elecciones, coaliciones con criterio diferente de las anteriores.
Pero, por favor, tendrían que hacerlo evitando dar el espectáculo lamentable de las alianzas por conveniencia, por porcentajes de control del aparato de gobierno, como antes.
Esos son los pecados que el electorado observó durante muchos años y por los que estuvo cerca de repudiar, tanto a los actores políticos como al propio sistema democrático.
Los jefes políticos del país saben de sobra todo eso. No tendrían que presentarse como ajenos a todo ello en los días en que el voto ciudadano haya arrojado un resultado.
Es cierto, los líderes de ahora pertenecen a una nueva generación, pero harían muy mal en actuar como si no supieran cuáles fueron los defectos del pasado. Ellos los conocen muy bien o debieran conocerlos para no repetirlos.
Por el momento, no hay segunda vuelta electoral en el sistema boliviano. Ese hecho no tendría que alentar a los políticos desprestigiados, sino movilizar a los que se creen prestigiosos.