Era aproximadamente medianoche cuando apagaron las luces del avión de Iberia que realizaba el tramo Buenos Aires Madrid. Entre los pasajeros observé a cinco bolivianos que se cubrían con las delgadas frazadas que nos habían proporcionado. En la penumbra le pregunté al más cercano si iba a quedarse a España a lo cual me contestó que sí, que haría el intento al igual que sus compañeros.
¿De dónde eres? De Colomi, me respondió, Cochabamba, cerca de Corani camino al Chapare. Sus brazos morenos quemados por el sol valluno reflejaban su origen campesino. Minutos antes por el altavoz del avión habían advertido que, serían devueltos quienes no cumplieran todos los requisitos exigidos por la migración española: pasajes de regreso, dirección en España y dinero suficiente para todos los días de estadía.
Angustiado le pregunté cómo se las arreglaría. Tengo un plan, me contestó y perdone, pero necesito dormir porque mañana me espera un largo día.
Me quedé pensando en la suerte de ese individuo cuyo coraje no disimulaba la angustia que lo embargaba. Admiré su irrevocable decisión de dejar su patria, su terruño en busca de nuevos horizontes, nuevas expectativas que lo alimenten a vivir así le impliquen toda clase de vejámenes y humillaciones. Adiviné sus sueños: él y sus descendientes viviendo en un país mejor, con mayores oportunidades y donde la riqueza no significara un pecado sino un aliciente para esforzarse y ser cada día mejor. Si se van los habitantes de los países pobres o socialistas por miles o millones es porque simplemente donde viven no existen oportunidades para mejorar, para ser diferentes.
Porque digan lo que digan jamás las personas fluyen de los países ricos y poderosos, capitalistas o no, hacia los paraísos comunistas o igualitarios sino que lo hacen en sentido inverso, en busca de nuevos desafíos, someterse a las crueles leyes del mercado y demostrar que las cualidades intrínsecas que los diferencian les permitirán superarse y tener mejor vida de los demás. Guste o no ese es el motor que los impulsa, que los acicatea a arriesgarse a emigrar y también a ser humillados. Los que prometen igualdad, destruir la poca riqueza que existe en el país son simplemente los caciques demagogos cuyos discursos explotan el morbo y el resentimiento que anidan en almas que han perdido toda esperanza. Ya en Madrid lo vi entre los miles de turistas buscando la mejor ventanilla de migración y entregarse a la suerte de su destino. Había pasado una noche de angustia, pero ahora con el sol del mediterráneo calentando sus anchas espaldas quedaba atrás Colomi, las promesas del Evo y la seductora coca del Chapare.
Qué injusto es el mundo que prohíbe a las personas moverse libremente a lo largo y ancho de su mundo, mientras simultáneamente promueve y alienta el libre tránsito o intercambio de mercaderías. Porque si alguien tiene el derecho a emigrar a los países ricos donde se produce y se vende son precisamente las personas que, como mi amigo de Colomi, por culpa del libre tránsito de mercaderías se quedó sin trabajo puesto que el chuño y los tomates que antes producía a nadie le interesa, acostumbrados a comer hamburguesas que no llevan chuño y son elaboradas con tomates importados del Canadá.
*Antonio Soruco es ingeniero.
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