Alas tres de la tarde de la efeméride nacional, con la Jaqui, el Joaco y la Lu, nos encontrábamos transitando las calles de Potosí plagadas de civismo y con esas increíbles bandas estudiantiles cuando llegó un mensaje escrito a la pantalla de mi celular: “Joaquino Presidente”. Mi mirada se dirigió a las ventanas de la Alcaldía por puro instinto, pero el Cerro Rico no deja ver otra cosa que su presencia imponente. Al rato, otro mensaje. Digamos que de aclaración: “Joaquino Sabina”. Y las cosas en su lugar.
Eran los típicos guiños que acostumbran enviar mis antaño alumnos —Franz Flores y Edgar Iñiguez, ahora colegas— que una vez compartieron aulas en Sucre en ocasión de un programa de maestría en “estudios bolivianos” y que los viernes no encuentran mayor placer que recordar las letras de las canciones y las canciones de Joaquín Sabina, ese atorrante español que una vez le cantó el happy birthday a George Harrison en Londres —cuando hacía de mozo migrante y debutante cantante en un pub inglés— y cuya propina —cinco peniques— guarda como un tesoro hasta nuestros días. La alusión a René Joaquino y Joaquín Sabina en pleno proceso preelectoral me hizo recordar una consigna que enarbolo como demanda —desdramatizar la política— y que a ratos se me olvida, sobre todo cuando me martirizo viendo algunos programas televisivos del tipo Al Rojo Vivo.
Unas horas antes, en Sucre, observamos perplejos las huellas de los dinosaurios que están marcadas en un suelo ahora vertical
—choque de placas tectónicas mediante, nos dijo el excelente guía de Dinos Truck— que sufre los rigores del viento y el estremecimiento del paso de los camiones de Fancesa que convierten en polvo las huellas y, al mismo tiempo, ponen al descubierto otras huellas. Dice que los paleontólogos bautizaron con el estupendo nombre de Jhonny Walter al saurio que recorrió travieso más de trescientos metros en sentido transversal al resto de sus similares; pero mientras nos cuentan la historia evoco una canción mexicana de corte nacional-popular que entona un estribillo que dice: “que no quede huella que no que no, que no quede huella”. Entre camiones de Fancesa y huellas de dinosaurios no puedo evitar las asociaciones con la política pero evito nombrar —concretamente— a algún candidato presidencial y me abstengo de suponer que algunas marcas similares deben estar grabadas en los senderos del Picacho.
Unas horas después, recorremos los salones de la Casa de la Libertad y la Jaqui apunta la ausencia de mención alguna al Tambor José Santos Vargas y su diario de comandante en la lucha por la independencia del Alto Perú. Tarea pendiente en la conciencia nacional. Poso mi mirada en la bandera de Belgrano que reposa en una vitrina y me acuerdo del celeste y blanco del Aurora, equipo del pueblo, mientras dos diputados empiezan a discutir acerca de la representación regional —camba y colla— en la fundación de la República ante los ojos perplejos de la guía. Otra vez, siempre, la política.
Y empiezo a evaluar las estrategias electorales y las tendencias de voto, pero las bandas militares inician una serenata a la Patria a las cinco de la mañana y la plaza de Sucre se inunda de silencio y mi paper también.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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