Muchos ven a las altas tasas de emigración de nuestros compatriotas como un alivio para la difícil situación económica, social y política que vivimos desde el 2000. Sin embargo, los costos para el futuro del país son muchos más altos que los beneficios que se obtienen en el corto plazo, por la irreparable pérdida del capital humano que significa.
Cuántos bolivianos existen en el planeta es un dato que no se conoce a ciencia cierta. Se calcula que en Bolivia debiera haber alrededor de nueve millones, pero también se dice que en el exterior ya hay más de tres millones. Lo cierto es que diariamente salen del territorio nacional cientos de bolivianos a buscar en otras naciones los empleos y las oportunidades que su país no pudo ofrecerles.
Las razones para este éxodo no son muy difíciles de encontrar. Cuando se realizó el último Censo, habían alrededor de ciento sesenta mil jóvenes con 18 años, cifra que se puede tomar como referencia de la demanda anual de nuevos trabajos. Si descontáramos los empleos que se generan en la economía nacional y los que se dedican a estudiar, el déficit de nuevos empleos aún es muy alto y además habría que sumarle la destrucción de empleos que hemos sufrido por los bloqueos y los conflictos sociales, que han afectado a la economía productiva en el último quinquenio.
En el corto plazo, la emigración puede ser vista como un alivio para nuestra crisis. Quienes se van, disminuyen la demanda de empleos y además envían remesas que se constituyen en nuevos recursos que ayudan a la economía de sus familias y del país en su conjunto. Paradójicamente, se van a países que han basado su desarrollo económico en los principios que actualmente la inmensa mayoría de nuestros lideres políticos desprecia y culpa por nuestros problemas.
No obstante, en el mediano y largo plazo, exportar compatriotas no es ningún negocio, pues representa la pérdida del capital humano que toda nación necesita para crecer y desarrollarse, especialmente si cuentan con grandes territorios y reducida población, como es el caso de Bolivia. Generalmente migran los más preparados para competir en condiciones adversas, los emprendedores dispuestos a buscar oportunidades a como dé lugar, los que tienen alguna habilidad que ofrecer en economías competitivas. Por ejemplo, la mayor parte de los estudiantes de Infocal, a los pocos meses ya están trabajando en el exterior, lo que quiere decir que los recursos que destinamos a la educación de nuestra gente, terminan beneficiando a los países más desarrollados.
A su vez, generalmente se quedan personas mayores, familias desintegradas y quienes ya no se sienten en condiciones de asumir estos sacrificios para progresar. Obviamente, así no progresaremos, y si continuamos con los bloqueos y la destrucción de las fuentes de trabajo, el país seguirá despoblándose y los demagogos habrán conseguido el reino de la irracionalidad.
Qué hacer. Sólo una economía productiva, exportadora y competitiva genera empleos sostenibles que mejoran las condiciones de vida de la población y disminuyen la pobreza en términos reales. Ésta debe ser la gran prioridad del próximo gobierno y el mayor consenso nacional. Dejemos de seguir a los encantadores de serpientes y concentrémonos en lo único que hace crecer a las naciones: el trabajo, el ahorro y la inversión productiva.
*Óscar Ortiz es presidente de Compromiso Ciudadano.
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