Hace mucho que el país echa de menos un líder que decida ponerse delante de los nueve millones de bolivianos y les conduzca, les seduzca para creer en él y que arrastre a todo el pueblo hacia un proyecto colectivo de país viable y posible, hacia un futuro que a los bolivianos de hoy les permita soñar con un destino mejor.
El presidente Eduardo Rodríguez Veltzé ya lo sugirió hace algunos días: aspira a dejar un ambiente de tregua social para asegurar elecciones libres e imparciales, pero deja en manos de los candidatos que traten, confrontando ideas, temas tan trascendentales como la Asamblea Constituyente, el aprovechamiento de los recursos naturales –el gas como materia principal–, las autonomías regionales, y muchas otras cuestiones que deben pasar por un necesario debate entre quienes aspiran a gobernar el país a partir de enero próximo.
Es muy importante que los candidatos a la Presidencia, fuera de las frases hechas, se lancen a discutir públicamente, de cara al pueblo, sobre lo que piensan hacer con cada uno de los asuntos que atañen a la nación. Es la única forma de que el elector pueda saber, con seguridad, adónde debe dirigir su voto.
Las disputas por las encuestas, los ataques verbales a través de los medios, los documentos que producen sus jefes de campaña, no son suficientes para poder establecer cuáles son los candidatos que pueden articular un gran pacto social.
Por lo tanto, el pueblo debe saber, claramente, qué piensa cada uno de los aspirantes sobre lo que se hará con las autonomías regionales, con los hidrocarburos y la nacionalización, pero, también, cómo se llevará a cabo la Asamblea Constituyente, pasando por cambios tan sustantivos como un nuevo tratamiento en los campos étnicos, culturales, de la tierra, del agua y, en fin, asuntos que no se podrán tratar a la ligera y sobre los cuales existe expectativa colectiva.
Los candidatos tienen que saber cómo van a gobernar mejor, pero, además, tienen que hacérselo saber al país, y no sólo a sus partidarios en las asambleas y mitines. Y tienen que demostrar una visión muy segura en lo que se refiere a las grandes transformaciones que se quieren llevar a cabo y que, aparentemente, van más allá de lo racionalmente posible. Ese es el reto ineludible que tienen los candidatos a la Presidencia y, sobre todo, aquellos que cuentan con mayores posibilidades de ganar. Sólo se espera que el próximo tiempo de debates no sea estéril.
Y como bien hace notar el analista Carlos Toranzo, en su columna del sábado publicada en este diario, hasta ahora quienes han hecho todo tipo de propuestas –criticables, irreales, imposibles, esa es otra discusión– han sido los cívicos, las juntas vecinales, las organizaciones campesinas e indígenas y los sindicatos, pero los partidos se han sumido en el más absoluto silencio, renunciando así a una de sus misiones principales en democracia, cual es la de proponer unas visiones de país y proyectar el destino del mismo hacia el futuro.
Hace mucho que el país echa de menos un líder que decida ponerse delante de los nueve millones de bolivianos y les conduzca, les seduzca para creer en él y que arrastre a todo el pueblo hacia un proyecto colectivo de país viable y posible, hacia un futuro que a los bolivianos de hoy les permita soñar con un destino mejor.
A falta de éste, porque está visto que no lo hay, por lo menos en el presente no lo hay, son los partidos políticos que buscarán votos en la elección de diciembre los que deben cumplir con su misión de hacerle propuestas al país.