Seremos testigos de una nueva CPE y de una nueva democracia. La actual etapa de transición está enmarcada en un empate entre dos visiones claramente diferenciadas en torno al tipo de cambio que requiere el país y su forma de implantación. Sin embargo, conviene señalar que no se trata de un empate enmarcado en la vieja lógica de izquierda/derecha, ya que desde la perspectiva de su rechazo al actual estado de cosas y de su lucha por el cambio —inherentes a una posición de izquierda—, esas dos visiones sólo podrían estar ubicadas al otro lado de la derecha.
Actualmente, las opciones/candidaturas nacionales, con un nivel de respaldo ciudadano que las diferencia de las marginales o testimoniales, apuestan precisamente por el cambio, ya que quienes en su momento no comprendieron esa necesidad histórica o no supieron generar las condiciones para avanzar en esa dirección, quedaron relocalizados del escenario político.
En realidad, el choque de visiones —que tendrá como escenario a las elecciones de diciembre de este año y como dirimidor a los votantes—, está relacionado con la velocidad y la forma de administración de los cambios que vendrán, independientemente de los actores.
No sólo seremos testigos de una nueva Constitución, sino también de una nueva democracia y de un nuevo país; la pregunta es: ¿cuán rápidos serán los cambios y cómo serán administrados?
Así, encontramos, por un lado, la visión del cambio viable, de carácter gradual y con una mayor capacidad de administración del proceso, debido a que no pretende partir de cenizas. Y, por otro, la del cambio incierto, de carácter radical y con una débil capacidad de administración del proceso, porque pretende desechar todo lo avanzado y construir prácticamente de cero.
Sus respectivos liderazgos naturales sólo pueden ser producto de procesos de acumulación política que respondan a factores estructurales y condiciones objetivas.
Consecuentemente, no es posible consolidar candidaturas representativas de liderazgos naturales sobre la base de decisiones subjetivas de actores bienintencionados o que disponen de recursos económicos en abundancia.
El desempate, demandado por el país y reclamado por la mayoría de los bolivianos, debe producirse en diciembre. No sólo para superar la incertidumbre que caracteriza al actual período de transición, sino fundamentalmente para iniciar el verdadero proceso de cambio. ¿En qué medida la presencia de diversos exponentes o aparentes líderes de las dos visiones en disputa, afecta la materialización del ansiado desempate histórico?
Si en la recta final del proceso electoral aun estuvieran presentes diversos exponentes enmarcados en las dos visiones de cambio y con un respaldo ciudadano significativo, el grado de afectación sería alto, ya que la fragmentación del voto mantendría el empate que no permite el cambio.
Esperemos que se produzca una nítida polarización entre dos candidaturas representativas de las dos visiones —el electorado ya empieza a enviar claras señales en ese sentido—, debido a que sólo mediante una definición contundente del electorado por una de las dos opciones/candidaturas, se podrá romper el empate que condiciona la actual coyuntura histórica.
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