Dejar atrás la política criolla Antes los candidatos eran aplaudidos porque se creía, todavía, en su sinceridad. Ahora no. Hoy la gente no quiere ver políticos en busca de palmas, sino postulantes trabajando en proyectos de gobierno. Se debe concluir con la política folklórica.
La ciudadanía en general, luego de los últimos años de zozobra y de malas administraciones, se siente agraviada cuando los políticos –tradicionales o no– aprovechan de las fiestas populares para hacerse presentes con el único ánimo de que los vean y así ganar algunos aplausos, que, desde hace mucho, se convirtieron en verdaderos abucheos y rechiflas. Lo que sucede es que la gente ya no cree, como antes, en los políticos que sólo aparecen en las fiestas religiosas –Urkupiña, Gran Poder, Chaguaya, Cotoca, etc.– o disfrazados en los corsos carnavaleros. Quieren los políticos –sobre todo en vísperas de alguna elección importante– ofrecer la apariencia de su naturaleza popular, de su entusiasmo por lo que le gusta al pueblo, pero, pasados los comicios, sólo vuelven a verse cuatro o cinco años después.
El domingo pasado, durante la festividad de la Virgen de Urkupiña, pese a muchas advertencias que se hizo en el seno de la Iglesia Católica de no politizar el acontecimiento, estuvieron presentes algunas agrupaciones ciudadanas, y, entre los personajes notables, los alcaldes del llamado Frente Amplio: el candidato a la Presidencia de la República, René Joaquino, ex alcalde de Potosí; Juan del Granado, alcalde de La Paz; Gonzalo Terceros, alcalde de Cochabamba; y Edgar Bazán, alcalde de Oruro. El recibimiento del público no fue el mejor por las razones que se han mencionado precedentemente.
El propio candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), el diputado Evo Morales, no quiso estar ausente de la posibilidad de recibir algunos apoyos y –apenas llegado de su viaje a Venezuela– estuvo presto para integrarse entre los grupos que festejan a la Virgen de Urkupiña y que, desgraciadamente, terminan en una farándula donde los postulantes serios no deberían estar presentes.
Ya se ha repetido con insistencia que, de alguna forma, la mentalidad de los electores bolivianos ha cambiado respecto a los años pasados. Antes los candidatos eran aplaudidos porque se creía, todavía, en su sinceridad. Ahora no. Hoy la gente no quiere ver políticos en busca de palmas, sino aspirantes trabajando en proyectos de gobierno. La ciudadanía está a la espera de los primeros debates preelectorales y para eso no sirven las "entradas" en las fiestas, sino poder plantear, sustentar y discutir programas para gobernar acertadamente.
Ha llegado el momento de que se concluya con la política folklórica y se dé paso al tiempo de los estadistas. En Bolivia tiene que desterrarse la ignorancia en los asuntos de Estado y privilegiar a quienes ganan sus votos seriamente, sin recurrir a estratagemas populistas que no son sino una trampa al país. En plena etapa de la ciencia y la tecnología, cuando el manejo del Estado tiene complejidades que necesitan de conocimientos muy amplios, no parece aceptable que hayan postulantes que quieran llegar al Gobierno sólo adulando al pueblo, bailando y aprovechando de los medios que destacan algo que en estas épocas parece un verdadero absurdo.
Si se compara lo que son las elecciones en Bolivia con cualquiera de las que se realizan en los países vecinos, se verá que existen grandes diferencias entre quienes aspiran a la primera magistratura. La principal, sin duda, es la formación intelectual y el esfuerzo que se observa en unos y la pobre faena popular y folklórica en otros.