Además de poder comprar dos mil dólares por un boliviano, se escuchan muchas otras ofertas más, como por ejemplo, títulos profesionales a un boliviano con cincuentacentavos, casas hasta en quince bolivianos, los autos más modernos hasta en veinte, volverse propietario de un lote de terreno en menos de cinco minutos —con títulos de propiedad y todo—, instrumentos de trabajo, pasaportes para viajar fuera del país, en fin, una inacabable lista de productos que son ávidamente adquiridos por los pobladores.
Pero además otros elementos que denotan riqueza y dinero, como la tradicional extracción de rocas que luego son penosamente trasladadas por los pobladores.
No obstante esto no termina aquí, puesto que sin importar el sol, el polvo o la gran cantidad de gente que apenas permite poner los pies en el suelo, se inicia el ascenso al santuario de la virgen para la bendición. Una hilera de baldes llenos de agua bendita espera la ágil mano del sacerdote encargado de rociar el gentío que se aproxima sediento al lugar, para consagrar la compra realizada con la fe puesta en su futura realización.
Esta es una expresión simbólica del conjunto de necesidades y expectativas sociales que configuran la realidad, una realidad que parece no modificarse en el tiempo, y más bien reproducirse año tras año. Las ofertas electorales, los planes económicos, los apoyos internacionales y todos los esfuerzos que efectivamente se han intentado o se han pretendido intentar desde el Estado, así como el incremento en los indicadores macroeconómicos, no se manifiestan concretamente en el bolsillo de la población que más bien ve deteriorarse cada vez más las condiciones de vida, empleo, salud, educación y el futuro de sus familias.
Otro dato adicional de la crisis económica se puede observar en el mismo escenario, en la progresiva conversión de un acto religioso en una estrategia de sobrevivencia de miles de personas que ofertan no sólo productos sino también servicios de todo tipo desde comida y bebida hasta el transporte de piedras para los feligreses.
La masiva concurrencia a una fiesta como Urkupiña en torno a elementos simbólicos que expresan los déficits materiales, muestra al mismo tiempo una búsqueda de resolución de sus necesidades en el ámbito privado e inclusive en el plano sobrenatural con la benevolencia divina, a lo que se podría añadir una ausencia de expectativas en la política y en el Estado, si recordamos la desconfianza expresada en las encuestas de opinión por la población en la capacidad del Estado, sus instituciones y sus actores.
Una rápida lectura a la visión y expectativas de la sociedad respecto del futuro demuestra que la mayoría de la población considera que la situación de país no mejorará ni empeorará en el corto plazo, es decir que se mantendrá igual, los que creen que empeorará llegan a un veinte por ciento y los optimistas son cada vez los menos.
Pero volviendo al tema, esta mezcla de tradición y modernidad, de necesidades y expectativas, muestra las rupturas de una sociedad ciertamente dividida pero así como ha logrado un sincretismo en el plano cultural, debe buscar también formas de articularse y sobrevivir en el plano social, económico y político.
La concurrencia indiscriminada de cambas, collas o aymaras a este mismo escenario con un objetivo común quien sabe es una señal en ese sentido.
*María Teresa Zegada es socióloga.
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