El presidente Eduardo Rodríguez Veltzé, tan correctamente cauto en asuntos de política interna y firme como se ha elogiado en más de una ocasión en esta página, ojalá también le diera a la política exterior actual ese sello, para que Bolivia no dé tanto a cambio de nada.
El Gobierno Nacional, aunque transitorio en muchos aspectos por definición —como el propio Presidente lo ha reconocido en reiteradas oportunidades—, está tomando decisiones de política exterior que exceden a esa su condición y que están generando desconcierto.
Ha decidido cambiar el voto de Bolivia por los puestos no permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, dejando de lado un compromiso ya asumido.
El compromiso era que el voto boliviano sería para que Brasil llegue a ese puesto tan importante en la comunidad mundial, representando a la región de América Latina.
Ahora, según explican quienes ayudaron a cambiar ese voto, Bolivia ha decidido esperar a que otros votos hagan el consenso y solamente entonces apoyar a la candidatura que sea beneficiada. Está muy bien que Bolivia tenga posiciones equidistantes respecto de otros países, pero está mal que una posición ya tomada sea cambiada con una explicación tan poco coherente como la que ofrecieron con relación a ese voto.
Del mismo modo, el Gobierno boliviano ha decidido dar un giro de 180 grados en la política exterior de Bolivia respecto de Chile, sin haber asegurado previamente un compromiso de ese país de mostrar un cambio similar en favor del país.
Los compromisos del Gobierno de Santiago de poner algún reparo a los ríos de contrabando que ingresan a territorio boliviano desde Iquique y Arica han sido hasta ahora muy tímidos. Y es todo lo que han ofrecido, porque la apertura del mercado chileno para productos bolivianos sigue muy condicionada.
Decisiones de política exterior tan importantes como las señaladas deberían ser producto de políticas más y mejor meditadas, a fin de no perjudicar al país. El Gobierno Nacional debería poner en marcha mecanismos de consulta con personalidades que tuvieron que ver con la conducción de la política exterior. De esa manera se evitaría tomar decisiones equivocadas que afectan a la imagen del país.
Un poco de coherencia, además de consistencia, ayudarían mucho en esta materia. Coherencia que tendría que partir de una visión de Estado frente a vecinos tan especiales como Chile y Perú, y no visiones de gobierno que ahora ni siquiera duran cuatro o cinco años, como ocurre en el último tiempo.
No es posible —no es serio, por lo menos— que el Estado boliviano pase tan fácilmente de una posición de casi hostilidad en extremo con Chile apareada con una poco aconsejable cercanía también extrema con Perú, como hizo la gestión del presidente Carlos Mesa —probablemente provocada por la personalidad del propio Mesa tan sensible a los esfuerzos de Andrés de Santa Cruz por consolidar una Confederación Peruano-Boliviana— a la situación actual donde todo parece haberse invertido completamente en la política exterior.
Se sabe que el mundo diplomático boliviano tiene sus corrientes (hay los pro chilenos y también los pro peruanos), parte de la errática actitud boliviana en estos asuntos. Por ello mismo, el presidente Eduardo Rodríguez, tan correctamente cauto en asuntos de política interna y firme como se ha elogiado en esta página, ojalá también le diera a la política exterior actual ese sello, para que Bolivia no dé tanto a cambio de nada.