Recicladores de basura por excelencia ¿Quién define lo que es o no es basura? Desde la utilidad económica hasta la cultural, los matices llevan a que la basura es la que define a una sociedad.
La guerra se declaró en la sala. Al limpiarla, Irma de Martínez (67 años) dejó caer de la vitrina un angelito de porcelana. Luego del susto respiró aliviada porque vio que la cabecita no se había roto más que en tres pedazos. Si antes había podido reconstruir las alas con pegamento, la cabeza no sería problema. Su hija Fátima (49) increpó a la madre por “colocar basura” en su sala.
Para que Irma volviera a hablar normalmente con su hija pasaron meses y, con el dolor de su alma y bajo el peso de que su yerno es quien mantiene la casa, tuvo que sacar al angelito de la sala. Pero eso sí, aún lo atesora en su dormitorio, pues fue el regalo de una amiga.
Peleas sobre lo que se debe botar al tacho se protagonizan en todos los hogares a diario: los niños que prefieren jugar con la caja y dejan el juguete tirado, el joven que no se deshace de su pantalón hecho jirones, el hombre que guarda papelitos con información que nunca utiliza y la mujer que recicla tarros de leche para maceteros.
La cosa va más allá: un tarro de mayonesa que va directo al cesto en un hogar se convierte en un objeto de intercambio en la Feria de El Alto y en un sustento familiar.
¿Quién define qué es basura? Para el sociólogo Álvaro Zapata, se debe empezar con las principales acepciones del diccionario: 1. Residuos desechados, desperdicios; 2. Cosa repugnante o despreciable. “La primera definición tiene que ver con una evaluación de los objetos en relación a ciertos fines práctico-productivos: lo que ya no puede ser procesado es un residuo. En el segundo caso, lo que se define como despreciable o repugnante implica una valoración cultural de los objetos acerca de su calidad práctico-estético-moral”.
En ambos casos, el término “basura” resulta de una valoración subjetiva. Una corcholata, una película, una idea e incluso una persona podrían ser “basura”, en el sentido de que no tienen ninguna aplicación práctica o estética. “En las sociedades premodernas, lo bueno y lo bello acotaban el espacio de lo que podía ser llamado 'útil' y, por tanto, lo excluido era llamado basura; el residuo era lo despreciable y lo despreciable era el residuo”, explica Zapata.
Este hecho ha cambiado, porque el ámbito de la economía se ha hecho independiente del ámbito cultural. Un claro ejemplo es la aparición del reciclado que hizo que aquello que antes no era aprovechable, hoy tenga valor comercial; como si de pronto lo que era “feo” se volviese “bonito”.
Una clara muestra de esta relatividad la ofrece la célebre Feria de El Alto que se celebra cada jueves y domingo. Envases de todos los tamaños, muñecas rotas, tuercas sin tornillo, partes de electrodomésticos, plásticos y una serie de alambres y piezas no identificables a simple vista son mercancía.
Las botellas son el producto estrella, pues tienen mercado desde el reciclado de envases como para envasar productos falsificados, por ejemplo licores.
Analí Conde tiene 35 años y revisa la basura de la calle Indaburo. Hoy está de suerte: ha encontrado cajas de cartón vacías, varias botellas e incluso unos sándwichs a medio comer que puede dar a sus mascotas. “Me pagan hasta 30 centavos por el cartón. Depende de que esté en buen estado”, comenta la señora que ha encontrado en estos lugares zapatos, juguetes, un hornito quemado (que tuvo reparación), envases plásticos, maderas y productos inverosímiles. “Una vez encontré una bolsa con revistas pornográficas y un trofeo”.
La psicóloga Lorena Sagárnaga añade el tema de los lazos afectivos que las personas crean con el objeto. “Quizá el trofeo encontrado fue botado por la pareja del dueño. A veces, las esposas (y también los esposos) ven que los objetos premaritales provocan incertidumbre sobre el pasado. Por ello se deshacen, generalmente con pretextos, de cualquier objeto que pueda poner trabas a su matrimonio”.
La noción de reciclaje o ahorro muestra también particularidades en las sociedades de consumo. Mientras en el Primer Mundo la regla es deshacerse de cualquier artefacto tecnológico luego de un corto período de vida, en el Tercer Mundo es normal que un mismo artefacto pase por varias manos. La idea de desechar un teléfono celular porque “no funciona” es inconcebible. Al menos se lo vende como chatarra por unos pesos.
“En nuestra cultura no es usual el botar la ropa. La ropa pasada de moda pero perfectamente utilizable, usualmente se regala a gente humilde, pero de confianza. Después, los secadores salen de las camisetas y camisas, los pantalones son buenos para encerar pisos, las medias y camisetas sirven para trapitos pequeños y las prendas de lana sirven para crear camas a las mascotas”, ejemplifica Sagárnaga.
El valor de la tradición La relación con la basura también es cuestión de tradición. Los abuelos, por ejemplo, guardaban las bolsas plásticas por su escasez. Hoy les cuesta botarlas, pese a la abundancia del sintético. Afortunadamente, esta actitud es favorable para la ecología. Pero no es una práctica común entre la gente joven que prefiere lo descartable.
Lo mismo sucede con los fósforos quemados que se reutilizan para encender otras hornillas, con las bolsas de leche que se han convertido en el envase oficial de plantas y plantines, con las botellas de aceite adecuadas como depósitos de agua o las macetas confeccionadas con envases pet.
Desde las artes se tiene una visión muy particular. Existen creadores que reciclan todo tipo de materiales para levantar sus obras, o el clásico ejemplo de quien coloca un excusado roto en un pedestal, convirtiendo ese objeto en una pieza de gran valor. Como postura, el artista paceño Sol Mateo explica que vive “el arte como resistencia”, como una forma de luchar contra los demonios de estos tiempos: la globalización, el consumismo o la idea de que vivimos en una sociedad desechable. Utilizar en una obra lo que una sociedad considera como basura tiene un gran valor moral, asegura.
La basura, finalmente, define a quienes viven en una sociedad. Por ejemplo, Francia acaba de prohibir que la gente deje refrigeradores, televisores, computadoras, celulares y similares en las calles, pues son un riesgo de contaminación. La gente tendrá, por tanto, que llevar lo viejo a ciertos puntos de acopio y desecho. Puntos que se morirían de tedio si tuviesen a paceños y alteños —por citar casos conocidos— dispuestos a sacarle el jugo a su electrodoméstico o cualquier posesión “que nadie me regala”, hasta la última gota.
Los desechos ayudan a definir el estatus social “A veces la dueña de casa pobre puede estar acumulando lo que muchos podrían calificar —desde el ámbito cultural del estatus— como basura. Pero ella también puede jugar el juego cultural del reconocimiento y, en ese caso, si invita a una vecina a conversar, antes de que ésta llegue esconderá todo aquello que pudiera ser calificado como basura estética o moral”, argumenta Álvaro Zapata.
Los vasos plásticos de margarina se convierten en basura, para determinadas familias, apenas se termina el contenido. Pero forman parte de la vajilla de un hogar humilde. Lo mismo sucede con los cubiertos desechables, pues hay gente que los usa hasta que se rompen. Definitivamente, la basura define el estatus social.
En este fenómeno influye el poder adquisitivo y las vivencias culturales. “Un círculo social alto puede perdonar que una persona conserve un antiguo refrigerador como aparador, sólo si ésta demuestra que se trata de una cuestión de actitud (que se trate de un coleccionista o artista), nunca de escasez”, dice Lorena Sagárnaga.
En la zona Sur, la basura más abundante son los empaques y los pañales desechables. En las laderas, hasta la basura orgánica es menor, pues se usa para el abono.
Desde la basura surge también una actitud de resistencia. Zapata dice que a veces, ante tanta “sucia basura”, alguien decide atacar tal definición y surge un concepto de anti-basura. “Ahí se produce una revolución y surge el empresario que recicla. Es el caso del joven contracultural que escucha la música 'basura' al grito de: 'es basura y me gusta'; luego dice: '¡esto no es basura!', y termina afirmando: 'los otros son los que escuchan basura'”.
La paz, según su basura Cada uno de los 816.414 habitantes de La Paz genera O,6 kilogramos de basura por día, lo que da 489,51 toneladas métricas diarias de residuos producidos en los hogares.
Los residuos que generan las actividades comerciales, industriales, mercados, ferias, hospitales, barrido de vías y otros hacen un total de 548,25 toneladas métricas por día.
De acuerdo al crecimiento poblacional y el incremento de la producción per cápita de residuos sólidos, la ciudad de La Paz, para el año 2024, estará generando unas 1.000 toneladas por día (100 por ciento más que la gestión 2004).
De acuerdo a la composición física de los residuos de la ciudad, el mayor porcentaje corresponde a materia orgánica (60%), plásticos (8,31%), papel (5%) y vidrio (3,38%). Estos elementos que en otros países se reciclan a nivel industrial, en Bolivia se reutilizan a nivel hormiga, familiar, individual.
1 empresa privada realiza el aseo urbano que consiste en el barrido y limpieza de vías, recolección, transporte y disposición final en el relleno de Alpacoma. 9 microempresas operan el servicio en las laderas de La Paz. Con datos de www.ci-lapaz.gov.bo