Nuestra sociedad vive un gran número de formas de corrupción. Desde aquellas practicadas a nivel cotidiano, como ser las coimas a funcionarios públicos y privados para la agilización de trámites, o aquellas ofrecidas a los agentes policiales para pasar por alto alguna falta a las normas de tránsito, hasta las más grandes que utilizan dinero del Estado, o de la propia sociedad, para un enriquecimiento ilícito malversando grandes cantidades de dinero.
Estas prácticas utilizadas en la función pública derivaron en grandes escándalos que hicieron ver la acción política como un medio para el aprovechamiento personal.
La función pública ejercida por dignatarios de Estado y de la administración está muchas veces asociada a la utilización del poder para el beneficio propio sin importar lo que pueda ser el poder como servicio a la sociedad. De allí viene el enorme desprestigio de la política y los políticos, que no acaban de reconciliarse con las demandas y esperanzas sociales.
En estos últimos años, varios países del continente se han visto sacudidos por el fenómeno de la corrupción en la política, lo que ha originado grandes dificultades en la consolidación democrática y en la propia legitimidad de sus instituciones.
En este sentido, hechos ocurridos en el Perú de Montecinos, en el Chile de Pinochet, y ahora en el Brasil de Lula, hacen ver que pese a las tendencias políticas e ideológicas, y las buenas intenciones, muchas veces el ejercicio del poder puede estar impregnado por prácticas, más o menos según los casos, reñidas con la ética de la función pública.
Bolivia tampoco es una excepción, allí están las grandes estafas bancarias, las malas infraestructuras camineras, la ineficiencia parlamentaria y las malas gestiones municipales.
Y detrás de todo esto está un deficiente sistema judicial que se muestra incapaz de castigar a los infractores de la ley, sobre todo cuando éstos tienen los medios necesarios para comprar su libertad.
Todas estas experiencias deben hacer reflexionar seriamente a las distintas ofertas electorales que se aprestan a participar en las próximas elecciones generales y prefecturales.
Al mismo tiempo, el ciudadano debe tomar conciencia de su responsabilidad a la hora de cambiar muchos de los comportamientos sociales que hacen posible prácticas reñidas con el bien común.
Se trata de una tarea de todos, necesaria para el establecimiento de un nuevo contrato social en el que se pueda respetar las reglas de juego. Sin estas condiciones previas, la futura Asamblea Constituyente puede estar en riesgo de elaborar una norma suprema, que quede en el papel y en las buenas intenciones.
*René Cardozo es sacerdote jesuita. Diplomado del Instituto de Estudios Políticos de París.
Sigue siendo la economía, estúpido
En diciembre de 2003 publiqué un artículo cuyo título era la famosa frase de Clinton. La misma que el ex presidente Mesa modificó meses después en el Foro Económico de Cainco, para decirle a los empresarios privados cruceños: "es la política, estúpidos".
El militar que llevamos dentro
El abdomen está mal visto. Qué otra interpretación cabe de ese gesto en el que coinciden los tres personajes de la foto. Hasta hace un momento habían permanecido sentados, con las chaquetas desabrochadas, para respirar a gusto.