Desmontan una red vial de las FARC en Colombia Carreteras y caminos hasta hace poco escondidos, y que en algunos casos tenían tramos de hasta 278 kilómetros, han sido tomados. Servían a la guerrilla para movilizar armas y comida.
En acción • Miembros del Ejército colombiano durante un operativo llevado a cabo en la retaguardia de las FARC.
Desde su puesto de mando, improvisado con carpas en las afueras de La Macarena, un pueblo de 3.000 habitantes a 220 km al sureste de Bogotá, el general Carlos Fracica muestra en un mapa la red de carreteras que sus tropas han deshabilitado y que, asegura, la guerrilla de las FARC construyó en la selva para abastecerse de armas y de provisiones desde Venezuela y Ecuador.
"Si fuéramos a hacer una comparación con la guerra de Vietnam, la guerrilla de las FARC estaba construyendo aquí su camino Ho Chi Minh, para abastecerse de armas y alimentos" dice Fracica, un robusto oficial de tez morena, en su traje camuflado.
El mapa muestra los caminos que unían a varios caseríos separados por la selva dentro de la llamada "zona de distensión", una región de más de 20.000 km2 que el anterior Gobierno dejó en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia para conseguir que se realizaran diálogos de paz entre 1999 y 2002.
"Ésta es la retaguardia de las FARC. La guerrilla había diseñado un plan a ocho años para la toma del poder, que incluía reclutar a 32.000 combatientes, armarlos y crear una zona de apoyo logístico, en donde ubicar escuelas de instrucción para sus mandos y hospitales para poder atender a sus enfermos, todo eso comenzaba de aquí al sur", señala Fracica.
La principal de estas carreteras era la denominada "Autopista Jojoy" de 278 km, bautizada así en referencia a Jorge Briceño, el "Mono Jojoy", jefe militar de las FARC. Mimetizada por los altos árboles de la selva, esta "autopista" unía a Chicamo, cerca a La Macarena, con Peñas Coloradas en el departamento de Caquetá. Desde allí partían otros tramos que se extendían hacia el departamento de Vichada, fronterizo con Venezuela, y de Putumayo, éste en la frontera con Ecuador.
"Desde el aire esta red era difícilmente ubicable, salvo algunos tramos que podían considerarse aislados", comenta, por su parte, el general Tito Padilla, de la Fuerza Aérea Colombiana, responsable de los bombardeos en la región.
"Las carreteras eran construidas con volquetas, motoniveladoras y bulldozer robados", explica Fracica. Para vencer la resistencia de la selva, los rebeldes diseñaron un ingenioso entramado de puentes y refuerzos con maderas, que permitían el tránsito de vehículos de varias toneladas.
Desde hace un año Fracica comanda la Fuerza de Tarea Omega, que reúne a 15.000 hombres del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, cuyo propósito es desmontar la que consideran retaguardia de las FARC, la más antigua y numerosa de las guerrillas colombianas.
"En esta zona concentraban unos 4.800 hombres, sus unidades móviles y buena parte de los pertrechos y provisiones que acumulaban gracias al narcotráfico", asegura el general. "Hemos encontrado armas y uniformes robados en los países vecinos".
Según el balance entregado a los periodistas, en la zona se han producido 735 combates, 428 guerrilleros muertos, otros 446 capturados y 150 entregas voluntarias. Se han destruido, además, 834 campamentos, 268 caletas de armas y 715 vehículos.
Pero para los oficiales uno de los mayores logros ha sido la desarticulación vial, "pues gracias a la red ingresaban alimentos y municiones adquiridos en Venezuela y Ecuador, y que podían movilizar rápidamente”. La Macarena, AFP
Los sacerdotes, en la mira
A la larga lista de hechos de violencia que viene golpeando a la Iglesia colombiana desde hace bastante tiempo —asesinatos, secuestros y amenazas— se suma la sindicación de la justicia colombiana a varios de ellos de ser colaboradores de los rebeldes, por sus labores en apartadas y marginales zonas del país.
El más reciente caso es el de Ricardo Lorenzo, de origen español y párroco de un municipio del oriente colombiano bajo influencia de las FARC, recluido en una casona del centro histórico de Bogotá, mientras espera el fallo de una fiscal que lo sindica de rebelión. "Tal vez me pasa por ser demasiado ingenuo. Para mí cada persona es imagen de Dios y he hablado con todos, sin intencionalidad de nada. Por eso me acusan. La Iglesia está abierta para rojos, blancos... de todos los colores", dijo este domingo el párroco a varios medios locales.
Por otro lado, a la muerte de cuatro sacerdotes en menos de 72 horas, ocurrida la última semana, se suman las constantes denuncias sobre amenazas de muerte, secuestros y presiones indebidas que a diario enfrentan los religiosos en la convulsionada nación andina. Bogotá, AFP