Malasia es un país único en el mundo por algo que muy pocos conocen. En 1969 se aplicó allí lo que ahora se conoce como "discriminación positiva".
Los bolivianos sabemos de ese país solamente que producía un poco más de estaño que Bolivia. Eran los años en que teníamos la obsesión del estaño, exactamente igual a la de ahora por el gas natural.
Para evitar una guerra civil que estaba a punto de estallar entre los originarios malayos, los descendientes de chinos y de indios, surgió una idea única, que ha funcionado hasta ahora.
Los malayos propusieron que en el país, de apenas doce años de independencia de los ingleses en ese momento, las funciones de la gente en la sociedad no sean determinadas por la raza.
Que, sólo por ser malayos, ellos no tengan necesariamente que ser los agricultores pobres o los sirvientes de los chinos e indios.
Esa tendencia había comenzado a mostrarse desde el momento en que los ingleses se fueron. Los chinos, con la madre patria a sólo tres horas de avión, y los indios, con la suya a igual distancia, estaban controlándolo todo. Se estaban adueñando del país, como se dice.
Esto lo conté en esta columna en el año 2000, después de regresar de Kuala Lumpur, donde fui invitado con un grupo de periodistas sudamericanos.
Fue el médico Mahadir bin Mohamad quien propuso la fórmula de la "discriminación positiva" para evitar la guerra, pero también para asegurar que el país progrese para beneficio de todos.
La fórmula consiste en que los malayos tienen preferencia para ocupar cargos en la administración pública, pero sin monopolizarlos. Y también tienen derecho a comprar acciones preferenciales de las empresas estatales. Y para formar parte de las fuerzas armadas, etc.
Cuando comenzó el experimento, los malayos sólo poseían dos por ciento de las empresas que existían en Malasia y ahora controlan 20 por ciento. Pero se han estancado, dice un reciente informe de The Economist.
Los medios de comunicación de los países centrales no tienen simpatía por Malasia. No le perdonan muchas cosas. Por ejemplo, que la moneda de Malasia no sea de libre convertibilidad. O que el Estado controle todas las empresas importantes, como la poderosa Petronás.
Así como no aceptaron que las minorías chinas e indias se apoderen de la economía de todo el país, no les atrae la idea de que empresas extranjeras lleguen a tener un control predominante. Hay muchas restricciones para la inversión extranjera.
Dice el informe del semanario inglés que los malayos no han avanzado más en la economía porque decidieron, algunos de ellos, vender a los indios y chinos las acciones o los privilegios que tienen para actuar en la economía.
Lo cierto es que, 35 años de "discriminación positiva" han logrado evitar que la otra discriminación, la racial y económica, cree un país diferente, con minorías privilegiadas que son dueñas de todo.
Un tema que los latinoamericanos deberíamos mirar con mucha atención. Y los bolivianos tendríamos que tomarlo en cuenta ahora, cuando se avecinan momentos de decisión.
De Malasia llega la novedad de que hay discriminaciones y discriminaciones. ¿La que aplicamos en Bolivia es la definitiva?
*Humberto Vacaflor G. es periodista
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