Michael Moore deberá trabajar poco para su próximo documental. Será, por supuesto, para ridiculizar a George W. Bush, como fue el anterior. Y será muy fácil.
Bush estaba de vacación cuando ocurrió lo de Katrina. La más larga vacación que haya tenido un presidente de Estados Unidos hasta ahora. Todos sus colaboradores estaban fuera de Washington, incluido su asesor en medios de comunicación, que asistía a una boda, en Grecia. La señora Condoleezza Rice estaba en Nueva York comprando zapatos, de taco alto. Cuando se enteró de la catástrofe, Bush se subió al US AIR Force 001 y sobrevoló la zona. Desde esas alturas hizo un comentario que no merece entrar en la historia: "Desde aquí se ve devastador; seguro que es el doble de devastador allí abajo". Y luego dijo: "Nadie podía prever la catástrofe. Claro que algunos la habían pronosticado desde hace varios años". O sea que Bush se explayó. Dice Time que el presidente sonrió cuando tenía que llorar y dio manotazos cuando tenía que estarse quieto. En televisión se lo vio tratando de consolar a una damnificada, pero le daba unos besos y abrazos que más estaban pendientes de la cámara que de la víctima. Lo cierto es que los habitantes de Nueva Orleans que sobrevivieron a Katrina tuvieron que soportar a Bush, y algunos lo lograron.
Me tocó estar en Washington a los pocos días del desastre de Nueva Orleans. La potencia estaba reducida a su mínima expresión. The Washington Post dijo un día de esos que sumaban como 90 los países que querían ayudar: desde Panamá que quería dar bananas hasta Gran Bretaña que ofrecía ingenieros. Suecia ofrecía un sistema de purificación de agua para el flamante lago, pero nadie atinaba a autorizar el ingreso del equipo. Era como Aiquile, pero multiplicado por un millón. La explicación era que cada caso de ayuda del exterior debía recibir autorización de ingreso a la potencia. Y para que ingrese alguna cosa se precisa la aprobación de la fuerza aérea. Y para que la fuerza aérea apruebe el ingreso de algo, alguien tiene que responsabilizarse, es decir, alguna oficina de la potencia. Y eso tomó días.
Cuando se trata de dar ayuda a otro país, la cosa es fácil. La potencia pregunta dónde hay que llevar la ayuda. Hay oficinas especializadas que ponen las condiciones políticas, que preguntan si el alcalde es comunista, etcétera, y luego la cosa procede. Los detalles de siempre: si la privatización ha avanzado lo suficiente, si las empresas norteamericanas no tienen problemas. Es decir, minucias. Y todo va como por un tubo. Un tubo de la Enron.
La víctima: una ciudad de ensueño, una ciudad de suspiro, un castillo de arena construido a tres metros bajo el nivel del mar. Una ciudad donde se hacía chistes sobre el momento en que se podría viajar por sus calles en góndola. Los tragos que servían en los bares tenían nombres de huracanes, dice Time. Ciudad que desafiaba al océano, al río Mississippi y a un lago de nombre impronunciable.
Y tuvo que sucumbir.
El espectáculo fue horrendo. Los mejores medios de comunicación puestos a mostrar cómo la superpotencia se ahogaba en sus miserias. Hilary Clinton dijo en una entrevista de televisión que debía crearse un comité de investigación independiente, como se hizo tras el ataque de Pearl Harbor. Así de grave es la cosa.
*Humberto Vacaflor G., es periodista
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