Escribía en octubre del año 2000 en esta misma columna sobre el "particularismo", fenómeno por el cual cada grupo social, gremio, región etc., deja de sentirse a sí mismo como parte de todo y en consecuencia se abstiene a compartir con los demás sentimientos de solidaridad, unidad y coherencia. La unidad nacional cuya esencia es un sistema dinámico de fuerzas de adhesión, unidad y optimismo, un deseo de compartir y de construir un futuro juntos, se torna en un movimiento centrífugo, de dispersión, en el cual la consigna se resume "sálvese quien pueda" fracturándose el poder unitario.
Así como las grandes esperanzas, proyectos y desafíos unen y alientan a los habitantes de una nación y le permiten soportar sacrificios en aras de un futuro mejor, las crisis y los fracasos generan fragmentaciones, divisiones y egoísmos que aceleran la descomposición social y política de los países. En otras palabras, se agota la motivación, el deseo de emprender grandes desafíos; cada gremio, etnia, clase social, departamento o región empieza a encerrarse dentro de sí misma y a no importarle las esperanzas o necesidades de los otros. No se solidariza con el resto y por el contrario aflora su hipersensibilidad para no soportar sacrificios que en los momentos de cohesión y unidad eran fácilmente asimilados.
Si a este sentimiento negativo de cohesión nacional se suma, la crisis económica que vivimos, el descrédito de la clase política como instrumento de intermediación política de la sociedad civil, el surgimiento alternativo de organizaciones civiles fragmentadas con el suficiente poder para bloquear el país, el proceso autonómico que claman las regiones, la elección directa de prefectos, la ausencia de autoridad, el abierto desacato a la ley, el cuadro de dilución del poder al que hacemos referencia se evidencia aún mas.
El Estado central pierde fuerza, autoridad y legitimidad. Al dejar de controlar en el pasado las empresas estatales llámense ferrocarriles, líneas aéreas, producción de hidrocarburos, distribución y comercialización, producción de minerales que representaban el monopolio de las exportaciones más dinámicas e importantes su peso específico es cada vez menor. Añádase a ello la coparticipación de los impuestos hidrocrarburiferos distribuidos directamente en origen a favor de las regiones productoras, Alcaldías, universidades, la subalternización de la inversión pública frente a las inversiones que realizan las ONGs, las prefecturas, las alcaldías al margen de las estrategias nacionales que dejan como invitado de piedra al Tesoro Nacional de la República se coincidirá con este articulista que, como Sansón al Poder Central se le ha quitado gran parte de su cabellera que constituía su fuerza e importancia sin dejar por ello de ser blanco de las principales demandas nacionales.
Finalmente, un último factor que se añade al cuadro anterior es la fragmentación del poder político central dividido hoy entre lo que llamaríamos poder político a nivel nacional y poder político a nivel departamental. Me refiero a la posibilidad de que el ganador de las elecciones generales y futuro presidente pierda simultáneamente las principales prefecturas departamentales lo cual sumado a un posible Parlamento fraccionado y políticamente indisciplinado hará muy difícil sino imposible la gobernabilidad desde un desprestigiado Palacio Quemado. Somos en definitiva un país que ha perdido el norte, la inercia del desarrollo, la motivación de vivir juntos.
*Antonio Soruco es ingeniero.
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