Uno no puede menos que esbozar una suspicaz sonrisa cuando escucha el jactancioso verbo del ciudadano latinoamericano a propósito de los sistemas democráticos vigentes en el “continente de la esperanza”.
Soy un convencido de que es prematuro un balance exitista de la democracia en América Latina. De hecho, no se vive en democracia, la democracia sobrevive penosamente en unas sociedades que históricamente han fomentado y han promovido una cultura de la intolerancia y del irracional radicalismo.
En consecuencia, las características comunes de estos sistemas democráticos —en mayor o menor grado— son el narcoterrorismo que se codea a diario con el poder político, el rechazo social hacia un Estado de derecho, promovido por movimientos indigenistas, cuando no desilusionados del sovietismo, que no saben a ciencia cierta si su asidero es el extinto cheguevarismo, el anacrónico caciquismo, el trasnochado izquierdismo, el inoportuno seudo estructuralismo o el exangüe vindicalismo. Para no mencionar una empresa privada que continúa demandando una función keynesiana del Estado, o una variedad poco menos que admirable de organizaciones no gubernamentales que en aras del medio ambiente, de la mujer, del niño o del “hermano” campesino, lucran a troche y moche, pasándose por la faja cuanta ley existe, y promocionando abiertamente la cultura de la corrupción.
En el otro extremo del espectro social se encuentran cientos de millones de ciudadanos y ciudadanas para quienes la democracia no está dentro de la esfera de sus intereses y prioridades inmediatas, es decir, ni es urgente ni es importante dentro de las expectativas de su vida cotidiana, por una sencillísima razón: no la entienden.
Para pervivir en tal caótica realidad, la desmirriada democracia se ayuda, a veces con la tenebrosa sombra del pretorianismo, otras veces con la represión policial, misma que justifica sus brutales excesos, amparada en la corrupción institucionalizada, y otras tantas veces, se cobija bajo la sotana de una iglesia católica sospechada de comulgar con los variopintos movimientos “anti”.
Entonces, es el momento de leer o de releer —aunque urtiquemos a millones— a Octavio Paz, a Vargas Vila, a Arguedas, a Enrique Rodó, a García Márquez, a Ingenieros, a Sofocleto. Intelectuales que han tenido la diáfana visión de lo que es el Ser latinoamericano, y cuyos análisis han tenido la capacidad de la premonición.
*Marco Antezana es empresario.
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