Un hombre que casi fue linchado cuenta su sueño Con el sueño de firmar un contrato para vender uno de sus diseños de traje de moreno, el 10 de julio Willy Villca fue a Cochabamba, un día después estuvo a punto de ser linchado. Él dice que sus hijas son quienes le mantienen vivo.
El sueño postrado • El artesano y maestro postrado en su cama, impotente, a la espera de recuperarse, junto a él su título de la Normal y el sueño de un día compartir con sus alumnos.
Sin haber cometido delito alguno, a Willy Villca una turba le enjuició, le sentenció y le condenó a vivir con heridas en el cuerpo. El 11 de julio cuando estuvo a punto de morir en Cochabamba, sacó fuerzas porque quería cumplir el sueño de dictar clases.
Cinco meses después y ante una dolorosa recuperación de las quemaduras que sufrió, Willy espera un día ejercer como maestro, aunque no descarta que su aspecto afecte a sus alumnos; también asegura que sus tres hijas son el motor que le tienen con vida y son quienes le ayudan a soportar las quemaduras. Postrado en su cama, en el departamento de su madre, en la calle Max Paredes de La Paz, este hombre de 32 años contó a La Razón lo que pasó y el futuro que diseña junto a sus tres hijas, su esposa y su madre, “quienes hicieron todo” para que esté vivo.
Le cuesta hablar y mantener el humor, muchas veces pierde la paciencia. El jueves 24 de noviembre debería acudir a su cita de fisioterapia, pero un paro del sector salud, el clima y una recaída confabularon para que no asista. Ese tiempo aprovecha para contar la ingrata experiencia.
“La recuperación es lenta. Las heridas sanan muy lentamente, no es un proceso rápido. Primero han sido las curaciones. Era muy doloroso hasta que las heridas cierren, poco a poco. El segundo proceso ha sido la cicatrización. Por eso me han puesto una férula, para evitar que los nervios se retraigan, se encogen mucho y si se los deja largo tiempo hay el riesgo de que se queden ahí y devolverles la elasticidad es muy doloroso. Además en este proceso han empezado a salirme ampollas, por el mismo hecho de que la piel está muy sensible. Un roce y se vuelve ampolla”.
Alguna gente que sigue su caso destaca la fuerza de Willy.
“No sé, creo que es la fuerza de mi familia la que me permitió salir adelante, pienso en mis hijas, incluso cuando esos hombres me agarraron pensaba en mi familia. Ahora pienso en quién les va a mantener, quién les dará algo. Yo y mi esposa éramos el sostén de mi familia. Ella trabajaba en la tienda y yo en el taller, engranábamos para salir adelante. Estábamos bien y económicamente empezábamos a salir, pero esta desgracia nos obligó a cerrar la tienda y el taller. Ahora no hay quién trabaje”, relata.
Pese a la situación actual, Willy no deja de pensar en que volverá a encarar nuevos retos.
“De salir adelante, voy a poder, tengo toda la inquietud, la cosa es que tardará”, dice.
Los médicos adelantan que su curación será un proceso de al menos dos años, ya van cinco meses. Intenta incorporarse y mueve sus manos para manifestar un deseo. “Yo quiero hacer cosas, muchas veces me levanto y dejo mis heridas a un lado, pero a veces se impone el dolor. Mi cuerpo se debilita y empiezan a salir las ampollas, eso arde”.
Día por medio se somete a fisioterapia, se prepara para una intervención que será en enero.
“La fisioterapia es dolorosa. Lo estiran a uno por todo lado, para las retracciones. Los nervios empiezan a encogerse y tienen que estirarlos, los brazos, las piernas y hasta la cara. Me hacen como masajes. Ese es el dolor que Willy sufre horas tras, días a día.
“Hay que tener valor para recuperarse de lo que me pasó. Me lastimaron en lo físico, en lo sicológico y en lo moral. Mi cara no quedó como era. Quedarán secuelas y hay ratos que hasta me da vergüenza de salir a la calle, pero por mi familia tengo que volver a ser, no como antes, pero debo seguir”.
“Muchas veces veo el futuro incierto. Soy profesor. Hay ratos que me da miedo acercarme a mis alumnos. No voy a poder. Mis alumnitos se asustarán, los voy a afectar sicológicamente”.
Ese tema ya lo trató con uno de los médicos que le atienden y no descarta trabajar con un sicólogo. Desde el 11 de julio que trata de obtener una explicación a lo que le sucedió.
“Esa gente no sabe lo que me ha hecho. Les he rogado, les he explicado. Eso no sucedió rápido, casi durante una hora les he explicado, les he dicho que estaban equivocados”.
Se deshizo en explicaciones imploró, pero Willy no fue escuchado y cuando lo recuerda, sus ojos no pueden contener las lágrimas y su voz se quiebra.
“Les expliqué quién era, que tenía familia, donde vivía, donde trabajaba, pero igual no entendieron. Parece que querían sangre, que querían lastimar no importaba a quién. El chofer que nos llevaba mintió y él tiene la culpa. Antes de que pase esto ellos mismos me hicieron rezar y cuando estaba rezando el Padre Nuestro empezaron a tirar fósforos encendidos, en un galpón que parecía preparado para eso, jugaron con nosotros”.
Las lágrimas y el dolor traicionan a Willy, para evitarlo recurre al recuerdo de sus hijas y al deseo de hacer algo por ellas.
“Las veo y es lo que más me da fuerza para seguir adelante y para seguir vivo. Hay ratos en los que el dolor hace pensar en la muerte. Esta mañana me ha dolido mucho el brazo y por eso no he ido a la fisioterapia”, dice.
Willy espera en manejar su experiencia para compartir con los alumnos y cumplir el sueño de dar clases en una escuela.
“Puedo decirles que estudien y que la gente que me hizo esto es ignorante, han llegado a un grado de salvajismo en el que solucionan las cosas lastimando. Me atemoriza el impacto de mis alumnos al verme. Se asustarán. No quiero hacer daño”.
Él sabe que sus heridas en el cuerpo impactan, pero deja ver otra cara: su espíritu de lucha. Cree que ese rostro sólo lo pueden ver los adultos. Ya libró una batalla con el rechazo.
“Mis hijas ahora se acercan a mí, pero he tenido que seguir un proceso. Mi hija de ocho años no quería acercarse, me veía diferente y lloraba. Poco a poco estoy recuperando su confianza y su cariño, ahora ella me alienta y me dice, papi te vas a cuidar. Para eso he tardado meses”.
Él se ve rodeado de 20 ó 30 niños, sin temor, cumpliendo su labor de maestro. Pide que Dios y el tiempo le den esa oportunidad.
“Mi esposa trabajaba en la tienda, yo en el taller. Engranábamos para salir adelante”
“Esa gente no sabe lo que me ha hecho, les he rogado, les he explicado. No entendieron”