A pesar de las historias exageradas del "Camacho" y de los sonidos de viejos aparatos de radio, la localidad yungueña ofrece tranquilidad a aquel que la visita.
Óscar Díaz Arnau Fotos: Pedro Laguna
Atrás quedó el camino de siempre hacia Yungas, sinuoso y sumamente delgado, con el precipicio allá abajo omnipresente. También atrás quedaron las piedras del tamaño de un vehículo, amenazadoras e inmóviles, en el infierno del camino de costumbre.
Surcamos la provincia Sud Yungas hasta llegar a Ocobaya, "cuna de guerrilleros de la independencia americana", según los recuerdos desempolvados en una placa de bronce. "La capital del mundo", diría más tarde el "Camacho". Así es como rebautizaron al ocurrente Amalfi Gonzales, parodiando al gran futbolista Wilfredo Camacho.
En Ocobaya abundan las historias del pasado, pese a que casi todos sus protagonistas ya se han escapado de este mundo. Una viuda de ex combatiente es quizá el patrimonio humano más valioso de la zona, después de que falleciera el último de los hombres que batallaron en la Guerra del Chaco.
En tan solitario lugar, para escuchar el ruido de un motor de vehículo se debe esperar el paso de los buses o minibuses, muy poco frecuentes. En las calles, mientras, pareciera que sólo grita el silencio, al que ni el viento le da una mano para, al menos, desplegar un bostezo.
En algunos rincones juegan los más chicos del pueblo. El resto trabaja en las huertas o asiste a clases en el Colegio Nacional Mixto Ocobaya, contiguo a una gran piscina de medidas olímpicas… tan grande como el completo y constante abandono al que la localidad se ve sometida por las autoridades.
Mejor cuidada está la imponente prensa de coca, igualmente aledaña al colegio, de madera de quebracho; y el flamante museo, que poco a poco va nutriéndose gracias a donaciones del Banco del Libro, la Alcaldía de Chulumani y residentes ocobayeños de La Paz.
Una iglesia en mal estado En Ocobaya uno se topa con árboles llenos de nidos de uchis, aves grandes que los científicos llaman oropéndolas. Tierra de cocales, mangos, paltas, café, naranjas y mandarinas, el pueblecito yungueño está situado a unos 15 kilómetros después de Chulumani, partiendo de la ciudad de La Paz.
Vecina también de Chicaloma, Irupana, Cutusuma y Laza, con una coqueta plaza, llamada Armando Escóbar Uría (antes plaza de la Ley), y la iglesia del Señor de la Exaltación —la segunda más antigua de La Paz—, Ocobaya huele a coca, pero de una forma tan sutil que agrada incluso a aquellos olfatos no propensos a la milenaria hoja.
El templo, mientras tanto, fue declarado Patrimonio Histórico y Cultural del departamento de La Paz. Sin embargo, hoy sufre el acoso de las termitas, que ya voltearon dos vigas del techo y amenazan con comerse el resto de la madera.
Además, los robos de sus obras de arte, por falta de buen resguardo, lo han dejado en una posición desvalida. Y es que ni la declaratoria de patrimonio ha servido para tener un cura propio, y uno recién ordenado viaja cada viernes desde Chulumani para no dejar la religiosidad de los ocobayeños abandonada a su suerte, ni tentar al transfugio hacia otras creencias.
A la entrada de la iglesia se ve una gran campana de la libertad, al estilo de la que hay en Sucre. A su lado, dos réplicas de las cabezas de los guerrilleros yungueños Victorio García Lanza y Antonio de Castro reciben a la feligresía local.
Adentro, entre tanto, aún resuenan con fuerza las plegarias al Señor de la Exaltación y a la Virgen de la Candelaria, que en boca de su autor, René Inofuentes, se escuchan todavía más solemnes que en las de los demás creyentes. René es también creador del himno a Ocobaya, una tonada que repite con orgullo siempre que puede.
Pero no bastan las oraciones, y urge restaurar la iglesia. Se necesitan por lo menos 60.000 dólares, que la gente del pueblo espera lograr de alguna ONG o embajada.
Los más antiguos "Doña Alicia, doña Alicia, sírvame su resacado…", le cantaban antiguamente los jóvenes a una de las señoras del pueblo para que les sirviera su brebaje, un potente destilado con 80 por ciento de alcohol en contenido. "Todo el día tomábamos", recuerda hoy uno de los ancianos, abordado por los buenos tiempos de aquel entonces.
La localidad ahora tiene 400 habitantes, pero, sumando las comunidades próximas, llegan a ser unos 1.800. "Aquí no hay epidemias, enfermedades contagiosas… antes sufríamos la viruela", dice don René Inofuentes durante una conversación con el popular "Camacho", que asiente con la cabeza.
Los relatos surgen uno tras otro, pese a que varios salen de viudos. Y es que, como dicen por ahí, éstos pierden la memoria cuando se les mueren sus esposas, y viceversa.
"Aquí la gente se va para el otro mundo a los 105, 110 años, no como en Chulumani, donde a los 70, 75 años ya están en el agujero", complementa con mucho humor Augusto Pomar, el dueño de una pequeña tiendita. Su padre cantaba en la iglesia acompañado con el armonio. Murió a los 94 años. Él, por lo pronto, está rondando los 80.
—¿Y usted se ha casado alguna vez con alguien, don Augusto?
—No, anticrético nomás.
Luego, lo explica. Vivió 10 años con su mujer, pero ella lo dejó para comprometerse con otro y después morir. Y Augusto lo cuenta todo con el mismo semblante.
Más tarde, nos muestra su "vista al mar": del fondo del negocio emerge la más negra y lúgubre de las oscuridades; un mar de nada que apenas se ilumina de curiosas y revoltosas luciérnagas y de luces lejanas, perdidas en los cerros donde moran los vecinos del resto de las comunidades circundantes.
Don Augusto junto con "La Reina" y Marcelina Rada de Orihuela son tres de los habitantes más antiguos que aún quedan en el pueblo.
A "La Reina" le sobrevivió el apodo que le puso su papá, a fuerza de querencia. Y doña Marcelina es la única viuda de ex combatiente que todavía vive en Ocobaya. Las dos, amables y desenvueltas, regalan sonrisas y nostalgias por igual.
Influencia cochabambina Históricamente, el origen de Ocobaya se debe a la cultura mollo. "Los mollos avanzaron hacia varias provincias hasta llegar a Sud Yungas", comenta uno de los habitantes más antiguos de Ocobaya.
El profesor jubilado Carlos Chávez, de 80 años, por su parte dice que éste era un lugar de descanso para quienes viajaban entre La Paz y Cochabamba. De hecho, asegura, además, que Ocobaya se fundó con gente cochabambina, y que por eso había chicha "de la buena".
Mientras, de los primeros tiempos del pueblo, todo el mundo hace mención al campesino Ovalla, que atendía a los viajeros ocasionales. En un principio, el pueblo se habría llamado como él: "Ovalla".
"Antes, nuestro pueblito era bien concurrido. Había grandes hombres como el general Armando Escóbar, el ex vicepresidente de la República Clemente Inofuentes y algunos otros más. Pero, poco a poco, se fueron familias íntegras, yo soy casi el último de mi generación".
Ocobayeños en Los Ángeles Hoy, entre los destacados, está un grupo de ocobayeños que reside hace algunos años en Los Ángeles, en California, donde se ha formado un club. Desde allí, sus integrantes aportan siempre al pueblo de sus amores con lo que pueden.
Aunque lejos, llevan a Ocobaya en su corazón cada jornada. Así, se las arreglan para mantener, en Estados Unidos, la costumbre del lojro, una sopa preparada con plátano guineo, carne de cordero y maní; de la fritanga, que la cocinan con yuca; de la jak'onta, sopa de costillar seco de vaca, con yuca o gualusa (tubérculo más feculento que la papa); y, cómo no, del picante criollo, que lleva gallina, lengua, saice, panza y conejo.
Las historias del "Camacho" Hombre curtido por el campo es "Camacho", de corta talla, brazos fuertes y dedos anchos como bolsas de sus huesos. Conocido por su bravura —aunque cuesta creer todas sus historias—, él no puede estar ausente en las fiestas por su capacidad de hacer y rehacer cuentos, leyendas y afines. "Cuando se muera, le vamos a hacer un monumento", comenta el joven ingeniero Melanio Rocabado, quien en estos momentos está encargado del registro civil del pueblo, una tarea que no le quita mucho tiempo, pues en Ocobaya existe la costumbre de casarse sólo en años pares.
Por su parte, mientras habla y habla sin parar, el "Camacho" no deja de gesticular en todo momento. Él asegura que ha cazado varias boas, una, inclusive, de hasta seis metros de largo en Caranavi, que atrapó ante el asombro de decenas de soldaditos. Antes le gustaba regalárselas vivas al pueblo para el disfrute general con una enorme comilona.
"Son como perritos, puedo dormir abrazado de la boa y no pasa nada". Para el "Camacho", realmente, no existen los términos medios. "Hay que ser valientes: bien morimos o bien salimos", se justifica.
A este ilustre ciudadano de Ocobaya también se le anuncian las almas, claro, la noche previa a la inesperada llegada de la muerte al pueblo. Y él, como con las boas, ni se inmuta. Las recibe con respeto.
Entre todas, sin embargo, una de sus historias preferidas es la de una mujer que fue atacada por un leopardo, animal que suele pasearse por el área. "Le abrió el pecho y se comió su corazón", detalla, para luego aclarar, completamente convencido, que "el leopardo no se atreve con los hombres, sólo se mete con las mujeres y los niños".
Pero para llenar su vida de anécdotas el "Camacho" ha tenido que caminar mucho. Así, se ha recorrido cualquier cantidad de caminitos estrechos de Sud Yungas, que a uno lo llevan de un cerro a otro, en ascensos y descensos de película, bajo un sol que pela y la graciosa compañía de los uchis y las flores.
Siempre con su barba a medio construir, ojos celestes pero enrojecidos por el sol, piel sobrante en los cachetes y un cuerpo atlético.
El monólogo del "Camacho", mientras, transcurre muy bien endulzado por un té con té de sultana (infusión de cáscara de café producido en la región, más singani caliente). Es una de las bebidas más exitosas de Ocobaya, más incluso que el café de la zona, muy apreciado por los extranjeros pero no tanto por los oriundos del lugar.
Aunque, como bien apunta Juan Gonzales, existen otras bebidas típicas, como el cañazo (licor de caña), el guarazo y el peligroso resacado, que las señoras preparaban en el pasado, costumbre que algunas de las generaciones posteriores han heredado, haciendo que todavía se mantenga la tradición.
Y así, cuando la charla se anima gracias a los efluvios del alcohol, siempre sale a relucir la tierna historia de la canadiense, una socióloga linda, alta y rubia que aterrizó allá para realizar un estudio sobre las costumbres y la vida del lugar, y nunca más se fue. Ahora, vive en La Asunta, viste de pollera —aunque llegó de pantalón—, se pasea los fines de semana con una muñeca a la espalda y sólo habla en aymara.
Con todo, aparte de anécdotas, hazañas y leyendas, la diversión tiene otras formas en Ocobaya. Y, en este caso, es en el billar Texas donde los jóvenes tratan de distraerse durante su tiempo libre.
No es gran cosa, pero es que en la pequeña población yungueña todo se presenta en pequeñas dosis. Por eso, no hay más que una peluquería, llamada irónicamente Siete pelos, y solamente un hotel.
Pero con eso sobra. Y la gente se entretiene con los canales 9, 7 y 2 de televisión, además con la radio Yungas, que los lugareños cargan para cualquier lado con sus destartalados y viejos aparatos portátiles, que milagrosamente suenan, a menudo, como si fuera el primer día.
Y, ante tanta tranquilidad, cuando uno deja Ocobaya para internarse en una noche de senderos afilados y eternos para emprender el camino de regreso, en soledad, siente que un pedazo de su calma se quedó para siempre en el pueblo.