Ser obrera y boliviana casi le costó la vida en Argentina Historia • Esta es la segunda entrega sobre desaparecidos en los 70. Las Abuelas de la Plaza de Mayo ayudaron a una madre a recuperar su vida.
Soportaba los golpes pensando en la niña abandonada a su suerte. Sometida a la picana, a cada pregunta respondía con otra: ¿dónde está mi hija, dónde está...? Con la cabeza sacada y metida del agua una y otra vez, la imagen de la niña se esfumaba. “Ya está bueno”, dijo el médico. Cesó el submarino. Fue asistida “para que no se muera”. Ni bien volvió en sí, la violaron sus verdugos. Cuando el último cerró la puerta, la mujer era un guiñapo sobre el suelo.
En una prisión militar, Rosa Mary Riveros Tellería desfallecía en la Argentina el 3 de enero de 1976. No había dejado de ser ultrajada desde el 23 de diciembre del 75, cuando tres agentes pararon el colectivo en que iba, vieron sus documentos y se la llevaron. Angustiada, suplicaba por su hija de año y medio, Tamara Ana María Arce, de la que se separaba sólo para ir al trabajo. No encontraba motivo que justifique su detención. Pero la represión argentina tenía dos: era boliviana y, además, obrera.
Nacida el 22 de julio de 1974, la niña era todo para ella. Llorándola, aguantó los ocho primeros días de tortura. “Cuando Tamara había nacido, nadie imaginaba que el destino le tenía guardado varios hermanos, dos madres y un montón de abuelas”, escribió Stella Calloni (Presencia, 3/XII/2001), en una crónica sobre Abuelas de Plaza de Mayo.
Desde su captura no volvió a ver a su hija. De la comisaría al cuartel de La Tablada, a la cárcel de Olivos, a la de Olmos. Entre el dolor y la pena, se le iba la vida a la obrera boliviana. Una noche recuperó fugazmente la noción del tiempo: habían pasado cuatro años y ocho meses. Siempre las mismas preguntas, jamás una luz al final del túnel. Ni un solo proceso, ni una seña siquiera de la hija.
El 21 de abril del 82 fue expulsada a Ginebra, Suiza. Escribió a las Abuelas. Dos de ellas denunciaban en Lunda, Suecia, los crímenes del régimen argentino cuando recibieron la carta de Rosa Mary: “Tenía los dientes separados, con una especie de frenillo. Si es que se le cayeron, yo no sé. Nunca le puse aros ni usó chupete. Va una foto de cuando yo tuve cinco o seis años”.
Las ancianas decidieron encarar lo imposible. Viajaron a Ginebra para conocer a la afligida. A principios del 82, la madre de Tamara y las Abuelas de Plaza de Mayo, planificaron la búsqueda. Rosa Mary aportó otra pista: cuando fue detenida vivía con su amiga argentina Liliana Molteni.
Con planos, croquis, nombres y alguna dirección empezó la Operación Tamara. Las abuelas rastrearon cuadra por cuadra las vastas zonas de Gutiérrez y Lanús. Entrevistaron a exiliados en Europa, México y Brasil. Todos los datos conducían a nada. Cuando Rosa Mary les envió un plano detallado para ubicar a Liliana, y probablemente a Tamara, ellas registraron palmo a palmo un área de 30 manzanos.
La madre en Ginebra, las abuelas de aquí para allá, ¿y la niña?, ¿dónde estaba?, ¿con quién vivía? Parecía claro: con Liliana Molteni. Sí, fue ella quien se hizo cargo de ella, pero nunca pudo hablar con la madre presa e incomunicada. En la zona rastreada por las abuelas casa por casa, Liliana y un compañero, en efecto, habían alquilado una pieza de pensión el 12 de junio de 1976. Iban con la pequeña. Dos días después fueron secuestrados. Tamara se quedó con los dueños. Les habían dicho que la pareja volvería por la niña. Nunca más se supo de ellos. La dueña de casa habló con el comisario, sólo recibió amenazas. Asustados, los esposos decidieron huir. Tamara quedó al cuidado de su segunda mamá, pero esta vez por un buen tiempo. Fue educada y creció junto a una docena de hermanos.
A mediados del 83, algo les decía a las abuelas que volvieran a rastrear la zona. Esta vez, la solidaridad reclamó su turno: un hombre humilde las vio, les dijo “la niña está en Guérnica”, les dio las señas y desapareció.
Otro 12 de junio (del 83), las abuelas Mirtha de Baravalle y Rosa de Rosinblit viajaron a Guérnica, a 60 kilómetros de Buenos Aires. La familia que tenía a Tamara era muy pobre: 15 personas convivían en dos habitaciones y un comedor.
“Yo no me quiero ir porque ésta es mi mamá... la otra me abandonó”, les dijo la menor. Las abuelas le dijeron que no, que su madre siempre la buscó, igual que ellas. No mentían: por Tamara habían hecho una pesquisa por todo el mundo. Dolida, la segunda mamá se lamentó: “La hemos cuidado durante siete años, la queremos, ¿y ahora la vienen a buscar?... Se las daré, pero solamente a la madre”. Luego, con mucha pena, iba a resignarse y entregar a Tamara a las visitantes. Se convino con Rosa Mary que el encuentro sea en Lima, Perú. Otras dos abuelas se hicieron cargo del traslado.
“Me estará esperando, y, ¿cómo le tengo que decir?, porque yo a mi mamá le digo mamá, pero a ella, no sé”. Las abuelas María Isabel de Mariani y Estela Carlotto escuchaban a Tamara tan locuaz en el avión. “Pero, ¡no estamos en ninguna parte!”, había exclamado al cruzar la cordillera.
El 13 de julio del 83, en el aeropuerto de Lima, a Rosa Mary le temblaban las rodillas. Pese a los años de encierro y a la angustia de la búsqueda, había recuperado el aplomo, pero la emoción la quebraba. Finalmente iba a encontrarse con la razón que la mantuvo en pie más de 10 años.
“ Y...mi mamá me fajaba...pero era para que yo me portara bien”. Tamara no dejaba de recordar a la segunda madre minutos antes de conocer a la verdadera. Siete años de vivir apretujados en dos cuartos con tantos hermanos y tanto amor y tanto berrinche le habían habitado el alma para siempre.
“Desde lejos la vi caminar y no podía articular palabra, sólo reírme y abrazarla (...) mis ojos no me bastaban para verla. Por unos segundos fuimos dos extrañas, para luego, allá en el fondo del inconsciente, reconocernos como lo que somos: madre e hija”, escribiría Rosa Mary años después.
“Madre e hija, dejaban de recorrer el largo camino que las había separado. En el aeropuerto de Lima se miraron y abrazaron, pero hubo muy poca intimidad, periodistas y fotógrafos las rodeaban”, escribió Stella Calloni en “Reportajes”, suplemento de Presencia editado por Vania Solares Maymura. Dos abuelas las acompañaron por un par de días, eran el único nexo entre madre e hija, que en ese momento, en el fondo, eran dos desconocidas.
“Cuando Tamara había nacido, nadie imaginaba que el destino le tenía guardado varios hermanos, dos madres y un montón de abuelas”