¿Es posible pensar la democracia sin acuerdos, pactos ni alianzas? La respuesta es, qué duda cabe, negativa. Para empezar, la propia conformación de las actuales candidaturas puso en juego estos elementos porque la mayoría de las fórmulas presidenciales son resultado de procesos de convergencia entre individuos y grupos que tienen afinidad de ideas y/o de intereses. Algo obvio, dirán, pero es el punto de partida de la política como acto organizativo y como propuesta discursiva. En el otro extremo está la invocación general acerca de la necesidad de un cambio en las pautas de relación entre Estado y sociedad bajo la consigna del "nuevo contrato social" que no es otra cosa que el establecimiento de un acuerdo general que restituya la comunidad política en su acepción más genérica, esto es, como "solidaridad entre extraños", diría un filósofo clásico. En los comicios del 18 de diciembre se enfrentan varios conglomerados de actores sociales y políticos articulados en torno a liderazgos, organizaciones y propuestas que se ofrecen como alternativas opuestas ante el electorado. Y si bien es probable que esto se repita en ocasión del inicio del debate constituyente con la elección de representantes a la Asamblea Constituyente —en junio próximo— la naturaleza del debate y los temas en cuestión obligarán a un intercambio político de otra índole porque este proceso deliberativo exige el establecimiento de consensos a partir de subordinar las posturas particulares al interés general. De la disputa al consenso, de la exacerbación de las diferencias a la conciliación de posiciones, ese es el recorrido.
Entre un evento y otro, empero, debe suceder un hecho central, aquel que definirá el curso de los acontecimientos. Me refiero al resultado final del proceso electoral, esto es, a la elección del presidente y al establecimiento de los soportes de estabilidad del nuevo gobierno. Aquello que, convencionalmente, se define como modelo de gobernabilidad, y aunque la palabrita tiene carga prejuiciosa se refiere a la condición mínima de estabilidad política que asegure capacidad gubernamental y continuidad democrática necesarias para continuar con las reformas. Es evidente que la democracia pactada en su versión instrumental, aquella que se tradujo en cuoteo y rodillo parlamentario, no va más. Sin embargo, es preciso buscar otras modalidades, como la posibilidad de un acuerdo programático mínimo entre el futuro gobierno —que surgirá de la primera mayoría, sin duda— y la principal fuerza de oposición parlamentaria; acuerdo circunscrito al ámbito congresal y en torno a una agenda que contemple la política hidrocarburífera, las autonomías y la Constituyente. Existen varias pistas para no ser pesimistas y menos diferencias que en las consignas, sin embargo, la "guerra sucia" desatada en los últimos días —al margen de atentar contra la ética y la estética— puede terminar levantando barreras infranqueables que impidan la búsqueda de esta alternativa que, sin vueltas, parece ser la única capaz de mitigar la incertidumbre y dar a las cosas un mínimo sentido de futuro. Suficiente para callar a aquellos que se frotan las manos augurando el desastre inminente.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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