Luego de compartir vivencias durante un par de meses, Elia Tórrez Gemio y Mariano Chuquimia Quispe decidieron unir sus vidas. La culpable del enlace, una mandolina.
Miguel Vargas • Fotos: Eric Bauer
Siempre quise casarme en la iglesia", regala una primera sonrisa de Elia Tórrez Gemio, mientras sus 74 años se arrugan en sus manos. Hace año y medio por fin pudo cumplir su sueño, entrar al templo y recibir la bendición de un sacerdote. El novio: Mariano Chuquimia Quispe, de 86 años. El 120 de la calle Raúl Salmón, en la esquina de la calle 5 de Pampahasi, cobija a las Awichas, un proyecto con 20 años de existencia. En el seno de sus tres viviendas y los cinco comedores, personas de la tercera edad, en su mayoría migrantes del campo, comparten una comunidad donde hacen una existencia mucho más activa en busca de una mejor calidad de vida. Allí es donde se conocieron.
Mariano Chuquimia Quispe nació hace 84 años, en Viacha, donde trabajó arduamente durante sus niñez y juventud, pudiendo cultivar de manera paralela su amor por la música. Perdió a su primera esposa hace unos 26 años —dato que cambia según se lo permite la memoria— y vivió solo por muchos años. Tenía un cuartito en los altos del hogar Awichas de Pampahasi y participaba en todos los eventos acompañado por su cómplice incondicional, la mandolina.
Los 74 años de Elia Tórrez Gemio se acurrucan en los pliegues de su rostro. Con los ojos diminutos, recuerda que se pasó toda una vida trabajando de empleada doméstica sin que ese oficio le trajera beneficios para su vejez. Tenía un cuartito costeado por sus hijos. Vivió con el padre de éstos por varios años, pero nunca se casó.
Elia se sentía sola y permanentemente andaba de mal humor. Su único consuelo eran las visitas de sus hijos y nietos, que la cuidaban de acuerdo a sus posibilidades. Por suerte encontró un refugio en los encuentros de ancianos de Alto Pampahasi, donde podía practicar el canto, pasión que dejó guardada en su comunidad de origen, donde llevaba la primera voz.
Dos vidas que se encuentran "¡Ésta tiene la culpa!", recrimina Elia a la mandolina. Y es que escuchando los sones que arrancaban los dedos de Mariano, reparó en su figura. "Disculpe, ¿no quisiera usted que seamos amigos?", fue lo primero que se animó a sugerir Mariano y en poco tiempo dedicaron los momentos de encuentro para dar paseos y conocerse más.
La gente de la comunidad ya empezó a oler algo cuando los vieron en una reunión en Kupini cubriéndose con la misma pieza de plástico. Los rumores empezaron a surgir "¡Deberían casarse!", decían las malas lenguas y en menos de tres meses, Mariano se animó a pedirle a ella que unieran destinos.
La boda se organizó con la rapidez de una vizcacha. A tal punto, que la familia de Elia se enteró cuando recibió la invitación para el 22 de mayo de 2004. La abuelita pisaría por fin el ansiado altar.
Las madrinas fueron las funcionarias del centro Awichas y la asistencia fue masiva. "Yo me casaría de nuevo para que vengan tantos gringos", aún bromea Elia.
El traje de color tumbo estaba formado por un velo, una pollera y una blusa cochabambina con una camisa por dentro. Las amigas se apresuraron a arreglar a la novia mientras se preparaba la comida, la torta y las bebidas para celebrar.
La boda religiosa fue muy emotiva y los novios regresaron a Awichas para la fiesta. Allí bailaron y cantaron y bebieron hasta que pudieron. Mientras los novios se retiraron cansados a su dormitorio, la celebración aún daba para más.
Vida de casados "Mi marido me sirve de estufa nomás, no sabe de amor, qué será", reclama Elia. Casarse a esa edad le ha significado muchos cambios en la vida y le ha costado adaptarse.
Luego de la boda se mudaron a un cuarto algo más grande que el que tenía Mariano en Awichas. Allí se acomoda la cocina, la ropa, la cama, la radio y la mandolina.
Al principio, la convivencia era imposible y ambos cónyuges ya estaban arrepentidos a los pocos días del matriqui. Poco a poco se fueron acostumbrando. Cuando Elia se enfurecía, Mariano simplemente salía a la calle y se pasaba el día caminando. Así templaron ambos el carácter y las sonrisas regresaron. "Ahora estamos muy acostumbrados, no nos podríamos separar", piropea Mariano.
Si a Mariano le gusta caminar, Elia prefiere no hacer mucho ejercicio porque le duele la espalda. Mientras ella ríe, él conserva su distancia y abre una carpeta donde repasa sus recuerdos. Su vida juntos les parece nueva y les gusta la idea de no sentirse solos.
Cuando él arranca un mambo de su mandolina, ella canta. Si hay algo que les encanta, es echarse en el césped a comer tostado.
Y cuando están en su cuarto, son inevitables las miradas dulces que Mariano le dedica a su esposa cada que puede. Ella, dicharachera, suelta bromas y le toma el pelo. No importa. Él se calla y la vuelve a contemplar. Simplemente, la ama.