Cada año cientos de personas visitan en La Habana las obras de José Villa, quien en El Alto exhibe también una cruz andina. El ex Beatle causa furor.
Álex Ayala Fotos: Alejandro Azcuy
No pierde nunca ni un mínimo detalle. Los ojos cansados de Asunción Estrella Gutiérrez, de 63 años, se mantienen fijos en la figura estática de John Lennon, el mítico ex Beatle que un día estuvo prohibido en las radios y televisiones de La Habana y hoy ocupa un lugar realmente privilegiado: un banco un tanto solitario en el barrio de El Vedado.
Asunción recoge su pelo en un pañuelo, vence su falta de visión gracias a unos gruesos lentes y recuesta casi todos los días su tremenda humanidad en una silla desplegable. Ella forma parte del grupo de custodios de la estatua, hombres y mujeres jubilados que se dedican a velar noche y día por la integridad de la obra de José Villa.
El artista cubano, responsable de moldear y fundir en cobre una de las poses famosas de John Lennon, jamás se imaginó que su trabajo alcanzaría semejante éxito de público. “Pese a estar, quizá, mal situada —alejada de los puntos más turísticos—, constantemente llegan las visitas. Y se ha convertido en una tradición hacerse fotos con la imagen como constancia de que uno ha estado en La Habana”, señala.
Los custodios, entrañables vigías de la estatua, recorren, entre tanto, cuadras enteras cada jornada para estar puntuales frente a Lennon. En un puñado de papeles apuntan rigurosos el número de visitas. Y su única compañía es un poco de agua, otro de café, cigarros y puros.
Juan González, con más de 80 años a sus espaldas, sujeta un poderoso habano entre los labios. Él es uno de los custodios veteranos. “Los turnos, de 12 horas, espantan a muchos”, lamenta. Pese a todo, por lo menos cinco de los custodios se mantienen aún fieles a Lennon.
Comenzaron con una silla de autobús, sin patas, que debían apoyar en un árbol cercano para mantenerla erguida. Ahora, con una plegable de aluminio, gozan de más comodidad, pero siguen realizando su trabajo por amor al arte. “Algunas veces los turistas nos regalan algún dólar, pero no es lo normal”, reclama Asunción, que no aparta su vista de la mirada del ex Beatle.
Semejante celo a la hora de cuidar la estatua tiene sus razones. “Ya le han roto o robado los espejuelos —los lentes— ocho veces”, explica su creador, José Villa, quien en estos momentos se encuentra reparando un nuevo par, en bronce, para devolverlos a su dueño. Es por eso que ahora luce unos provisionales, hechos de alambre. Y, cada vez, el anclaje al rostro del difunto compositor es más perfecto. “Ahora, vamos a soldar los espejuelos por dos lugares diferentes”.
El primer hurto se registró el 22 de diciembre de 2001. Desde entonces, se ha hecho imprescindible la presencia de sus custodios, quienes siempre resueltos conforman una estampa única en el mundo.
Deuda con una generación ¿Pero, por qué Lennon en La Habana? Paradójicamente, el ex Beatle nunca pisó la isla, aunque estuvo a punto de visitarla en 1972. En esa ocasión, tuvo que echarse para atrás ante las amenazas del entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, de no dejarlo retornar a Nueva York, donde vivía.
“La escultura —inaugurada el 8 de diciembre del año 2000— es el pago de una deuda que existía con toda una generación, que tuvo que ver cómo se prohibía la música de los Beatles”, refleja Villa. Y hasta el mismísimo Fidel Castro reconoció la misma. “Lamento mucho no haberte conocido antes”, dijo al destapar la estatua. “Esta obra me parece una bonita forma de pedir disculpas”, completó el cantautor Silvio Rodríguez, quien en su día tuvo algunos problemas por sacar a relucir a Lennon por la televisión.
Precisamente, artistas como Rodríguez y Pablo Milanés —quienes curiosamente eran conocidos antaño como los rockeros— se solían reunir siempre en ese parque de El Vedado para tocar guitarra.
Así, a modo de homenaje, hoy John Lennon disfruta de una visa permanente en La Habana. Algunos le dejan flores, que cuando están marchitas retiran con marcial puntualidad los custodios, y otros ya hasta lo consideran santo, y realizan ceremonias en torno a su figura. Mientras, él se aferra a la inscripción que reposa bajo sus pies, de su canción Imagine: “Dirán que soy un soñador, pero no soy el único”.
El Caballero de París Tras el éxito de la figura de John Lennon, a José Villa —a pesar de ser fundamentalmente un escultor abstracto— le llovieron propuestas similares. De esta forma, no tardó en dar vida a un personaje que forma parte ya de la tradición más habanera: El Caballero de París, un indigente muy querido por todos los vecinos que recorrió las calles de la ciudad cubana hasta el día de su muerte, en 1985.
A pedido de la Oficina del Historiador —que de la mano de Eusebio Leal se ocupa actualmente de la restauración de toda la Habana Vieja—, Villa ha recreado al mendigo con todos sus enseres caminando por una de las principales arterias en el casco antiguo.
Según cuentan, el Caballero de París era un hombre de mediana estatura, tenía el pelo desaliñado y lucía barba. Siempre vestía de negro, con una capa, y cargaba con un cartapacio repleto de papeles.
Era un hombre gentil, que podía aparecerse en cualquier lugar, saludaba a todo el mundo y discutía de filosofía con quien se cruzara por su camino. Nunca pedía limosna y sólo aceptaba dinero de las personas que conocía, a las que solía obsequiar con una tarjeta coloreada por él, un lápiz entizado con hilos de diferentes colores, un sacapuntas y objetos similares. Frecuentemente, además, daba cambio a los que le daban dinero.
De origen español, el Caballero de París llegó a La Habana con 14 años, donde todavía cuerdo trabajó como mozo en los hoteles Telégrafo, Sevilla y Manhattan. En 1920 fue arrestado y encarcelado por presunto ladrón de joyas —después se supo de su inocencia— y perdió toda la razón en la prisión.
Tras cumplir sentencia, salió a la calle como vagabundo y la llenó de vida con sus fantasías. Murió a los 85 años en un hospital psiquiátrico en las afueras de La Habana y fue enterrado inicialmente en el cementerio de un pueblo llamado Santiago de las Vegas. Posteriormente, sus restos fueron exhumados por Eusebio Leal y transferidos al convento de San Francisco de Asís, su actual lugar de descanso.
Hoy, mientras, ya se han tejido todo un sinfín de leyendas en torno a la escultura. “Si le tocas el dedo dicen que significa una cosa. Si le tocas la barba, otra. Y supuestamente concede deseos”, señala su creador.
La presencia de Hemingway Muy cerca, en el mítico restaurante El Floridita, descansa otra de las figuras emblemáticas de Villa: el escritor Ernest Hemingway, quien radicó una larga temporada en la isla.
“A ésta, los turistas le suelen invitar a un daiquirí”, sonríe el escultor. Y es que el escritor estadounidense es uno de los personajes con más recuerdos en la isla. Así, la Marina lleva su nombre, su casa ha sido convertida en un museo y un hotel es conocido por el título de una de sus novelas: El viejo y el mar.
Hemingway, quien habitó un espacio lleno de libros, cabezas de animales cazados en África, retratos y papelería, dejó en Cuba, además, todo un mundo de amores, temores y pasiones, de los que todavía se habla a menudo en la isla.
Otras famosas esculturas Pero la obra de Villa no se queda ahí, y el realismo del artista cubano ha dado vitalidad a más imágenes.
Una de ellas es la Madre Teresa de Calcuta, ubicada en el patio de un convento de La Habana, inmersa en la lectura de las sagradas escrituras y transmitiendo una intensa sensación de calma y recogimiento.
También un Benny Moré, intérprete y compositor conocido como “El Bárbaro del Ritmo”, camina a tamaño natural, como si nada, por las calles de la localidad de Cienfuegos. Y un José Martí joven, casi niño, es reflejado en la época en que guardó prisión, en las galeras, en otra obra.
“El éxito de todas estas esculturas —explica Villa— es que están desprovistas de los atributos añadidos de la monumentaria tradicional, del pedestal, de la base... que producen siempre un distanciamiento entre el espectador y la obra. A mí me interesaban personajes más humanos, con los que la gente pudiera interrelacionarse”.
En cada figura, por lo menos, demora seis o siete meses. “Soy lento, quizá porque mi especialidad realmente es la abstracción y no estoy tan acostumbrado a la figuración”. Un ejemplo de su trabajo habitual puede observarse en la ciudad de El Alto, donde una gran cruz andina de su autoría se levanta justo a la salida del aeropuerto.
Mientras, la fundición en bronce de cada estatua tiene un costo aproximado de 12.000 dólares. Por eso es que el artista únicamente esculpe este tipo de trabajos por encargo. Pero mal parece que no le va, pues ya ha recreado a un actor mexicano en Ciudad Juárez y a otro Lennon para un jardín de Denver.
Justamente, aunque explícitamente el creador no lo reconozca, el ex Beatle es la niña de sus ojos, con su pierna desgastada por el toqueteo diario de turistas y curiosos, con sus arrugas, sus botas bien calzadas y sus custodios, quienes tienen siempre una manera muy particular de cuidar la famosa imagen.
Para darse cuenta, no hay más que observar durante un rato a Asunción “Lennon” —como algunos la conocen ya debido a su tarea de eterna vigilante— llamando la atención desde su silla plegable a uno de los muchos visitantes: “Si no se porta bien, en vez de multarle le voy a poner a bailar el reggaeton”.
El perfil del artista
José Villa Soberón nació en 1950 en la localidad oriental de Santiago de Cuba. Graduado y posgraduado de la Academia de Artes Plásticas de Praga regresó a La Habana como un atrevido abstraccionista que prefirió durante largo tiempo realizar sólo formas y volúmenes puros alejados de cualquier tipo de naturalismo. Desde la escultura de Lennon, sin embargo, ha empezado también a cultivar el realismo. Ha ganado varios concursos, ha trabajado en diferentes países y una cruz andina de su autoría se exhibe actualmente a la salida del aeropuerto internacional de la ciudad de El Alto.