Existe un giro en la opinión pública que comienza en la década de los 90 y que se debe a la grave frustración ciudadana respecto de las expectativas creadas con las reformas económicas. La capacidad de los gobiernos está perdida. Cunde una fuerte falta de credibilidad en los partidos pre-existentes y cada vez los planteamientos desde la izquierda son más rígidos. Por su parte, la pérdida de confianza en sistemas presidencialistas, de mandato fijo, no se juega del mismo modo que en un sistema parlamentario que permite mecanismos más flexibles y menos traumáticos. En resumen: los problemas son de representación, de régimen y la gran zancada a la izquierda.
La izquierda no es un problema en sí mismo, sino la falta de institucionalidad que ésta tiene, pues, se habla de una nueva izquierda. El problema repercute principalmente en términos democráticos. Tenemos que la falta de sucesión generacional, dicho de otra manera, la precaria aparición de esta nueva izquierda connota dos grandes riesgos: hablamos de la hora de la izquierda que puede fácilmente traducirse en la hora del “populismo” o la hora de la “izquierda autoritaria”.
A excepción de Chile, Brasil y Uruguay que tienen izquierdas y democracias destiladas simultáneamente y que se pueden considerar izquierdas democráticas, existen izquierdas de discurso maniqueísta que, aunque su propuesta vaya acompañada de redistribución de riqueza, su impacto no responde, en términos democráticos, a que los individuos se sientan capaces de oponerse, controlar su gobierno, sus políticas e inclusive sus propias vidas. Es más, enceguecen ante el dominio y acompañan a sus líderes en condición de clientes. En pocas palabras, no genera ciudadanía ni condiciones competitivas en democracia. Estos pronunciamientos no responden a la izquierda democrática.
No necesariamente la gestión económica de las izquierdas no democráticas es per se irresponsable. Sin embargo, sí cuentan con suficientes recursos económicos, generan relaciones de dependencia con la clientela que empotra, a través de la estatización, en la administración pública, restándole paso al ejercicio de la ciudadanía. Si no cuentan con los recursos económicos suficientes, disputan su permanencia en el gobierno con recursos políticos demagógicos e incluso haciendo uso irrestricto de las fuerzas del orden. Por su parte, en entornos pre-burocráticos no bastan las ideas o los instrumentos legales para materializar las políticas, pues, las instituciones, la profesionalización y la trayectoria juegan un papel preponderante.
¿Es verdad que no puede existir ningún populismo democrático? Pues si, y para identificarlo habrá que tener algún indicador adecuado. En este caso, el realismo en la gestión económica y la larga trayectoria o sucesión deben tomarse en cuenta. En fin, lo que resta decir es que, en Bolivia, la izquierda democrática es la que tiene que combatir al populismo.
¡Lamentablemente parece que no hay todavía quien nos salve!
William Kushner es doctorado en gobierno y administración pública, reside en Madrid.