Lo más plausible que se produjo esta vez es que se registró una mayor participación ciudadana en la justa electoral de diciembre. Alcanzó al 84,51 por ciento, porcentaje que supera a todas las anteriores elecciones nacionales del actual proceso democrático.
Los resultados finales de las elecciones del 18 de diciembre permiten tener una visión completa de lo que ocurrió en aquel día memorable, en que una candidatura presidencial obtiene un triunfo por mayoría absoluta, esto es más del 50 por ciento más uno de los votos. En las cinco elecciones generales anteriores, desde 1985, nadie había conseguido semejante respaldo popular.
Otro hecho notable es que el país prácticamente se dividió en dos opciones. En la región occidental venció el Movimiento al Socialismo (MAS) y en la oriental, incluyendo a la sureña Tarija, lo hizo la agrupación ciudadana Podemos. De esta manera, el MAS demostró que prevalece en cinco departamentos (La Paz, Oruro, Cochabamba, Potosí y Chuquisaca) y que Podemos tiene apoyo en cuatro (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija).
Esto implica que el poder mayoritario que detenta el MAS tendrá que ser muy cauteloso en reconocer que otra parte importante del país está alejada de sus posiciones políticas e ideológicas y que, por tanto, en aras de preservar la unidad nacional, tendrá que actuar con un alto grado de mesura y equilibrio. No caben, por tanto, los avasallamientos y los excesos.
El MAS reconoce que llevará adelante una "revolución en democracia", esto quiere decir que tendrá que equilibrar sus propios intereses y objetivos con los del resto del país. Además, existe un principio democrático básico, que es el de conciliar las posiciones de las mayorías y de las minorías. Actuar de otro modo sería salirse de los marcos democráticos.
Existen también sectores que tienen que ser considerados cuando se está al mando de los intereses generales. Ocurre que un 15,49% por ciento de los electores habilitados para votar se abstuvo. Si bien este índice es el más bajo que se produce desde las elecciones de 1985, no deja de ser respetable. A ello se agrega que hubo un 4% que votó en blanco y un 3,37% anuló su pronunciamiento. Si se suman las abstenciones, los blancos y los nulos, se llega a la constatación de que un estimable 22,86% de los ciudadanos bolivianos tiene serios cuestionamientos a los procesos electorales, más todavía demuestran un total descreimiento con la forma de hacer política en el país.
Al nuevo gobierno tiene que llamarle la atención la distancia que toma casi una cuarta parte del electorado nacional con respecto a todo lo que significa conducción del Estado. Es posible que ello sea fruto de malas experiencias pasadas, pero ahora, que se anuncia una "revolución democrática", lo que correspondería es hacer una inflexión en cuanto a comportamientos anteriores y así rescatar a ese importante segmento de población a la futura toma de decisiones.
En todo caso, lo más plausible que se produjo esta vez es que se registró una mayor participación ciudadana en la justa electoral de diciembre. Alcanzó al 84,51 por ciento, porcentaje que supera a todas las anteriores elecciones del actual proceso democrático. Hasta ahora, la mayor concurrencia a las urnas se había dado en 1985, con el 81,97 por ciento de participación. En las otras cuatro elecciones la tasa rondó en el 70 por ciento. Bien podría decirse, entonces, que esta asistencia se contrapone a la actitud negativa asumida por los que se abstuvieron, votaron en blanco o nulo.