Si la gira presidencial hubiera incluido una serenata con Soledad Bravo en Caracas, una visita a la tumba de Compay Segundo en La Habana, whisky compartido con Joaquín Sabina en esas cenas del cantautor con los príncipes de España, los recuerdos de Edith Piaff en París y Jacques Brel en Bélgica, la muralla china cuyo origen recuerda una hermosa película con Jet Li, Héroe, y el apretón de manos cómplices con Nelson Mandela en Sudáfrica, antes de susurrar Cucurucú Paloma con Caetano Veloso en Brasil y cantar con Liliana Herrero en Argentina, el periplo hubiera sido perfecto. Para mis gustos clasemedieros, por supuesto, porque para bohemios están los intelectuales paceños, según ellos mismos, y para muertos de envidia algunos columnistas cruceños, según mi modesta opinión.
Pero no. La gira del presidente Evo Morales por ocho países tiene otras connotaciones. Tácticas y estratégicas. Al margen de la inédita e inusitada importancia que adquiere la presencia de un mandatario boliviano en el concierto internacional (lo de concierto, a propósito de las alusiones musicales) y que seguramente hizo palidecer de ira al artífice de la "diplomacia directa", como a algunos columnistas rojos de rencor, en mi modesto entender.
Decía que la vuelta al día en ochenta mundos, dixit Julio Cortázar, tenía connotaciones tácticas y estratégicas, pero no tengo ganas de realizar evaluaciones políticas de las expectativas creadas y los resultados obtenidos por la gira presidencial, porque para eso están los analistas. Y yo no soy analista —soy aurorista—, y pienso que algunos colegas columnistas requieren urgentemente un psicoanalista porque concentran su preocupación en los aspectos formales de las visitas del flamante Presidente y esgrimen comentarios dignos de salón de peluquería acerca de la vestimenta, las apariencias y el protocolo. Ellos tan páginas sociales y muy hombres de mundo. Y no tengo nada contra los salones de peluquería, excepto aquellos donde nos torturan con discos de Julio Iglesias, de acuerdo a mi molesto sentir.
¿Se acuerdan del orgullo patriótico que sentíamos hace once años cuando inauguramos el mundial USA 94 frente a Alemania porque pensábamos que, entonces, todo el planeta iba a saber quienes éramos nosotros, los bolivianos? Resulta que añoro ese orgullo porque ahora tenemos más razones para sentirlo. Porque resolvimos el laberinto de la crisis política en las urnas y con la mayor participación electoral en nuestra reciente historia democrática —pese a los depurados, además— y mitigando la mentada polarización que parecía desgarrarnos, y ahora quienes se rasgan las vestiduras en vez de alegrarse son algunos columnistas, en mi sencilla comprensión.
Y resolvimos el entuerto cerrando heridas antiguas y recientes, las de la exclusión étnica y el regionalismo, por ejemplo, otorgando mayoría absoluta al MAS para que no queden dudas que las cosas han cambiado. Si bien el futuro no es lo que era, diría un posmoderno, y nadie sabe qué sucederá en los próximos días, ahorita, eso no importa. Para evaluar los riesgos están los analistas y yo soy aurorista, y en vez de estar augurando desastres, algunos columnistas deberían andar con la cola debajo del brazo, como diría el Chavo del 8, en su humilde opinión.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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