Pasaron por casi todos los diarios del país y son dos de los pocos hombres que todavía manejan máquinas que se dedican a la composición de textos gracias a la fundición de plomo. Florentino Sánchez y Américo Trino cuentan su vida.
Óscar Díaz Arnau Fotos: Pedro Laguna
La composición de textos en obsoletos armatostes de fierro es un oficio semimanual que se resiste a la modernidad y que, día a día, con las armas del hombre humilde, lucha contra las bondades de la tecnología. Sin embargo, quizá porque la mano de obra se menosprecia cada vez más, cada vez hay menos linotipistas.
Los dedos firmes en la máquina y las letras se van encontrando de memoria, al tacto. Florentino Sánchez, un tipo un tanto solitario, le da la espalda al sonido que se proyecta a su antojo desde la radio; Américo Trino, un conocido memorioso, escucha por su parte, a lo lejos, el recreo de sus compañeros.
Cada cual desde su asiento, separados por decenas de cuadras y, extrañamente también, a la distancia de toda una vida juntos compartiendo la pasión por la linotipia, los dos emprenden una nueva jornada de combate frontal contra el gas del plomo. Son de los pocos linotipistas que todavía trabajan en este sector de los gráficos en Bolivia. Son constantes, enamorados de su trabajo, bastante tranquilos y no han realizado otra actividad que no haya sido ésta.
Casi cinco décadas de oficio Florentino se dedica a la linotipia desde hace ya 49 años. Empezó como ayudante en la imprenta El Progreso y, al lado de su maestro José Krings Ayoroa, estuvo colaborando en Presencia antes de que ese periódico tuviera taller propio.
Pasó por El Diario, La Nación, Última Hora, Hoy, La Patria de Oruro, El Mundo de Cochabamba, entre otros periódicos nacionales.
Ahora trabaja de manera independiente en la imprenta Altiplano. Lo hace con su máquina neoyorquina de marca Mergenthaler Linotype Co., modelo 31, que compró en un remate del Banco del Estado. En sus buenas épocas, un linotipo nuevo costaba unos 25.000 dólares y uno usado 10.000. Ahora se ofrecen hasta por 200.
Él no cree que haya más de cinco linotipos en La Paz, de distintos modelos. También quedan algunos intertipos, máquinas bastante similares que difieren sólo en la cantidad de tipos y tamaños de letras.
En este momento, Florentino está enfocado en dos líneas: primero, acomoda las letras para construir "cómo analizar"; pero pronto acaba con estas palabras y prosigue con las siguientes: "los conflictos". Tipo por tipo va formando cada idea, sin olvidar los espacios, claro, para luego fundirlo todo en plomo, a unos 50 grados de temperatura.
Hoy mayormente compone letras para trabajos de tesis y, para ello, utiliza alguno de sus cuatro juegos o "almacenes", con diferentes tipos y tamaños. Por línea cobra un boliviano, con lo que la portada de una tesis cuesta más o menos entre 10 y 15 bolivianos.
La linotipia fue inventada por el relojero alemán Ottmar Mergenthaler en 1878 y Florentino estima que su máquina pesa dos toneladas y se compone de 13.000 piezas.
Y aunque en Bolivia los linotipistas están en vías de extinción, no fue igual antaño. Así, el linotipista Waldo Álvarez se convirtió en el primer obrero en ocupar el cargo de ministro, en este caso de Trabajo, durante el gobierno de Germán Busch.
Convivir con la tecnología Américo, por su parte, trabaja en la Imprenta Universitaria de la UMSA desde hace 20 años. En estos momentos, maneja dos linotipos y un intertipo que, según su cálculo, llegaron hacia 1840. Y también prestó sus servicios en conocidos medios de comunicación: El Pueblo, Presencia, Última Hora, El Diario, La Patria y La Voz del Pueblo.
Los trabajadores de la Imprenta Universitaria reciben un litro de leche al día, para prevenir la intoxicación por la exposición al plomo.
Mientras tanto, como reconoce Américo con tristeza, las computadoras y las imprentas modernas han ido desplazando a la linotipia, con la que antiguamente se realizaban los periódicos y otras publicaciones. Y es que hace años era indispensable. Así, a mediados del siglo pasado en los diarios grandes había hasta ocho linotipistas trabajando a destajo y en doble turno.
Américo incluso pudo ser periodista. De hecho, cubrió las elecciones de 1964, pero el sueldo por aquel entonces resultaba mucho más bajo que el de un linotipista.
Hoy, abocado en las líneas para unas invitaciones, al mando de una linotipo modelo 8, cuenta que nadie en su familia heredará el oficio que él aprendió de Alfonso Salazar y Francisco Segundo Bolívar. Y lo propio ocurrirá con Florentino. Sin embargo, Américo se siente aún orgulloso de conservar, entre otras reliquias, un ejemplar del diario La Razón del año 1948. "Estas máquinas revolucionaron realmente la prensa gráfica", dice.
Razón no le falta, pues dentro de su sección existen tesoros como la historia de la universidad, todo un libro, en lingotes de plomo.
Por otro lado, Américo también recuerda anécdotas relacionadas con la linotipia. Y, en especial, destaca una de 1974, cuando en La Voz del Pueblo al dibujante se le ocurrió caricaturizar a los militares. Ni bien salieron, los diarios fueron secuestrados y los periodistas, detenidos. "El periódico estuvo cerrado un mes, y sólo se abrió porque el dueño, Roberto Zapata de la Barra, era ministro de la Presidencia de Hugo Banzer", cuenta.
Ahora, "aunque trabajo nunca falta, sí escasean los linotipistas".
La linotipia en acción Simultáneamente, el "solitario" en su imprenta y el "memorioso" en la UMSA, teclean como en una máquina de escribir y las letras, divididas en tres sectores y colores, se acomodan solas, por obra y gracia de las veteranas Mergenthaler.
Gracias a sincronizados movimientos, las letras suben, bajan y se desplazan hacia los costados, movidas por brazos semioxidados para, finalmente, acabar sumergidas en el plomo y concretarse en líneas completas de frases y moldes perfectos.
Con sorprendente precisión, tomando en cuenta la antigüedad del invento, una vez que se teclean las letras, éstas se funden y las máquinas las regresan a sus respectivos lugares. Lo hacen con una rapidez extrema. Al respecto, Florentino y Américo coinciden en que en los tiempos en que se imprimían los periódicos con linotipos se contabilizaban hasta 15 líneas por minuto.
Por otro lado, sin una buena ortografía, ninguno de estos linotipistas hubiese aguantado tantos años en el oficio. Hoy en día, pese a la competencia de las off set y sus múltiples colores, en estas máquinas se componen todavía textos para tesis, para calendarios, tarjetas de visita, invitaciones, facturas, bípticos, trípticos, valores, folletos, libros, revistas, comunicados, etc.
Asimismo, a falta de técnicos especializados, los dos deben ocuparse del mantenimiento y el arreglo de estas intrincadas máquinas.
Es la cruz de Florentino y Américo, compañeros antaño en distintos trabajos y ahora colegas en la distancia. Y es que, con los ojos fundidos en la nostalgia, siguen compartiendo aún el gusto por el oficio, con los dedos firmes en la linotipia.