Su tremenda humanidad se pasea olvidada por los centros donde se les acoge, se les quiere, se les cuida y se les escucha. Mientras tanto, una ley que debería servirles de ayuda descansa en el Congreso desde hace 30 años. Y ellos sobreviven, a veces, con apenas cinco bolivianos al día.
Óscar Díaz Arnau • Fotos: Ángel Illanes
Una pared habla: "Tenemos derecho a vivir con dignidad y seguridad". Y otra ordena: "Días de baño corporal", detallando la lista de internas con su respectivo calendario semanal de aseo. Hace frío, y el lugar tiene trazos de humedad.
¿Cuántas veces hemos elogiado a la cultura oriental, que venera al anciano sólo por la sabiduría que le dan los años? ¿Y cuántas otras nos quedamos de brazos cruzados, sabiendo que el tiempo pasa y nuestros ancianos, los de occidente, los bolivianos, mueren aislados, desechados, a veces, por la sociedad?
Lunes, 12.50 horas. Tañe la campana desde el segundo piso, señal de que llegó el momento del almuerzo. Una a una, las ancianas recorren el camino que les llevará hasta la sopita. Unas cuantas se acomodan en el comedor para internas, destinado a las que viven justamente en el asilo Quevedo. El resto, beneficiadas con la comida y asistencia biosicosocial, se quedan en el destinado a las externas.
Suena la escalera —a pesar de que un asilo no debería tener ni doble piso ni escalera— y una viejita desciende con la dificultad que le imponen sus años en las piernas.
Recibe la ayuda de una de las "educadoras", así les llaman a las dos encargadas de colaborar a las abuelas en todas sus necesidades. Nueve de las 17 internas no pueden movilizarse y algunas lo hacen con mucha dificultad, por el obstáculo de las gradas. Pero con su cariño las trabajadoras lo suplen todo.
"Las mujeres tienen más conflictos que los hombres", explica la enfermera Nery González, que colabora tanto en el hogar Quevedo como en el centro de día Rosaura Campos, institución también a cargo de la Prefectura, pero que alberga a adultos mayores varones.
La enfermera le presta especial atención a su "mamita Andrea", una altiplánica de 88 años que está sola en el mundo. "Es una santa, le quiero harto, no le visita nadie", dice delante de ella, que casi no escucha y tiene la mirada perdida.
Las ancianas reciben terapia física y musical y hacen manualidades, fundamentalmente tejido, pero el presupuesto no alcanza para implementar más actividades.
Pese a reconocer la inapropiada infraestructura, la orureña Betzabé Salgueiro está contenta en el Quevedo. Ella es una mujer de la que fluye lucidez; salvo el detalle de su edad, que se le escapó de la memoria, habla con naturalidad y escucha nítidamente. Nunca tuvo hijos, pero sí esposo, quien según sus recuerdos desapareció. "Dónde estará?", dice.
Betzabé destaca la buena atención en el asilo, cuyos empleados estudiaron para reinsertar a los ancianos en la sociedad, lo que se les niega por la ineficiencia estatal.
Teodora Parra (84) lleva casi 17 años en el asilo. Evangelista desde 1962, se hinca y eleva las manos al cielo para abrazarse con Dios: "Papito", le dice cerrando los ojos, y comienza a hablar en lenguas, como tocada por el Espíritu Santo.
Teodora integra el grupo de las internas, que son el 60 por ciento de las habituales del Quevedo y apenas reciben la visita de sus familiares. En cambio, en el centro de día los ancianos hacen vida parte de la jornada junto a sus familias.
Un drama tras cada historia
"Detrás de cada anciana hay una historia, un drama...", sentencia el geriatra del asilo, Edgar Chuquimia, que siempre las visita, una a una, en sus cuartos. Arminda Avilés, que justo ahora recibe sus atenciones, nació en Padilla, Chuquisaca, en 1912. Está sentada en la cama, abraza una muñeca que le acompaña desde niña y escucha música clásica en la radio. Como casi todas, padece desde hace tiempo artrosis. Desde una pared, Juan Pablo I cuida sus sueños.
Llega una amiga. Es Berta Antequera, otra interna. Ella siempre combina su vestimenta. Hoy, como de costumbre, está impecable. Fue operada de cataratas y le visitan poco. "Tienen vergüenza", lamenta.
La ronda médica continúa en el cuarto de Catalina Bernal, que a sus 87 años sufre de dolores en la rodilla y la cadera. Hace cinco años caminaba sola hasta la plaza Murillo y daba de comer a las palomas. Hoy está sentada en una silla, decaída, casi no se mueve, como Delia Lara (92), que desde un sillón le pide al médico que le opere. "Me duele la pierna", se queja mirándolo con intensos ojos verdes.
Liboria Ordóñez (87), sucrense, se cayó y tiene fracturado el brazo. Y, ante una pregunta sobre su familia, su respuesta es contundente. "Nos botan como si fuéramos estorbo". Le alcanzan hojas de coca. "Si no le damos un día, se muere", dice una enfermera, que recuerda con suspiros cómo "las viejitas entraron jóvenes" al asilo.
Mientras, en uno de los patios, Bonifacia —que padece Parkinson— está sentada junto a Dominga. Ambas buscan un poco de sol.
El frío en la caja de agua
El frío se mete en los huesos descalcificados de las internas. Ellas, como nadie, sienten los efectos de "la caja de agua", como se conocía a la zona donde está ubicado el asilo, porque abajo corría el agua de un antiguo lago. En estas circunstancias, no les queda otra que abrigarse en las mañanas y sentarse a la espera del almuerzo. Unas lo hacen en la vereda, otras dentro del asilo y varias más en los pasillos.
Según el geriatra, cada anciana suele tener al menos tres dolencias. Así, necesitan de una constante rehabilitación física e intelectual. Como a los niños, hay que ejercitarlas.
"En las próximas décadas aumentará el número de adultos mayores, ya ha advertido la Comisión Económica para América Latina. Se debería tomar en cuenta esta realidad y no pensar sólo en el presente. Algún día todos seremos ancianos", analiza Chuquimia.
Atención sólo de día
El Estado atiende los asilos bajo un esquema obsoleto. Ante esto, según el geriatra, la modernización depende de la proliferación o no de los "centros de día" (una especie de guarderías) y las "residencias" —no asilos— para reincorporar al anciano a la familia y poder reinsertarlo de esta forma a la sociedad. Por lo pronto, en La Paz funciona el Rosaura Campos.
Quejas, achaques, dolores, llanto, sufrimiento, abandono... todo lo que vemos actualmente en los asilos del país forma parte del "envejecimiento usual", intenta explicar el profesional. En contraposición está el "envejecimiento exitoso", moderna concepción que toma muy en cuenta la involución natural del anciano, pero que trata de desterrar los conflictos que afectan a su estabilidad.
En el Rosaura Campos, el mediodía reúne a hombres mayores de 60 años alrededor de la mesa. Antes, todos comparten una amena charla en el jardín, mientras van llegando los 15 "externos". De éstos, unos trabajan, como Mario Angulo (72), que repara artefactos eléctricos y cada mañana espera a sus clientes en la calle Comercio. Otros no, son jubilados, como Jorge (76), que vive solo y ya dejó entre los recuerdos su labor de mecánico automotriz. También está el tranquilo Ricardo Kenke, que escucha atento a todos desde la esquina del banco.
Pero si alguien ríe todo el tiempo, ése es Germán Romero, ex campeón de boxeo de La Paz en peso mosca. Este viejo pupilo del recordado Manuel Chino Guerra, trotó por los cuadriláteros durante 11 años. Hoy tiene 75 y no ha perdido las mañas: entrena las poses de su deporte como si aún tuviese calzados los guantes, fija la vista al frente, esconde hábilmente la cabeza detrás de los puños y no baja nunca la guardia.
En pleno ejercicio pugilístico aparece la directora del centro de día, Betzi Luna, quien le recuerda su afición por la repostería; y es que Romero prepara también panes.
Derrochan simpatía. Este lugar los mantiene ocupados, sin perder el objetivo de fortalecer la relación familia-abuelo. Lamentablemente, casi todos los internos son indigentes y, al margen de faltarles el afecto de algún allegado, están indocumentados, con tal motivo no pueden gozar de sus derechos, como el seguro de vejez o el Bonosol.
Una ley es necesaria
Abandono, extravío y maltrato derivan en estrés, conflictos, alteraciones disfuncionales fisiológicas y sicológicas… pero hace 30 años que el proyecto de una ley para el adulto mayor duerme en el Congreso. Ni siquiera tras los últimos diálogos, con la mediación del Defensor del Pueblo, se concilió a los poderes Ejecutivo y Legislativo.
Mientras tanto, el Gobierno otorga apenas cinco bolivianos diarios a cada viejito en los asilos.
Los ancianos deberían ser el pivote de la sociedad, transmisores de sabiduría. Pero hoy en día se han invertido los valores y la sociedad ha decidido que los ancianos sean encajonados en el escritorio de los "pasivos". Así, muchos viejitos cuyas familias se desentendieron han sido condenados a vivir sin motivación, pendientes de la campana que les anuncia la hora del almuerzo y de dormirse para esperar lo que Dios quiera para ellos al día siguiente.