No perder de vista el TLC En un futuro a mediano o largo plazo las ventajas arancelarias, en general, desaparecerán y los mercados quedarán librados a sus propias posibilidades. Ahí se impondrán la productividad y la competitividad de cada país.
El anuncio de la designación de un embajador en Washington, que, entre sus tareas, tendría que encargarse del ingreso de Bolivia al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, hace propicia esta oportunidad para reiterar, una vez más, la necesidad de que nuestro país no se quede al margen de ese gran mercado.
Durante mucho tiempo Bolivia ha sido mera observadora de las negociaciones que llevaron conjuntamente con EEUU, tres de nuestros socios de la Comunidad Andina de Naciones: Perú, Colombia y Ecuador. Pero Bolivia no ingresó en la etapa de negociación, por cuestiones que no se aclararon oportunamente, y por otras que, forzosamente, estamos obligados a presumir de manera responsable.
En el caso de las presunciones —por supuesto que con fundamentos— están que si el TLC va a ser favorable para todas las regiones nacionales o si sólo favorecerá a algunas zonas concretas. Y el hecho es que, haciendo un balance, puede que el TLC favorezca más al occidente boliviano, pero eso de ninguna manera provocaría que el país desista de participar de una globalización en la que están sumadas todas las naciones del área americana, con excepción de Venezuela, que se ha mostrado abiertamente contraria.
El Tratado de Libre Comercio con Norteamérica significaría para Bolivia empleo y exportaciones importantes en rubros como la manufactura en general: textiles, joyas, madera, etc. La manufactura es, esencialmente, mano de obra, es decir empleo. No existe una cifra exacta de empleos que se han creado en La Paz y El Alto con la APTDEA que estará vigente hasta diciembre de este año, pero los cálculos dicen que se crearon miles de puestos de trabajo. Esto para una región tan deprimida es inmenso. Pero, además, están los ingresos en divisas por exportaciones, que son realmente considerables.
Ahora bien, en el oriente del país —Santa Cruz esencialmente— se ha dicho que el TLC podría ser perjudicial, por el hecho de que se abrirían mercados para la soya norteamericana, lo que dejaría a nuestra soya fuera de competencia. Pero esa aseveración no es tan cierta, ya que los principales competidores de la soya cruceña están en el Mercosur, porque países de la Comunidad Andina de Naciones —de la que Bolivia es miembro— están abriendo pulatinamente sus mercados a la producción soyera de Brasil, Argentina y Paraguay, que son grandes productores. Entonces, el peligro real está ahí, y no en que Estados Unidos, con un acuerdo bilateral, le esté vendiendo soya a Venezuela.
El tema de fondo es que en un futuro a mediano o largo plazo las ventajas arancelarias, en general, desaparecerán, y que los mercados quedarán librados a sus propias posibilidades. Ahí se impondrán la productividad (eficiencia y rendimiento empresarial) y la competitividad (infraestructura vial, líneas de financiamiento, investigación y desarrollo tecnológico) de cada país. De eso han hecho plena conciencia los empresarios bolivianos y todos son conscientes de que habrá que enfrentarse a una lucha ardua en un mundo cada vez más globalizado.
Por lo tanto, el TLC será absolutamente necesario y Bolivia deberá hacer todos los esfuerzos posibles para incorporarse a este inmenso mercado que todavía ofrece oportunidades.