Municipio modelo, este rincón del altiplano orureño es un gran desconocido para el turismo. Sin embargo, sus encantos van desde pinturas rupestres a aguas termales e increíbles iglesias.
Óscar Díaz Arnau • Fotos: Pedro Laguna
Muchos piensan que Curahuara es lejos. Eso dice, al menos, la gente del lugar, un enclave rico en formaciones geomorfológicas, muestras arqueológicas e historia. Tanto tesoro congregado en unos cuantos kilómetros de altiplano, sin embargo, no está siendo aprovechado, como se debería, para fomentar el turismo, la ciencia y el deporte, pese a la corta distancia desde la ciudad de La Paz y a las favorables condiciones de acceso vial.
El pueblo de Curahuara de Carangas, patrimonio histórico y cultural del altiplano boliviano, se erige a 3.898 metros sobre el nivel del mar, en la provincia Sajama del departamento de Oruro, con atractivos naturales sumamente vistosos.
La historia dice que aquí se confinaba a los falangistas en la época de la revolución de 1952. Pero de estos acontecimientos apenas queda ya el vago recuerdo de los hijos y los nietos de quienes vivieron esa experiencia. Y casi ni siquiera eso.
Hoy, el pueblo está casi vacío, y es que en esta época los jóvenes se suelen lanzar a la aventura de conseguir unos pesos en Arica, trabajando en la agricultura o en lo que el destino les depare, pero sólo hasta que el colegio los reclama en un nuevo año.
´Muchos se van a pie, tardan entre tres y cuatro días´, comenta Felisa Nina, una muchacha que espera conocer pronto aquella ciudad chilena, símbolo de la prosperidad para ella. Mientras, a la espera de su padre, resguarda con celo el portal de la capilla de Santiago de Curahuara, una maravillosa obra de la arquitectura de hace cinco siglos que, por sus pinturas murales, es conocida popularmente como ´la Sixtina del Altiplano´.
Felisa, a su vez, cuenta con el amparo del patrono del pueblo, Santiago de Curahuara de Carangas. También, con la compañía de su alpaca, un animal espigado, de lana blanquísima y ojos celestes, que arranca con suaves mordiscos el escaso pasto del patio de entrada.
Condiciones extremas Contagiado del clima inestable de La Paz, en este poblado orureño llueve cinco minutos y, de repente, asoma caprichoso el sol. Precisamente, mientras se desarrolla la conversación con Felisa, es el turno de una persistente llovizna, con la que parece gozar la alpaca, todavía no bautizada por la comunaria.
Ideal para atraer la atención de los turistas es la alpaca, aunque ´algo jetona (renegona)´, asegura el padre de la joven, Hilarión Nina, para diferenciar a esta especie de camélidos de su pariente cercana, la llama.
Los visitantes, asimismo, llegan normalmente con la ilusión de conocer las expresiones pictóricas del interior de la capilla, cuyos murales no dejan un espacio libre sin que los tonos ocres representen los estremecedores pasajes de la Biblia.
Pero últimamente ni siquiera el valor supremo de esta capilla, considerada por la arquitecta e historiadora Teresa Gisbert entre los 14 monumentos más significativos de la época virreinal, logra captar la llegada de turistas a Curahuara. Se ven algunos los fines de semana, puesto que la mayoría aprovecha la facilidad de la carretera asfaltada que conecta La Paz, Oruro y Arica, pero casi todos pasan de largo para dirigirse a Sajama, donde el parque del mismo nombre conquista por su belleza a decenas de viajeros nacionales y extranjeros.
En Curahuara de Carangas, entre tanto, faltan hostales, pese a la reciente inauguración de uno muy cómodo, el ´Kori Wara´ (voz aymara que significa ´bastón de oro´, de donde viene el nombre del pueblo).
Tampoco es un secreto que en todo el altiplano reina el frío, intenso como el sol que tuesta, pero no calienta las mejillas atezadas de la gente. Hoy, sin embargo, ´hace calor´, dice doña Carmen, vendedora de una tienda de abarrotes, la única que se divisa cerca de la plaza.
En pleno verano, la temperatura debe rondar por los quince grados y resulta muy agradable para los curahuareños, acostumbrados a temperaturas extremas de incluso hasta 12 grados bajo cero.
Mágicos rincones Con todo, las dificultades no deberían impedir el arribo de visitantes, que se pierden al no ir verdaderas joyas de la naturaleza, como la zona de Calachua, donde las formaciones rocosas son semejantes a pequeñas ciudades de piedra, o las pinturas rupestres precolombinas de Uma Phusa, que muestran dibujos de camélidos y actividades humanas de la época.
Los farallones, a veces, suelen entregarse a las manos y pies de esporádicos apasionados del andinismo, que, sobrellevando el peligro extremo, pero impulsados por su adrenalina, se descuelgan con sogas desde lo más alto de las rocas hasta tocar suelo firme. Este lugar reúne unas condiciones inmejorables para la práctica de ese deporte. Pero, salvo cuando se celebró un concurso mundial de andinistas en la década del 90, el lugar no ha sido bien aprovechado. Así, en la actualidad, únicamente es utilizado por los militares del batallón de infantería ´Tocopilla´. Aunque, según se cuenta, ni siquiera por los mismos soldados, sino por los instructores capacitados.
En uno de los pasadizos de este laberinto rocoso también hay espacio para la religiosidad, y un canal trae agua bendita de la Virgen de Calachua, agua constante que brota de una piedra. Armando Padilla, oficial mayor administrativo de la Alcaldía de Curahuara, comenta que, según la creencia popular, ´quien toma de este líquido, vuelve al lugar´. Entonces, como si uno quisiera adherirse para siempre a este paraje, bebe un buen sorbo en espera de que la promesa de retornar se cumpla.
A menos de diez minutos de Calachua —lugar cercano también a Curahuara— en vehículo, se advierten igualmente pinturas rupestres; y hay algunas más un poco más lejos de allí. Graciosamente, están en medio de un depósito de forraje, todo de piedra y con forma de pileta, que los campesinos mantienen lejos de un puñado de vacas.
Por otro lado, diseminados por toda la altiplanicie de los alrededores surgen, erguidos, los chullpares, donde los incas enterraban a sus antepasados. ´Hasta nuestros días, perdura la creencia de que nadie debe acercarse a estos monumentos, por temor a enfermarse´, revela el antropólogo Juan Carlos García, que hace de guía en representación de la municipalidad de Curahuara de Carangas.
Hay varios, ubicados a una corta distancia entre uno y otro, en la comunidad de Patohoco, cinco kilómetros antes de llegar a Curahuara. Todos están vigilados por un gigante, el cerro Monterani, que con su forma como de sombrero se erige a orillas del camino.
´Cuentan que era un volcán y que allí había oro´, relata Felisa Nina absorta todavía por el misterio de aquella mole de tierra. Las autoridades originarias aymaras, por su parte, realizan ceremonias rituales en el cerro. Así, por ejemplo, antes de la fiesta del carnaval, ´piden permiso para el festejo´, explica la joven con naturalidad.
Entre los atractivos del pueblo también se alza la iglesia de Santa Bárbara, de piedra y adobe, con una antigüedad imprecisa y hoy abandonada, pero una obra preciosa para admirar desde afuera. A diferencia de la ´Sixtina´ altiplánica, no guarda pinturas en su interior.
Municipio modelo Minibuses de Trans Sajama parten todos los días de la Ceja de El Alto, en un viaje directo, a Curahuara de Carangas. El costo del pasaje es de apenas 15 bolivianos. Y el objetivo del pueblo, cotidianamente, es el de atraer más turismo.
Actualmente, con este fin, se están identificando atractivos potenciales y se está evaluando la futura participación de los comunarios, desglosa García, quien trabaja ahora en un plan maestro de turismo. A su favor, la población ostenta el título de ´municipio modelo´ de Bolivia, por la estrecha relación lograda entre autoridades originarias y gobierno local.
Amén de las ocupaciones del Comité de Vigilancia, los originarios se ocupan de controlar con celo al gobierno municipal. El alcalde tiene la obligación de informar al pueblo, cada 15 días, de las actividades que impulsa desde su oficina. Así, toda la población se reúne dos veces al mes. En dichos encuentros, en el centro de la testera se ubican los dos mallkus: Uno de Aransaya y el otro de Urinsaya, quedando el alcalde a uno de los costados, cuenta el antropólogo García. En Curahuara hay 13 ayllus, divididos entre Aransaya y Urinsaya.
De acuerdo con el censo del año 2001, esta sección municipal cuenta con una población de 5.278 habitantes y, como en gran parte de las regiones del interior del departamento de La Paz, se necesita un hospital de segundo nivel o, al menos, de uno que tenga capacidad suficiente para atender algunos de los casos de emergencia.
En miras a un mayor desarrollo, mientras, uno de los proyectos centrales de Curahuara es el plan maestro de camélidos, que busca beneficiar fundamentalmente a los ganaderos. Y, entre varias ideas, destaca la de mejorar la raza de los camélidos en los próximos 10 a 15 años, así como la de abrir un matadero de segundo nivel con certificación internacional para exportar carne de camélido.
Una vasta explanada, por su parte, abraza al pueblo. Se trata de tierras comunitarias de origen que pocos agricultores pueden aprovechar por la aridez de los campos. La escasa producción agrícola —papa, quinua, lechuga, acelga, repollo y zanahoria— es generalmente para consumo familiar y depende de carpas solares.
La gente, mayormente, se abastece de productos cada 15 días en una feria que se instala en el pueblo. Pero hasta que llega el día, Curahuara pareciera que duerme un sueño profundo, pues en el lugar prima el silencio y, con él, la paz.
Una radio para el pueblo Los últimos días, pese al clima permanente de tranquilidad, se ha revolucionado un tanto el pueblo, pues acaba de inaugurarse una radio FM (99.3), que tiene un alcance de 20 kilómetros a la redonda.
Y la Alcaldía no para. Su próximo objetivo es contar con una radio AM, para llegar a todo el municipio. De esa forma, mediante la llave de la comunicación, se integra a la gente de zonas alejadas.
También desde la municipalidad, ahora comandada por el alcalde Rómulo Alconz, que ganó las últimas elecciones locales con una agrupación ciudadana, está proyectado construir un monumento a la llama con dimensiones similares al Cristo de la Concordia cochabambino. Asimismo, para continuar en la senda de la unidad con los ayllus, se quiere levantar un coliseo cerrado, pero con un estilo puramente originario.
Dada la actualidad de Curahuara de Carangas, cabe preguntarse, sin embargo, quiénes disfrutarán de la prosperidad soñada gracias al trabajo y el esfuerzo conjunto de las autoridades y los comunarios.
Hoy, los adolescentes de 15 a 17 años se van a Chile, en tanto que los jóvenes de 25 a 30 prefieren viajar e instalarse en la Argentina.
´Allá cobran mejor que aquí, entre 800 a 1.000 bolivianos al mes´, corrobora Hilarión Nina.
Hoy, cuando uno recorre el pueblo, se encuentra así con calles semivacías. Apenas un par de soldaditos ocupan la plaza central y la población sobrevive como bien puede de los recursos generados por la llama y por la alpaca.
Con semejante panorama, ojalá no se esté sembrando en tierra infértil y que los aires renovados del país se impongan también con cambios suficientes en Curahuara.