La música, el alba, los conjuntos y un chileno en el Carnaval de Oruro 30.000 bailarines se exhibieron en Oruro ante más de 500.000 personas en una jornada que dio para ver de todo. El punto culminante se vivió durante la madrugada, cuando en la plaza del Socavón las bandas resumieron los latidos de la fiesta.
El resto de los músicos se reflejaba en su saxofón como si fueran esperpentos, como figuras deformadas debido a las curvas plateadas, casi de mujer, de su instrumento. Las sombras, dibujadas por un sol con la fuerza de tres gigantes, marcaban en el asfalto el compás de los cuerpos en movimiento al son de las tonadas. El rostro de Víctor Hugo Sepúlveda, el dueño del saxo, destacaba en las alturas, pues sacaba a los demás por lo menos cabeza y media. Eran las 8.30. Y la Morenada Central comenzaba su entrada en el Carnaval de Oruro.
Tras los disfraces de 20 kilos de los morenos y el eco constante de las matracas con forma de quirquincho, caminaba la banda Continental, que con más de 100 miembros era una de las más numerosas de una fiesta que es reconocida como Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
A pasos cortos y atrapados en trajes color crema, los músicos avanzaban lentamente camino al centro de la urbe. A ratos, algunos dejaban de tocar y elevaban sus instrumentos al cielo, siguiendo el ritmo con giros a izquierda y a derecha. Otros inyectaban en sus bombos toda su energía. Si la música era el verdadero alma de la fiesta, los golpes secos que se ahogaban, de a poco, en los bombos eran su latido.
La comitiva la encabezaba Carlos del Gran Poder, de nueve años, quien toca los platillos en el Carnaval desde los cinco. Él era el más bajito. Unas filas más atrás estaba su padre, el más grandote, Víctor Hugo. “Yo fui el primer extranjero y el primer blanco en tocar en el Carnaval de Oruro. También, el primer chileno”, reconocía mientras rememoraba su primer carnaval, en 1981, hace 25 años. “Con mala suerte, llegué justamente en el aniversario de la usurpación chilena. Nadie me quería dar alojamiento”. Solucionado el problema, el día del Carnaval Víctor Hugo se plantó a las 8.00 en el comienzo de la entrada, pero no conseguía banda. Finalmente, mientras comía un almuerzo de dos pesos en la acera, un tipo le ofreció trabajo. “Toqué”. Y ahora disfruta tanto cada año que no le importa que le digan “soplador de latas”.
Entre humos con los colores del arco iris y olor a pólvora, mucho antes que los morenos mencionados, la Auténtica Diablada Oruro —uno de los dos grupos centenarios del Carnaval— había sido la encargada de abrir camino. Los ojos encendidos de los diablos pusieron la brasa necesaria para encender las gradas, y la gente no tardó en acompañarles con gritos, bailes y batiendo palmas. A su vera, toda una corte de cóndores, ángeles y jucumaris acompañaron los enloquecidos y eléctricos saltos de la danza, que representa la derrota de los siete pecados capitales.
El sábado, “cansancio” era una palabra que no existía entre los más de 30.000 bailarines que cumplían sus promesas integrando, entre otros, grupos de tinkus, suri sicuris, potolos, pujllays, incas y negritos. Durante las cuatro horas largas del recorrido —tres kilómetros entre el sector noreste de la ciudad y el Santuario de la Virgen del Socavón—, nadie se quejaba. Y las gotas de sudor molestaban menos gracias a la mojazón, los tragos de cerveza y, en el caso de Carlos del Gran Poder, a las galletas de chocolate. El sudor nadie se lo secaba, pues en el Carnaval de Oruro los signos de debilidad están prohibidos.
Entretanto, según se avanzaba hacia el corazón de la ciudad, las calles se estrechaban juntando aún más a los danzantes y haciendo más vistosas las lentejuelas de los trajes.
Fue el momento de las féminas, sobre todo de las caporales, que con sus trajes mínimos lanzaban como redes sus sonrisas.
Pero la verdadera fiesta comenzó pasadas las 16.00 horas, cuando la Virgen del Socavón —“la dueña de la casa”, como le llaman los propios músicos y bailarines— no dejaba de recibir conjuntos. Allá, entre la música marcial de tubas y trombones y una luz tenue de tonalidades caramelo, iban pasando uno a uno de rodillas, agradeciendo a la Virgen por las gracias concedidas y pidiéndole prosperidad para el futuro. Observándoles, Ángel Cussit, un joven fraile argentino con barba de dos días y lentes, no dejaba de sorprenderse. “No había visto nada igual”. Dentro, la fe profunda y la creencia religiosa. Fuera, los derroches de color, la fiesta pagana y la “música del pecado”.
Más abajo, la avenida Cívica era el lugar ideal para exhibirse. Una nube de sonido envolvía a cada fraternidad y, con las gradas llenas, salieron a relucir piruetas imposibles y los mejores pasos. Por momentos, daba la sensación de que el “folklódromo” de Oruro podría opacar al mismísimo “sambódromo” de Río de Janeiro.
Quizá fue así, con los incas entrando como un río color púrpura, los pasos pesados como losas de los morenos, las pieles curtidas y las plumas vistosas de los tobas —aunque suponen un auténtico atentado a la biodiversidad—, los movimientos como de avestruz de los suri sicuris o las pipas enormes de los negritos.
Mientras, al estruendo de los petardos, respondía “Cohetillo”, un divertido perro callejero que parecía perseguir cada estallido.
Con cara de pocos amigos, sin embargo, sus colegas, los perros policía, amedrentaron a cualquiera que se les puso por delante. Y es que 2.300 efectivos policiales se encargaron de imponer el orden para garantizar el buen hacer de los conjuntos. Este año cumplieron su tarea bastante bien, pues ya desde tempranas horas de la mañana acompañaron a las flotas que viajaban desde La Paz, para evitar excesos.
Aunque algunos también se dieron tiempo para meterle sus cervezas, y más de un uniformado fue visto muy cerca del Socavón en una taberna clandestina.
Con la caída del sol, los últimos lamentos de la tarde en forma, sobre todo de morenadas, tinkus y caporales, dieron forma a algunos de los instantes más intensos del Carnaval de Oruro, en unas horas, ya con varios grados más de alcohol encima, en las que los trajes ya no pesaban tanto y el agua tampoco mojaba tanto.
Uno de ellos lo protagonizaron los integrantes de San Simón, que hicieron vibrar al público con sus gigantescos cascabeles temblando todos al mismo tiempo, sus brincos como intentando tocar un pedacito de cielo y sus mujeres, con piernas de alambre sumidas en interminables botas.
El espectáculo, además, fue doble, pues la banda Continental, para muchos la más elegante del festejo, repitió entrada con ellos.
A estas alturas, Víctor Hugo estaba pletórico, saludando a diestra y siniestra, levantándose el sombrero y dejando entrever alguna isla sin pelo entre los bucles salpicados por al menos tres tonalidades de blancos y grises.
Atrás quedó la época en que le decían “roba mares”. Y hoy es uno de los personajes más queridos del Carnaval, que se ha ganado el cariño de todo el mundo con iniciativas a veces locas y poco exitosas como la de intentar instalar una pescadería en Oruro, y a quien obligan incluso a beber sorbos de whisky en vaso de plata.
En el dolor del baile, entretanto, todos eran iguales: gordos y flacos, altos y bajos. Y no había ni una mujer, jamás la ha habido, que se viera fea durante estos festejos.
Camino hacia la amanecida, sin embargo, el Carnaval cambió de careta. Así, con la madrugada, las calles las comenzaron a poblar almas en pena, los borrachos se hicieron con los graderías de la plaza y desapareció la Policía.
Y, aprovechando cierta impunidad, las riñas se hicieron presentes con una cierta frecuencia. Al amparo de rincones en penumbra, también se produjeron hurtos.
Pero no tardó en acercarse el alba. Entonces, los músicos, esparcidos por toda la ciudad, como reguero de pólvora indicaban el camino con su andar cansino, pues no podían permitirse el cierre de todo un día tremendo de Carnaval, después de las fiestas de las fraternidades, sin membretarlo con un final de lujo en las gradas de la iglesia, armados de su música, ante cientos de personas.
A las 5.00, en la plaza del Socavón no cabía ni una aguja. Los trombones, las trompetas y demás familia instrumental empalmaban una tonada tras otra, y la gente les acompañaba con improvisados y desordenados bailes.
Un rato más tarde, la ciudad, que por un día se olvidó de sus tonos fríos, se vio sorprendida por luces, rosadas y violetas. En el santuario leían misa y afuera, como hormigas en busca de su hormiguero, los músicos trataban de pasar entre la muchedumbre. Era la puntilla perfecta para una jornada que comenzó con música e inevitablemente terminó con música.
“Yo fui el primer blanco, el primer extranjero y el primer chileno en tocar en una banda”, dijo Víctor Hugo Sepúlveda, de la Continental.
Cohetillo, un perro callejero, se desvivía por perseguir los petardos y el olor a pólvora que acompañaban los festejos en la Cívica.