Las exageradas expectativas frecuentemente son causa de desencanto. Esto se muestra con mayor claridad en la política. Se pasa, con pasmosa rapidez, del entusiasmo desbordante que da un triunfo electoral, a la frustración. Es, entonces, cuando se comienza realmente a percibir que el mero cambio, que el discurso político electoral y que los anuncios demagógicos, no son suficientes para resolver los problemas de un país y emprender la senda del progreso. Y así comienzan las improvisaciones y hasta el avasallamiento.
No hay duda: el resultado electoral de diciembre pasado es una prueba del rechazo generalizado de los bolivianos a los partidos, a las promesas que siempre se incumplieron y a los planes económicos —nunca ejecutados—, presentados con sonoros títulos que sugerían días de felicidad y de bienestar. Se quería, además, el cambio de personajes y actitudes. Así se fue formando una corriente de opinión adversa a lo conocido y que buscaba, en lo nuevo, la solución a los problemas nacionales que, ciertamente, son muchos. No se trató, en verdad, de una confrontación ideológica o doctrinal, ni siquiera se propusieron planes coherentes de sustitución de lo que existía. Se quiso simplemente un cambio y forjar una nueva esperanza.
No se dice nada nuevo cuando se afirma que el mayor desafío, tan antiguo como la propia República, es reducir la pobreza extrema que aflige a tantos bolivianos. Y esto estuvo, y seguramente estará en los programas de gobierno, en las propuestas políticas y, hay que reconocerlo, en el propósito —muchas veces sincero pero no siempre responsable— de afrontar este dramático mal de nuestra sociedad.
No es que Bolivia carezca de recursos naturales para comenzar con éxito un camino que se oriente a elevar los índices de bienestar. Lo que nos está carcomiendo es la constante lucha fraticida que se alimenta desde diversos sectores. Es, en definitiva, la improvisación que se manifiesta en el propósito recurrente de destruir todo lo anterior, ofreciendo lo bueno dudoso y sin contenido práctico.
No se contribuirá a la unidad y la solidaridad de los bolivianos, con propuestas que ya han caído en el ridículo, como la de cambiar los símbolos patrios, el nombre de la República y tantas otras cosas que no nos harán ni más ricos ni más dignos. La única dignidad que debemos esperar es la que brinda el trabajo y, al fin, el respeto mutuo y convergente, entre la mayoría —siempre circunstancial— y las minorías.
Triunfalismo y soberbia son elementos disociadores. Hacen que no se mire el futuro con serenidad. Son parte de los propósitos de perpetuación en el poder y de dominación, porque —dizque— se representa a los más, y los menos deben someterse a cualquier designio por absurdo y peligroso que sea. Y cuando no se consigue con el simple populismo estridente mejorar realmente las condiciones de vida, cuando se incrementa la desconfianza, cuando falta claridad, cuando hay amenazas y tozudez, cuando las acusaciones son públicas sin prueba alguna y cuando se pierde la convicción de que la alternabilidad es un elemento básico de la democracia, ciertamente estamos estancados o en retroceso. Y así hay el peligro de seguir siendo uno de los más pobres del continente.
*Marcelo Ostria es abogado y diplomático.
El camino del café (3)
En el 2002, publiqué una columna sobre el café boliviano, producto al que dediqué cinco años de mi vida. Mis lectores me recuerdan más por ésta, que por todas las demás. Ahora, todos hemos visto en la prensa los resultados de las últimas subastas de “Café Especial” boliviano
Autonomía
El planteamiento de representantes cívicos y políticos de Santa Cruz respecto de la “vinculatoriedad” departamental del referéndum autonómico es absolutamente justo, legítimo y técnicamente sustentable.
Guita, micos y papás
Siguiendo el rastro de palabras sorprendentes en su libro “Todo en broma: versos de Vital Aza”, habrá que darle el crédito de ser uno de los primeros escritores peninsulares que registraron la palabra “papá”.
Que regrese la cordura
No hay derecho para que unos cuantos lunáticos que se han encaramado sobre los movimientos sociales —cabalgando en los votos del presidente Evo Morales— estén anunciando, con locuacidad de orates, sobre los nuevos tiempos que vivirá la República que, aparentemente