El tiempo de la Cuaresma Cuando el pueblo boliviano está dedicado al recogimiento que impone la Cuaresma, tiene que acabar el fariseísmo, que sólo posterga y destruye, en vez de hacer que estos 40 días sean de la construcción de la paz entre los hombres de buena fe.
Con el Miércoles de Ceniza empezó el tiempo de Cuaresma, que dura 40 días y que culmina con la fiesta de la Pascua, después del sacrificio de Jesús en la cruz. La Cuaresma está asociada a los 40 días que Jesús pasó en el desierto haciendo penitencia, ayuno y privándose de la vida ordinaria.
Tiene también que ver con los 40 días que pasó Moisés en el monte Sinaí, antes de recibir las tablas con los 10 Mandamientos de Dios. Asimismo, se recuerdan los 40 años que el pueblo de Israel pasó en el desierto purificándose, experimentando el hambre y la sed con un Dios cercano, que procuraba lo necesario para encontrar la tierra prometida. Y, por último, se trata de los 40 días del Diluvio Universal que acabaron con la alianza establecidas entre Dios y Noé.
En lo conceptual, la Cuaresma es la ocasión en que el pueblo cristiano se entrega a la reflexión y al encuentro, para ejercer buenas obras y renovarse espiritualmente. O sea que es el tiempo de la conversión del alma, del desarme de las rivalidades y de los enconos, e igualmente de la búsqueda afanosa de la paz interior.
La ocasión de la Cuaresma es propicia para que la familia boliviana retorne a la espiritualidad, a la conciliación y al estrechamiento de la hermandad, más allá de las distancias que pueden crear los intereses y las ideologías.
En esta hora, preñada de muchas incertidumbres y, a la vez, de expectativas, es la oportunidad para que los bolivianos depongan sus diferencias, las que, al final de cuentas, son tan temporales que no resisten al soplo de los vientos eternos que marcan una vida.
La cultura del conflicto tiene que acabar y qué mejor que sea en un tiempo de Cuaresma como el presente, cuando la sensibilidad humana se pone a tono para recibir la gracia de Dios. Es demasiado espacio el recorrido desde la fundación de la República —180 años— y no es posible que los bolivianos siempre estén anclados en el fraccionamiento y la dispersión.
De algo tiene que servirles la experiencia adquirida. El odio y la ira han dejado una profunda huella de atraso y pobreza. Si verazmente existe de por medio la firme voluntad de servicio público, lo mejor que puede hacerse es conciliar las posiciones divergentes. Y, sobre esa base, construir un futuro más venturoso para el sufrido pueblo boliviano.
En estos momentos de recogimiento espiritual, lo mejor que puede hacerse en el país es allanar el camino de las diferencias en el Congreso Nacional, para viabilizar la realización de la Asamblea Constituyente y del Referéndum Autonómico, una vez que se ha llegado a la certeza de que estas demandas realmente reflejan el sentir popular de la población.
Cuando el tiempo apremia, resulta reprochable extender los debates congresales más allá de lo racional. Las posiciones encontradas tienen que ceder ante el respeto que se merece la sociedad, que quiere vivir horas de reconciliación y de paz.
Las energías que se derrochan en tanta pugna deberían ser guardadas para dedicarlas al desarrollo más acelerado del país. Con mayor razón, cuando el pueblo boliviano está dedicado al recogimiento que impone la Cuaresma. Tiene que acabar el fariseísmo, que sólo posterga y destruye, en vez de hacer que estos 40 días sean de la construcción de la paz entre los hombres de buena fe, que tanta falta hace.