El templo de Curahuara de Carangas, en el departamento de Oruro, es uno de los más antiguos de los países sudamericanos.
Óscar Díaz Arnau • Fotos: Pedro Laguna
Un hombre plantado en cada una de las cuatro esquinas del campanario; debieron estar muy borrachos para llegar a culminar semejante vejamen. Sin embargo, se cuenta que antaño se acostumbraba a embriagar a los forasteros para luego enterrarlos vivos, como pilares, bajo la creencia de que así no se caería la torre de la iglesia. Los curahuareños, entonces, como el campanario se venía abajo con frecuencia detrás del templo, decidieron construir otro, al costado, con pilares humanos.
Por supuesto que las columnas humanas no están a la vista, pero impresiona tan sólo imaginarlas. Con todo, son muchas las sorpresas que se esconden en la capilla de Santiago de Curahuara, construida en 1608 por el cura Juan Ortiz Vitasol.
Este templo, uno de los más antiguos de Sudamérica, ha sido declarado “Monumento Nacional” a través de una ley del 17 de noviembre de 1960, y alberga a Santiago de Curahuara de Carangas, patrono del pueblo, que hoy es la capital de la primera sección municipal de la provincia Sajama, perteneciente al departamento de Oruro.
Conocida como la “Sixtina del Altiplano”, el interior de la capilla luce rebosante de arte pictórico, con representaciones de pasajes bíblicos. Por un lado, “El juicio final”; más allá, personas quemándose en el fuego del infierno; y, también, varias resucitando desde sus tumbas.
En otra de las imágenes de la enorme pared que enfrenta al portal, un arcángel, con el demonio al acecho, pesa el pecado en una balanza. Arriba, expectante, un séquito de santos y, al centro, el Creador.
“El que tiene más pecados, va cayendo; el que tiene menos, va subiendo hacia la gloria… y ahí está San Pedro, con su llave, esperando”, interpreta Hilarión Nina, custodio de la iglesia desde hace más de 25 años, siempre ad honórem.
En la misma pared, al lado derecho, una ilustración de “El aro del pecado” resume los siete pecados capitales. En general, en los muros abundan las flores y las aves, además de los apóstoles, santos y mártires, en diferentes tonos de ocre.
“El rojo natural, que representa la sangre, se obtiene gracias a la mezcla con cochinilla. Mientras, el verde sale de la tola”, ilustra Nina.
Las partes terrenal y celestial se encuentran claramente diferenciadas. Y, separado, está el infierno, con una inquietante boca de dragón tragándose a mucha gente. “Hasta un sacerdote está entrando al infierno”, sorprende Nina, al tiempo que señala entre los atormentados a un hombre con barba y aparente cofia.
El sincretismo religioso se plasma en murales con el Sol (“Tata Inti”) y con la Luna (“Mama Paxsi”), endiosados desde la antigüedad por las culturas autóctonas. Y Cristo con los apóstoles es el tema principal de la pintura del presbiterio.
Estas muestras del arte sacro virreinal, expresiones manieristas de “El juicio final”, “El arca de Noé”, “El día de los inocentes”, “El diluvio” y “Los apóstoles”, entre otras, le corresponden al cura gobernador Francisco Ignacio Martínez, que procedía de la ciudad de Lima, y se circunscriben al año 1777, según atestigua un documento presentado por las autoridades municipales de Curahuara de Carangas.
Nina acota que los sacerdotes Baltazar Cachaca y Gonzalo Larama “guiaron” la pintura, un dato que también está documentado. “En el siglo XVII se adoctrinaba a la población a través de los dibujos”.
Entre reliquias y saqueos La pintura mural al fresco data del siglo XVI y es de estilo barroco mestizo. La parte del baptisterio y el coro, donde se entremezclan figuras del Antiguo y el Nuevo Testamento, se completó en el siglo XVIII. Y el artesonado muestra una riqueza de motivos tal que hace entender la denominación popular de la capilla como la “Sixtina del Altiplano”.
Vista desde afuera, ésta tiene formas simples, aunque adornadas por un llamativo techo de paja. Se trata de una enorme estructura de piedra y adobe, con contrafuertes de piedra y una portada sencilla compuesta de dos pilastras y un arco de medio punto que refleja el trazo renacentista del siglo XVII y principios del XVIII. Hoy, las características del renacimiento se observan en una serie de monumentos y edificios construidos a lo largo y ancho La Paz y Oruro. Y el templo de Curahuara es justo uno de ellos.
Por dentro, consta de una sola nave que está separada del presbiterio por un arco. El retablo, por su parte, es de madera tallada y está todavía bañado con pan de oro.
Mientras, en las entrañas de la iglesia, durante algunos de los cuatro cambios de piso que le hicieron, se hallaron cajones, de piedra y madera talladas, con huesos y cráneos humanos en su interior. Al respecto, lo que se cuenta es que antes la cabeza se enterraba en el templo y el resto del cuerpo en el cementerio.
Con semejantes riquezas, sin embargo, la capilla ha sido saqueada en varias oportunidades y sus láminas murales y planchas de plata y pan de oro se han visto disminuidas. También desaparecieron objetos, lienzos y joyas de oro y plata. “Por ejemplo, el tabernáculo está sin puerta”, detalla Nina tras indicar que el último de los robos se registró hace cuatro años.
Con el transcurso de los siglos, además, el deterioro del templo ha obligado a varias restauraciones. Así, en el interior se colocaron zócalos. Pero en el exterior el techo todavía está en malas condiciones. “Tiene las esteras peladas”, remarca el custodio, preocupado por la falta de atención gubernamental.
En cuanto al tratamiento de la pintura, expertos contratados por el gobierno realizaron el último mantenimiento hace ya tres años.
Para disfrutarlas, aunque no tanto en esta época del año, los turistas se suelen acercar algunos fines de semana, pues se trata de una maravilla de la arquitectura colonial. Pero acto seguido siguen viaje hacia el Parque Nacional Sajama.
Y es que a Curahuara, para progresar, le falta buena infraestructura hotelera. En esas circunstancias, la mayor afluencia de visitantes se produce entre julio y septiembre, los meses preferidos por el turismo. Con todo, gracias a los nuevos planes para región, la “Sixtina del Altiplano” buscará seguir asombrando casi tanto como la del Vaticano.