Hagamos un recuento de algunas zurcidas del alma en la población boliviana: El censo del 2001 nos dijo que 62 por ciento se autoidentifica como parte de algún grupo étnico o pueblo indígena, pero hay quienes dicen que sólo hay dos Bolivia: una q’ara y otra india.
Algunos se ven a sí mismos como los blancos, se auto asumen como los portadores de progreso y modernización, maldicen el país mientras viven de él, se pasean por sus caminos como reyezuelos sabiendo que afuera no son nadie y dudan del destino de Bolivia porque no han invertido ni una pizca de amor en su historia pero hay otros que se creen la reencarnación de los Incas, ignorando o inventando un pasado ideal de justicia e igualdad y decidiendo que 180 años de historia no son nada.
A muchos les encanta desfilar patrioteramente mientras su mente y su corazón están en Miami; no faltan quienes desprecian a los indios aunque las polleras, ojotas y tipoys espíen desde sus abuelos; tampoco faltan los que hacen discursos sobre la pobreza y la exclusión mientras los actos de su vida diaria son un atentado a esos derechos.
Nos llenamos la boca con las leyes pero las incumplimos el momento que podemos, hablamos de los grandes temas del país mientras botamos la basura a la calle, subimos al transporte público en mitad de la calzada, caiga quien caiga, y atropellamos los derechos de los demás.
Algunas contradicciones de esta breve lista de nuestros pequeños, mezquinos y repetidos actos de la vida cotidiana se podrían resolver con un poco más de educación ciudadana, otras con multas inapelables, pero hay otras que, por tener el origen profundo y desgarrado del reconociendo de identidad, merecen y exigen un trato diferente.
Por ejemplo, una condición es mirarnos a nosotros mismos con respeto y apertura para descubrir lo que, por años, hemos intentado borrar: que estamos más mezclados de lo que somos capaces de aceptar. Esa misma mirada debería servirnos para descartar la sospecha respecto a los intereses y proyectos de los otros. Pero la condición fundamental es asumir que, si nos quedamos en el país, lo hacemos porque somos parte de él, con sus batallas, derrotas y victorias; y que su suerte será la nuestra y la de nuestros hijos.
Quizá ese esfuerzo del día a día implique cambiar una mentalidad fragmentada, que ha tratado de anular algunas de nuestras identidades, ayude al esfuerzo mayor de juntar nuestros pedazos. Y al juntarlos, perder ese tufo de dramatización con que estamos viviendo los cambios; ser capaces de vivirlos como parte de un camino histórico, ser parte de ese camino, aceptar que también lo son muchos que hasta ahora fueron excluidos, negados y hasta empujados fuera. Amarrarnos a esta tierra, como canta Matilde Cazasola, “con qué yerbas me cautivas dulce tierra boliviana”. Y amarrándonos recuperar la posibilidad de mirarnos, al fin, juntos y enteros.
Tenemos el alma rota, el corazón partido porque vivimos con conflicto nuestras identidades culturales y es bueno decirlo con letra de bolero porque dicen que las canciones aguantan, y bien, toda la cursilería que otros lenguajes nos niegan.
Cordón umbilical
Como todos ya lo saben el cordón umbilical es la conexión perfecta entre la madre y su hijo durante la vida fetal de éste.
Aplastar a la oposición ¿para qué?
Si la estrategia anunciada por el presidente Morales está inspirada en la experiencia venezolana, cometería un suicidio político.
Nacionalización y multinacionales
Durante los últimos años se ha hablado mucho de la nacionalización de las empresas petroleras en el país. Desde que el MAS ganó las elecciones se habla de nacionalización sin confiscación ni expropiación, concepto que todavía no está claro.