De tarde en tarde la ya larga polémica en torno a las autonomías se ve enturbiada por anuncios anticonstitucionales de que alguna autoridad departamental convocará a elecciones de subprefectos cuando lo lógico es que sea la nueva constitución quien regule esta posibilidad. No es que esté en contra de la idea. Por el contrario, me parece maravilloso que se elijan por voto todas las autoridades, hasta los agentes cantonales, así tendremos cómo combatir el centralismo de las capitales departamentales.
Pero las cosas tienen que venir por las vías legales. Eso de andar dictando “Decretos” prefecturales o, peor aún, andar haciéndose llamar “Presidente” son innecesarias provocaciones que lo único que logran es enturbiar el debate.
Y ya que hablamos en torno a la polémica me alegra mucho comprobar que los sectores que en el mundo de las ideas chocaron con tanta virulencia van acercándose. Las primeras propuestas de que el futuro de los recursos naturales debe ser sólo definido por los departamentos productores ha dado paso a una más sensata de que será el gobierno central (en representación de todos los bolivianos) quien la determine. La posición de que los departamentos autónomos no pagarían la deuda externa ha quedado en el basurero pues al no tener la menor consistencia ha desaparecido de la mesa de discusión.
Falta todavía el escollo de la tierra. Ahí se atrincheran los sectores más conservadores de los grupos de poder cruceños, pero entiendo que en la Constituyente no tendrán la mayoría y, espero, ni siquiera el tercio necesario para hacer retroceder el pedido nacional de acabar con los latifundios improductivos.
Solucionados estos problemas, hemos avanzado a grandes pasos para que la autonomía pueda vencer en todo el país. Hemos encontrado puntos de convergencia y ese es un gran mérito de la tan alicaída política boliviana.
Eso hace que por más virulenta que se presente la pelea casi nunca la sangre llegue al río.
Un motivo especial para alegrarnos y creer en el futuro.
Y esto ha sido posible porque los actores abrieron su mente a los argumentos contrarios y trataron de responder a ellos. A veces atacando al rival con cosas como “no nos quiere”, “no nos comprende”, “miente”. Pero eso es parte de toda lucha de ideas. No debe asustar esta porque ocurre en todas partes, basta recordar los debates parlamentarios de antaño. Lo importante es que seamos capaces de abrazarnos al final y que se baile cueca boliviana y taquirari boliviano al final como ocurrió en la plaza Murillo después del pacto que permitió la convocatoria a la Asamblea Constituyente.
El resto es puro humo. Queda la esencia: cada quien que intervino en la discusión lo hizo con la convicción de que esto era lo mejor para el país. Y hay que reconocer que Santa Cruz tiene una propuesta interesante para cambiar Bolivia, hay que llevarla hasta el último rincón para que cada pueblo (no sólo cada departamento) sea capaz de ser autónomo y decidir su futuro. Ya lo decían los viejos revolucionarios “ningún pueblo puede ser libre si oprime a otro” y esto vale para Santa Cruz y, por supuesto, también vale para el Chaco boliviano que mucho antes de que se descubriera ingentes cantidades de gas en su suelo ya proclamaba el derecho de ser dueño de su propio destino. Deseo tan viejo como la propia humanidad.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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