El diario El País de Madrid dijo hace pocos días que Ollanta Humala se perfila como el “nuevo azote” latinoamericano de las empresas petroleras. Por supuesto que los otros azotes son Hugo Chávez y Evo Morales.
Y un informe del Journal do Brasil dice que la empresa Petrobras redujo sus utilidades como consecuencia de los cambios en las políticas tributarias de Bolivia y de Venezuela. Sus utilidades, de todos modos, fueron por 11.000 millones de dólares el año pasado.
Es decir que estos azotes sólo llegan a reducir las utilidades de las petroleras, no a eliminarlas ni a convertir las operaciones en deficitarias. La Shell Oil tuvo el año pasado utilidades por 23.000 millones, la Exxon por 36.000 y la Repsol por 4.500 millones.
Son tan grandes las utilidades de las petroleras, sobre todo desde que subió el precio del crudo y del gas en todo el mundo, que en el Congreso de Estados Unidos (lo comenté en esta columna) se propuso el año pasado la aprobación de una ley para crear un impuesto que se llamaría “a las utilidades inesperadas”. Un detalle que, lamentablemente, se le escapó a la actual ley boliviana, que no prevé impuestos extraordinarios para condiciones extraordinarias de mercado. Si los norteamericanos lo han llegado a proponer, quiere decir que no es un pecado contra las reglas de juego de las petroleras.
Por el momento, sin embargo, el ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, ha dado señales de que podría aplicarse una tasa especial a los megacampos petroleros del país, como es el caso de Margarita, aquella que deshojan las provincias tarijeñas. Habló de 70 por ciento de impuestos.
Las petroleras, por supuesto, no forman un club de amigas. Cuando en Bolivia las otras empresas hablan de la existencia de condiciones difíciles para las operaciones, cuando algunas mencionan la posibilidad de acudir a tribunales internacionales, aparecen otras empresas decididas a aceptar cualquier condición. No sólo aparece la misteriosa Shengli International, que no se sabe si es china de veras o sólo un invento chino, sino también la excelsa Shell, que ofrece operar con YPFB en las condiciones que se le ofrezcan.
Eso quiere decir que el gas boliviano, como lo sabemos, está muy bien ubicado en la región. Tiene a Brasil como el mercado más prometedor y el segundo lugar (como en el fútbol) a la Argentina. El mercado brasileño podría consumir todo el gas boliviano, sin ayuda de nadie. En cuatro años, el consumo de gas en Brasil se duplicará respecto del volumen actual y llegará a los 100 millones de metros cúbicos diarios. Y Argentina ambiciona recibir por lo menos 30 millones de metros cúbicos de Bolivia lo antes posible, lo que cuatriplicaría el volumen actual.
Con este panorama, es comprensible que las empresas petroleras sigan llegando, incluso a sabiendas de que los esperan los azotes que conocen.
Quizá estemos viviendo un momento histórico, en que las empresas petroleras, ante la crisis energética mundial, acepten la posibilidad de compartir sus utilidades con los países donde operan. En Bolivia tendrán que aceptar las reglas que ponga YPFB, que fueron establecidas en un referéndum nacional.
*Humberto Vacaflor G. es periodista
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