Es común escuchar que el país atraviesa una particular situación: o de crisis o de cambio esperanzado. Se dice mucho sobre lo que debe aguardar la ciudadanía. Algunos prefieren hablar de desastres inminentes, de tragedias por venir. Otros anuncian que las dificultades son temporales pues preceden al cumplimiento de las expectativas que se abrieron para un futuro más justo, más próspero y con mayor bienestar.
Infortunadamente, las cosas no dan para el optimismo. Aunque no se llegue a esos desastres, hay mucho que mueve a la preocupación. La agitación permanente, las provocaciones que se cruzan en varios sentidos, las diferencias que se las hace insalvables en conflictos sociales, son nomás el resultado de una práctica entronizada desde hace pocos años, cuando la ley fue sustituida por la presión, la violencia y la desobediencia a la autoridad.
Apelar a las movilizaciones irracionales y a las huelgas que ya hace más de dos décadas fueron conocidas como salvajes, que llegan a lo que se llama “hasta las últimas consecuencias“ aunque no haya la más mínima posibilidad de atender pedidos irracionales, es lo que se sembró por tantos años. Los bloqueos, las marchas, las “guerras“, las amenazas, hicieron y hacen imposible contar con mínimas condiciones para el trabajo productivo, para la seguridad, para buscar un futuro compartido de los bolivianos que ahora se dividen y subdividen, y que bien podrían edificar una sociedad basada en el bien común.
No parece un consuelo saber que los de ahora están probando de su propia medicina. Es que no se trata de que quienes fueron abanderados de bloqueos de caminos y de resistencia intransigente tengan un castigo, porque al fin la Patria es la castigada. Los indicadores socioeconómicos caen y da pavor de que ya no seamos una nación pobre, sino indigente y menesterosa. ¿Hay una vía para salir de este círculo vicioso? A primera vista parece que es difícil superar esta conducta autodestructiva de la que participamos todos.
No es posible, sin embargo, que nos domine la resignación o que nos encandilemos con supuestamente prometedoras asambleas constituyentes, con alardes de representar a la mayoría, con la soberbia de ejercer el poder público, mientras, por lo menos ahora, nos hundimos en la pobreza que puede contribuir a destruir un camino democrático que sea de alternancia y respeto mutuo entre la mayoría y las minorías, entre las regiones y entre los que piensan diferente, y que, por ello, son denostados.
Lo de la esperanza abierta por un resultado electoral, inalcanzable si se sigue en el afán de hacer ver que en el pasado todo fue malo, todo defectuoso, y que ahora, los salvadores ya tienen las recetas para convertirnos en una Nación próspera, justa y fraterna, mientras es evidente que vamos al aislamiento y a supuestas alianzas en una suerte de repetición de la división de bloques signados por diferencias insalvables.
Este tiempo de meditación, de conmemoración del sacrificio en el Gólgota para salvar a la estirpe humana, puede ser también la ocasión para buscar enmiendas y propósitos de unidad y de sensatez, lo que aleja conflictos y enfrentamientos cerriles que, lamentablemente, nuevamente arrecian en nuestro país.
*Marcelo Ostria es abogado y diplomático.
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