La función de la Asamblea Constituyente no es dar solución a los problemas concretos del país. De ninguna manera representa el remedio ansiado a los múltiples males que nos aquejan como sociedad. No se trata, para decirlo fácil y claro, de un instrumento de gobierno.
Están muy equivocados quienes creen que se debe derivar a las deliberaciones de la Asamblea Constituyente el tratamiento de los espinosos desafíos que nos plantea nuestra situación de atraso, pobreza, injusticia, desigualdad, dependencia e inseguridad. La Asamblea Constituyente no está para reemplazar a los poderes públicos constituidos; como manda la Ley de Convocatoria, no puede inmiscuirse o interferir en el normal desenvolvimiento de los mismos.
Vale decir que la Asamblea Constituyente no está para elaborar leyes, fiscalizar o gestionar absolutamente nada; tampoco debe ejercer jurisdicción de naturaleza alguna y, finalmente, lo más importante, no puede ejecutar, administrar ni gestar la cosa pública. Es muy conveniente, por lo tanto, que los poderes derivados: Legislativo, Ejecutivo y Judicial, sepan que no pueden ni deben postergar el tratamiento y solución de ninguno de los problemas que la ley les impele a resolver. La Asamblea Constituyente no debe ser entendida como el tacho donde se acumulan los conflictos irresueltos.
La Asamblea Constituyente, por lo tanto, no es la pócima mágica mediante la cual, al día siguiente de su instalación, amane- ceremos más prósperos, justos, iguales, sanos y bellos. En realidad, como hemos sostenido machaconamente hace meses, la Asamblea Constituyente es un instrumento de reconstitución del contrato social, un mecanismo para promover y procurar un nuevo pacto social que se exprese en la redacción de una nueva Constitución Política del Estado, a la que, y esto es lo principal, concurramos todos con la voluntad inequívoca de respetarla y cumplirla.
La Asamblea Constituyente debe enfrentar y resolver la anomia social, es decir la situación de desinstitucionalidad, irrespeto a la norma y desconfianza colectiva en la que vivimos. Es un evento de congregación y unidad que sirve para renovar la decisión colectiva de continuar siendo una comunidad nacional.
Para decirlo en términos futbolísticos, los partidos se ganan en la cancha con adecuadas estrategias, porteros infranqueables, defensas sólidas, medio- campistas creativos y delanteros eficaces. Los goles son el resultado del juego de conjunto, del sacrificio, de la perseverancia y también, que no, de la suerte. Pero nadie puede pretender que redactando nuevas reglas alcanzar automáticamente el éxito.
El Reglamento es imprescindible para poder jugar al fútbol, pero no podemos esperar que garantice que ganaremos todos los partidos. De igual manera, la redacción de una nueva Constitución Política del Estado es indispensable para vivir en sociedad, pero no es la panacea y menos aún el sucedáneo superlativo del Gobierno.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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