Cada año, más de 120 nadadores se enfrentan a una de las partes más profundas del lago Titicaca. El oleaje, el miedo y el frío son sus principales enemigos.
Texto: Miguel Vargas Fotos: Jamil Chávez
La ensortijada cabellera castaña se refugia en una gorra de goma. El rostro de Paola Zapata (26 años) se torna severo mientras escucha el llamado de las olas. Inmenso, el lago Titicaca la desafía. Ella se pone los lentes para agua y desciende hasta ella. Y, después de la señal, en una simbiosis entre sirena y amazona, se lanza a la conquista de la otra orilla.
La historia se repite desde 1938. Cada año, la Asociación Departamental de Natación realiza una de las pruebas más importantes en aguas abiertas: cruzar el estrecho de Tiquina. Si bien allí se juega puntaje para la clasificación para los Juegos Sudamericanos, lo que realmente se pone a prueba es el coraje de los atletas que deben enfrentarse a este gigante lacustre. Las edades son lo de menos: hay atletas desde los ocho años hasta otras personas de más de 60.
6.30 en las banderas del estadio. Tres buses llenos de atletas parten rumbo a Tiquina, a 117 kilómetros de la ciudad de La Paz. Al llegar, el sol ilumina las aguas sin lograr contagiarles su calor. Allí supervisa el arribo de todos los atletas Silvia Crespo de Torrico, la presidenta de la Asociación Departamental de Natación.
Los 120 nadadores empiezan a llegar poco a poco y se dividen en sus cuatro categorías: infantiles, juveniles, mayores y senior. Al llegar, se despojan de sus ropas hasta quedar sólo con el traje de baño. Ninguno de ellos lleva alguna prenda especial contra el frío. Lo único que los protege es un mejunje de vaselina y linimentos que les ayudarán a combatir el frío.
Silvia Crespo va registrando a los que llegan escribiéndoles con un marcador en el brazo el número de participante. Mientras tanto, la Fuerza Naval y la Cruz Roja empiezan a desplegar sus fuerzas. Son más de 200 personas las que se encargarán de que todo salga bien entre buzos, apoyo en deslizadores, seis fisioterapeutas y cuatro paramédicos. “En la historia de esta prueba, hasta el momento, no se tuvo que lamentar ninguna desgracia”, dice Crespo.
La mística del lago atrae a los curiosos y a la prensa. La gente empieza a rodear la zona, bajo control policial, mientras los parientes se quedan preocupados esperando que los nadadores saquen algún lugar en el podio o al menos concluyan la prueba, tomando en cuenta que el agua está entre 10 y 12 grados centígrados y la distancia es de 240 metros. Por si fuera poco, como el oleaje desvía al nadador, la prueba equivaldría a recorrer más de 1.000 metros.
Además, mientras una piscina se mantiene tranquila y serena, el lago desafía con las olas, el frío y el miedo, pues el reto es atravesar una masa de agua que tiene una profundidad máxima de 180 metros, aunque eso no desanima a muchos que ya han repetido la prueba en varias oportunidades.
Luchando contra la corriente Desde muy chica le dijeron que tenía pasta de nadadora. Carolina Heredia Quiroga esconde 13 años en su delgada figura, cinco de los cuales lleva entrenando. Su mamá le llevó a la piscina a los ocho y en el colegio detectaron su talento. Será la segunda vez que cruza el estrecho de Tiquina, lo que no le quita el sabor a reto. Tiene el número en el brazo y está toda embadurnada con vaselina y con mentisán. Hace un rato empezó su calentamiento.
10.00. Un trote ayuda a los infantiles a apurar la irrigación de sangre por el cuerpo. Luego, entran en contacto con el agua de la orilla y se ubican en posición —con la cabeza en el agua y el brazo extendido en el muro—. A continuación, suena la señal de partida.
A lo lejos, desde las lanchas, el jefe de jueces, Daniel Linares, recuerda que en la época en la que él cruzó el estrecho no existía la seguridad de la que ahora gozan los nadadores. Aún así, consiguió el Récord Guiness, por haberlo cruzado además seis veces seguidas.
“A la mitad del estrecho pareciera que no avanzo nada y, por mi cabeza, pasa que no vamos a llegar, no puedo ver cuánto falta”. Carolina continúa la marcha mientras otro de los niños levanta los brazos. A él acude la lancha con los buzos y entre dos lo levantan. No pudo concretar la travesía, como muchos de los que han partido.
Pasan los minutos y para Carolina el tiempo se hace eterno como las aguas, pero no baja el ritmo y llega en primer lugar. “No hubo ninguna dificultad. Me he desviado un poco, pero estuvo bien”. Este joven talento porta la casaca del Club Litoral, donde entrena. “Pienso seguir nadando toda mi vida y sueño con llegar a los mundiales, aunque algo que me apena es que no tenemos el apoyo de las autoridades ni piscina para entrenar”.
Del otro lado, en pleno calentamiento, está Óscar Caballero Vaca que lleva dos años nadando para competencias. Tiene 43 años y antes de lanzarse al agua recuerda que su primer intento por cruzar el estrecho de Tiquina fue hace dos años sin que le fuera bien. Desde ese día le quedó la espina clavada.
Parten los seniors mientras los mayores llegan hasta la otra orilla. Paola Zapata deja libre su cabello de la gorra, aunque el frío y el esfuerzo la tienen sin palabras la familia le da al llegar una taza con mate caliente y la friccionan con los brazos y la cubren con toallas.
Los seniors están en el agua y Óscar tiene el ritmo suficiente para coronarse como ganador. Sin embargo, la orientación y el oleaje le juegan una muy mala pasada al meterle agua dentro de los lentes.
Al llegar, los parientes corren hacia los atletas para abrigarlos y felicitarlos por el esfuerzo. “¡Gracias a Dios! Ya me regresó el alma al cuerpo”, expresa una mamá al ver que ya llegó la tercera de sus hijas nadadoras a tierra firme. Los médicos y fisioterapeutas también colaboran a todos los nadadores.
Óscar lleva buen tiempo en la orilla, ya recuperado del golpe de frío. “Lo hago con mucho placer. La profundidad del agua, la soledad en que te encuentras, la lucha contra olas y corriente, hace que esto sea mucho más interesante. Las condiciones nunca son las mismas. Mínimamente uno debe prepararse durante dos meses, cuatro veces por semana. Yo nado casi todos los días unos dos kilómetros, y durante la última semana de los entrenamientos trato siempre de venir al menos una vez para acostumbrarme a las duras condiciones del lago. Uno siente el estómago como con mariposas, nervios y ganas de seguir. Saber que uno está en aguas abiertas es el máximo placer. Incluso, cuando el agua está clara, uno ve a los peces”.
Los sueños son parte importante de estos atletas que, pese a las limitantes que se tienen, dejan el alma en las aguas. “Cada vez me pongo nuevos retos. En diciembre pasado crucé el estrecho de ida y vuelta; ahora tengo previsto nadar la bahía de Copacabana, que te lleva dos horas, y luego hacer el recorrido Copacabana y Yunguyo... no hay límites, la edad no es un límite”.
Llega la hora de los premios y las rivalidades entre clubes han desaparecido. El lago ofrece otro rostro: el de lugar de descanso. Las familias se tienden en el pasto y esperan el atardecer. Este día se ha librado una dura pugna en las aguas y la mayoría ha salido vencedora.