Señor Eduardo Rodríguez, Ex Presidente Constitucional de la República
Señor Gustavo Fernández, Ex Canciller de la República
Amigos de la mesa Amigas, amigos Jóvenes
Quizás me ha sido más fácil escribir un libro, o algunos textos (no tantos como algunos que han escrito más libros que los que han leído), que plantar un árbol, porque, además, me desespero cuando estoy tres metros más lejos del cemento. Pero, si me ha sido difícil plantar árboles, igual de complicado ha sido para mi presentar mis textos. No recuerdo mucho, pero quizás es la segunda vez que lo hago en mi vida. Porqué lo hago; creo que hay mucho de empuje de mi familia para tomar el micrófono frente a ustedes. Normalmente eludo la foto, porque sé muy bien que cuando se exagera en salir en la foto, es muy probable que a uno le corten la cabeza. Eso lo sabía desde antes, pero me lo ha corroborado Gustavo Fernández. ¿Pero, porqué admití esta presentación? Creo que es necesaria, como son útiles otras presentaciones de otros libros, de muchos libros, y lo son debido a que el país vive un momento de cambio, de un cambio muy profundo que muchos no lo entienden y no lo admiten, en especial algunas elites que no dejan de poseer un alma muy conservadora. Hablo de ésas que actúan como en 1952 en que no admitían a los milicianos y a las barzolas.
Siento que vivimos un momento político muy tenso en que se ama u odia al gobierno y al proceso político que vivimos; percibo que la gente tiende a ser del MAS o a ser del menos, pero que no admite puntos intermedios. Percibo que hay posiciones maniqueas, que obligan a pensar en binario, clasificando: bueno o malo, blanco o negro. No hay la paz, ni el esfuerzo intelectual de detectar matices, ni voluntad para detectar claro oscuros. Creo que estamos en un momento importante de la vida del país en que es necesario abrir la palestra de la discusión, de la reflexión y del cotejo de ideas, de un cotejo de ideas que estuvo clausurado por más de dos décadas. Pero, es preciso hacerlo con calma, no con la intención de atacar, ni de defender a ultranza nada, sino solamente con la intención de pensar qué es lo que le convine al país, qué es lo que deberíamos buscar como futuro viable para nuestros hijos y para los hijos de los demás
Es también un momento de hacer un esfuerzo de rendir cuentas a los lectores, de explicar, de dirigir unas palabras a ésos que tienen la bondad de leernos y esos jóvenes que podrían hojear nuestros textos.
Quienes escribimos un poco y a veces nos toca opinar otro tanto, es preciso que le expliquemos a ustedes y, en especial a los jóvenes, porqué afirmamos lo que afirmamos, y porqué nos acercamos a cierto tipo de ideas. Pero, el ejercicio de la rendición de cuentas de quien escribe no es sólo un ejercicio frío, sólo de tipo intelectual, desprovisto de alma, desconectado de lo cotidiano, de los valores y del corazón. No, nada de eso, pues en cada letra, en cada frase, artículo o libro están la ideas y la vida de uno mismo. Uno transmite también sus percepciones de la vida, transmite adhesiones a ciertas ideas, pero ante todo entrega lo que uno ha vivido y trata de vivir , tan es así que a veces transmite utopías. Así que no esperen hallar discursos filosóficos en mis palabras, pues solamente hago el esfuerzo de explicar mis percepciones.
Confieso mi edad. A mis cinco años pude ver la Revolución de 1952. Pude oír a obreros cantando: ... en el puente de la villa hice un juramento, defender al movimiento..., Durante varios años, inmediatamente después de 52 pude ver a choferes k’oskosos, sucios, con overoles llenos de aceite, cantando: primero de mayo, primero de mayo, fiesta de los k´oskosos choferes... Durante varios años pude mirar a barzolas, mineros ferroviarios, fabriles (yo mismo soy hijo de un minero fundador de la FSTMB y de una obrera fabril de la Said Y justamente por esos orígenes, en estos tiempos de revolución democrática, no se me eriza la piel, ni me pongo nervioso, ni me veo obligado a deshacerme de un giorgio armani que nunca tuve y que hoy, como hacen otros, tendría que botar para hacerme pasable ante el poder.
Por ver esa Revolución, a sus actores y a sus reformas, comencé a entender que el dibujo arguediano de Raza de Bronce había quedado atrás. Que Bolivia no era ni es Sudáfrica. Para analizar la Bolivia de hoy, no olvidemos que hicimos una Revolución, la segunda en América Latina, después de la mexicana y antes de la cubana. Y todo país que hace una Revolución logra ciertos grados de democratización política y social, tal cual lo hizo nuestra nación. Quizás no tan profunda como habría sido deseable. Pero, profunda no cabe duda alguna. Pero, esa Revolución me enseñó que Bolivia es capaz de iniciar muchos procesos, de poner muchas piedras fundamentales. Los bolivianos tenemos gran capacidad de inventar, pero no poseemos capacidad de seguir y continuar lo que iniciamos. Por eso la sed refundarlo todo cada instante. No somos país que admita procesos, sólo admitimos traumas fundacionales. Y que se sepa, los únicos países que llegan lejos, son los que están acostumbrados a admitir procesos y no aquellos que tratan de borrar de un plumazo todo lo que hicieron en el pasado. El intento de refundarlo todo cada día, olvida la historia propia, y quien no reconoce su historia no llega lejos.
En estas cinco décadas después de la Revolución si algo he visto, es cómo se producía un profundo fenómeno de mestizaje en todo el país. No el mestizaje homogeneizante previsto por el paradigma de la Revolución de 1952, sino más bien un mestizaje más flexible, más variado, más pluri-multi. Hablo de ese mestizaje plural, que muestra diferencias entre los mestizos del alto, de la Pérez Velasco, de la 21 en la Paz; de Equipetrol, del Plan 3000, de Villa Primero de Mayo o de Yapacaní en Santa Cruz. En estos cincuenta años he visto cómo se desarrolló una burguesía chola en todo lado, en la Uyustus, en las siete Calles, en las canchas cochabambinas. Pero , también advertí que burguesía chola que y burguesía cunumi nunca entraron ni fueron admitidas en el Club de la Unión o en el Tenis La Paz, porque a pesar de la democratización de 1952, no desaparecieron en Bolivia los prejuicios racistas y oligárquicos de muchas elites, en especial en el occidente del país. Por tanto, hablo de un país que todavía se bloquea a sí mismo porque impide generar entre todos una visión compartida de nación, una visión compartida de futuro que es justamente uno de los temas que escudriño en este texto.
Vivimos en medio de prejuicios raciales, -pero para dejar de ser políticamente correctos, cosa que no admiten muchos de los cooperantes internacionales enamorados solamente de lo indígena y con pocos lentes para mirar lo mestizo-, hablo de prejuicios raciales que también moran en campesinos, indígenas, y sectores populares. No olvidemos que el racismo en Bolivia es de ida y vuelta. Es a ese mestizaje, a esas burguesía cholas y cunumis a las cuales trato de visibilizar en muchos de mis textos, porque pienso que ese es el país real y cotidiano, invisibilizado por discursos indigenistas que no logran admitir los procesos de mezcla y de interculturalidad que se han producido en muchas décadas. Esos mestizos, que son la mayoría del país, junto a muchos campesinos e indígenas, tienen una profunda lógica de mercado, su utopía es vivir en la hoyada o en equipetrol o en Virginia, Estados Unidos, y no reconstruir Estados del Kollasuyo. Si no admitimos esto, equivocaremos nuestras políticas públicas.
Como todos los de mi generación yo también a los 20 soñaba en revoluciones; y aunque nunca milité en partido alguno, las ideas de antes me penetraron tanto que, hasta admitía que se debía matar al enemigo para lograr la utopía propia. Llegué hasta el extremo de aceptar que al enemigo se lo acorrala, se lo última y que no se puede construir futuro común con él. Sólo con el pasar del tiempo, uno se da cuenta que poseíamos utopías anti democráticas. Pero, la muerte, el asesinato de mi hermano en 1971 me enseñó que no se puede, que no se debe matar a nadie, así sea por buscar la utopía propia o por buscar mejores días para otros. Muchas veces, las causas justas están de la mano de la negación del otro. La prisión, entre 1971-1972, el no haber podido ver nacer a mi hija Gabriela por ese encierro. Mi exilio, luego de días difíciles en el Chile de Pinochet, me enseñaron que no es admisible la intolerancia, que no es aceptable la falta de respeto por el otro, que no son admisibles las dictaduras de ningún tipo, las dictaduras de ningún color.
El exilio y mi ejercicio de la docencia en México, me consolidaron en una idea: no militar en ningún partido, preferí la academia que obliga a pensar y no la militancia que empuja a obedecer. Escogí los libros, que inducen a reflexionar, desechando los dogmas partidarios. Sin embargo, en México (catorce años de docencia) me hice marxólogo, especialista en Marx, en esos tiempos marxólogos eran los especialistas en Marx. Se distinguían de los marxistas, que, según se decía, eran de otro temple, pues eran quienes hacían la Revolución. Mi temple no es para hacer revoluciones, es más bien el de advertir que tras de esas ideas hay excesos no democráticos. De Marx aprendí cosas muy importantes para estos tiempos: para llegar al socialismo hay que ser país altamente industrializado, se necesita tener un fuerte proletariado industrial. No se cómo se pueden agitar hipótesis de construir socialismos en naciones donde la mayoría poblacional es de informales.
Antes de que se hable de globalización, ese Marx me enseñó algo importante, el mundo va adelante, sólo si usa el camino de la tecnología, del desarrollo de la productividad y de la competitividad, ésas son las armas marxistas, de Carlos Marx (no de quienes leen manuales de divulgación), para penetrar los mercados externos y construir naciones desarrolladas.
Pero gracias a la academia mexicana, me di cuenta que no es justo ni sano beber de una sola fuente teórica, ni siquiera de la de Marx. Por eso, hace treinta años comencé a diversificar lecturas, a buscar a Monstequieu, Rousseau, a Descartes, a Kant, a Hume y hasta James Joyce o Tomas Mann. Sí, es Joyce quien me explicó con mas profundidad esas finezas del fetichismo de la mercancía, esos oposiciones entre forma y contenido Es decir, aprendí a ser heterodoxo, pero con una heterodoxia anclada en una base firme, en la democracia, en la democracia representativa. Entiendo la democracia no sólo como régimen político, sino como el respeto al otro, como la tolerancia, como el respeto al diferente, como la tolerancia a otras ideas. En fin como la posibilidad de construir país con el otro y no solamente con los iguales.
Ese reconocimiento de la democracia es otra de las claves de mi pensamiento y de mis trabajos. Mi trabajo cotidiano (dos décadas de ILIDIS implican el esfuerzo de tender puentes entre diferentes). Mi reflexión ha estado anclada y está en apostar por el desarrollo de la democracia. Entiendo la democracia también como institucionalidad, por eso la apuesta por una democracia multipartidaria y de separación de poderes. Entiendo democracia como estado de derecho, como validación del imperio de la Ley. Entiendo democracia como sitio de desarrollo de la ciudadanía. Y comprendo al ciudadano, como sujeto portador de derechos y de obligaciones; en esto discrepo de las cooperaciones que trataron de impulsar un modelo de empoderderamiento buscando sólo explicitar los derechos ocultando las obligaciones. Por esa valoración de la democracia de la representación, mi distancia de los presidencialismos exagerados, por eso mi apuesta por los pesos y contrapesos dentro de la democracia, mi impulso a evitar los poderes extralimitados, de poderes ejecutivos, de presidentes, de partidos, de líderes, de iglesias, de medios de comunicación.
Pero, la democracia no sólo son instituciones, lo son también sus actores y lo son los puentes tendidos entre ambos. Parte de los textos de este libro se dirigen a ver cómo tender esos puentes entre ellos para airear la democracia, para enriquecerla. Por eso mi alta valoración por la participación popular. No hay democracia sólo con instituciones, como tampoco la hay sólo con actores, es necesario fortalecer a ambos, pero en especial crear las esferas públicas de encuentro entre el Estado y sociedad. En el texto muestro sin ambajes una alta valoración por la democracia política lograda en 20 años de democracia pactada. Los “infames, los partidos” lograron generar democracia representativa. Ese es su mérito. Por sus deméritos se cayó la democracia pactada. También el texto apunta a las debilidades de la democracia, analiza críticamente al clientelismo, apunta contra la lógica prebendal y patrimonial de manejo de poder que produjo la crisis del sistema político. Si en el libro se valora la democracia representativa, hay simultáneamente una crítica demoledora contra los políticos y partidos que aprovecharon prebendalmente esa democracia.
Pero, la realidad no es sólo política, es también economía. Y si en 20 años se generó democratización política, -de la cual un producto es el Presidente Morales y el propio MAS-, en esos mismos 20 años aumentó la brecha entre pobres y ricos, se consolidó la pobreza rural, haciendo insostenible la democracia tal cual estaba, convirtiendo en inviable un manejo económico en el que sólo contaban la variables macroeconómicas. En Bolivia y en América Latina en estos 20 años de democracia se produjo una esquizofrenia, por en lado aumentaron las libertades políticas, pero, por otro, crecieron las carencias económicas de las mayorías. Se tiene derecho al voto, pero no se tiene derecho al empleo, ni a una buena salud y una educación de calidad. Si América Latina tiende a girar al centro izquierda, es precisamente porque los actores comprendieron que esa esquizofrenia no puede continuar. La economía para Sen es la búsqueda de la libertad y no de los equilibrios macro económicos. Había demasiadas razones en la economía para que se derrumbe el ajuste estructural. No nos tiene que asombrar su caída, sino nos debe preocupar cómo construir el camino hacia adelante sin caer en dogmas.
Por la Revolución de 1952 vivimos mucho tiempo adscritos al dogma del Estado, con el ajuste estructural cambiamos de dogma, se veneró al mercado. Caído el ajuste, es deseable no cambiar de dogma, es más bien asumir un reto: tener la valentía de combinar paradigmas. Hace más de una década escribí sobre el pluri-multi, describí la multi culturalidad y la multi etnicidad , hablé sobre el reino de la diversidad. Pero. El pluri multi al cual aludo, no es igual que el abigarrado de Zavaleta, pues para René la diversidad giraba en torno al centralismo proletariado del cual estaba enamorado. La diversidad a la cual me refiero no repite el centralismo proletario, no tiene centro cocalero (digo esto, pues los militantes marxistas siempre han buscado un actor hegemónico y mesiánico para su revolución), tampoco culturalmente el pluri multi puede ni debe ser andino céntrico, ni aymara céntrico. Reconocer la diversidad implica aceptar la inter-culturalidad, es decir conduce al reconocimiento de todos, de absolutamente todos los diversos, tarijeños, cruceños, orureño, potosinos, de todos, sin privilegio de ninguno. Pero, lamentablemente la temática de la pluri culturalidad y de la interculturalidad , muchas veces induce a reafirmar más las particularidades y no a enfatizar lo común. Cuando se impone en énfasis de lo particular, se tiende a generar fundamentalismos raciales y culturales que han sido y son las razones que han creado violencia en muchas partes del mundo. Por eso, para Bolivia, es más importante crear una visión compartida de nación y no empujar las tendencias particularistas. Es importante reconocer lo pluri multi, pero ligado a la construcción de ciudadanía.
Qué duda cabe que vivimos una época de cambio, resultado desfasado de la Revolución de 1952 y producto inmediato de los procesos de reforma política e institucional vividos en estas dos últimas décadas, resultado también de la siembra hecha por la participación popular. Así como se precisa tener grandeza para reconocer los cambios del presente, se precisa una estatura equivalente para reconocer nuestra historia. Hoy el país nos coloca frente a una discusión clásica de la ciencia política, nos induce a debatir entre la igualdad y la libertad. Hay países que con sus revoluciones han priorizado la igualdad, pero han matado la libertad. Hay muchos otros que han privilegiado la libertad, pero han convivido con mucha desigualdad e inequidad. Parece ser que el reto de Bolivia es seguir un camino mixto: no descuidar la igualdad, pero cuidando no eliminar la libertad. Esto exige construir una democracia inclusiva, donde quienes fueron excluidos, no creen la paradoja de intentar excluir a otros. Esto exige edificar una democracia de la tolerancia, donde todos tengan voz y no haya persecusión por portar ideas diferentes a las del poder.
Para acabar, quiero agradecer al ILDIS (incluidos mis compañeros de trabajo) que me cobija hace 20 años y no me obliga a ser social demócrata, sino que respeta que yo sea un pensador independiente. A plural por su coedición. A Ricardo Pérez Alcalá por el dibujo de la tapa y una que otra travesura en mi casa. A Gustavo Fernández, por su amistad, por el prólogo y enseñarme que no hay que ver a Bolivia con ojos provincianos sino que hay que comprenderla como parte del mundo. A Eduardo Rodríguez por su amistad, por su comentario, pero ante todo por enseñar a los bolivianos la necesidad del respeto por el Estado de derecho. Gracias a mis Amigos Jorge Lazarte, Fernando Calderón, Carlos Hugo Molina, Eduardo Gamarra, Fernando Mayorga, Herbert Müller, Roberto Laserna, HCF Mansilla, René Mayorga por su amistad y por el intercambio de ideas. Gracias a mis amigos de la Tertulia por 18 años de discusiones y debates, pero ante todo, de amistad. Gracias a mis amigos de La Razón por su apoyo y por tolerar al Tiempo Político por casi dos décadas.
Por último, si en el frente interno no hay paz, no se puede transmitir paz en lo que uno escribe. Por eso mi reconocimiento lleno de cariño a Martha, a Gabriela y Ricardo, así como a David mi nuevo hijo. Cada letra de lo que escribo está marcada por su cariño, cada artículo es testimonio de una parte de nuestras vidas. Y a todos ustedes muchas gracias por su afecto.
Carlos Toranzo Roca La Paz, mayo de 2006 * Texto de la presentación a su libro del mismo nombre, leído el 25 de mayo por el propio autor. Carlos Toranzo Roca es director de el Tiempo Político.